El compañero de clase adinerado en la reunión de antiguos alumnos

Recuerdo cómo, hace ya muchos años, Roberto se dirigía a la reunión de antiguos alumnos del instituto. Hacía tres décadas que no veía a sus compañeros. La vida no le había dado respiro. Terminó el bachillerato y se marchó enseguida a estudiar a Salamanca. Primero la universidad, luego llegó el trabajo.

Después, ambicionando un sueldo mejor, fundó su propia empresa. Hubo momentos dulces y amargos.

En más de una ocasión echaba de menos a aquellos compañeros del aula. En ratos libres, se entretenía revisando sus fotos en las redes sociales y compartía las suyas propias.

Sobre todo, deseaba volver a ver a Inés. Era la chica que más le gustaba durante aquellos años dorados, pero Inés apenas se fijó nunca en él. Le aburría aquel empollón aplicado. La última vez que se le acercó con flores, Inés saltó al asiento trasero de la moto de Álvaro, sin mirar siquiera el ramo, y se perdió levantando polvo. Roberto nunca volvió a intentarlo con ella. Partió lejos. Hubiera querido pedirle que partiera a su lado. Hubiera querido ayudarla. Pero no lo hizo.

En el instituto, Roberto no contó con verdaderos amigos íntimos, prefería entregarse al estudio. Únicamente mantenía cierta amistad con aquellos que asistían con él a las clases de refuerzo de matemáticas y se preparaban juntos para la selectividad.

Aquella tarde llegó a la cafetería del centro con el ánimo alto, y llevaba un detalle para cada uno de sus compañeros. No se olvidó de nadie.

Se reunieron en aquel café del casco antiguo. Las risas llenaban el aire, los recuerdos del colegio resurgían entre cafés y pasteles. Roberto los observaba asombrado, deteniéndose en la figura de Inés. No podía evitar estudiar cada gesto suyo. Pero ella le evitaba, sentada al fondo, ocupada con el móvil. Tras el instituto, Inés en efecto se casó con Álvaro. Pero, como Roberto averiguó con pesar, hacía ya tiempo que no vivían juntos y ella sacaba adelante sola a un hijo enfermo.

Decidió acercarse a hablarle, aunque tropezó de frente con su hostilidad.

Tú vives en tu chalet y nada sabes de lo que sufrimos los demás le espetó Inés, dolida. ¡He visto tu casa! Tu esposa apenas trabaja, solo va a los centros de belleza, también lo sé. Seguro que tienes mucho servicio en casa aunque no lo enseñes en las fotos. Tus hijos estudian en Londres, mientras yo crío sola a un hijo con problemas de salud. ¿De qué vamos a hablar? Nunca podrás entenderme.

Inés, ¿acaso soy culpable de tus problemas? preguntó él, sin comprender tanta rabia.

En este país falta dinero para los niños enfermos, y gente como vosotros os sentáis encima y sois unos avaros.

Roberto sentía cómo le hervía la sangre. No le gustaban ese tipo de comentarios; tenía algo que responder.

Dime, Inés, ¿a cuántos niños enfermos has ayudado tú?

¡Yo tengo uno en casa! Y sí, yo también mando donativos cuando puedo.

Yo aporto, cada año, grandes cantidades a asociaciones. Pero no voy pregonándolo. Entonces, ¿quién de los dos es más útil?

Para ti es fácil, aunque dones cien mil euros no te cambia la vida. Mi ayuda es más valiosa: lo que envío me lo quito de comer. ¿Sabes cómo consigo el dinero? Cada mañana cruzo Madrid en dos autobuses y gano cuatro perras

La gente del local les miraba. Algunos apoyaban a Inés Otros callaban.

Roberto se levantó y, al salir, depositó en la mesa los regalos para sus antiguos compañeros. Pidió al camarero que entregara un sobre para Inés.

Caminó por las calles empedradas, reflexionando. Habían tenido oportunidades similares. Muchos en clase tenían el mismo talento. Pero él, Roberto, eligió estudiar antes que tomar cañas en la plaza. Prefirió los libros antes que fumar en los soportales. Escogió la biblioteca frente al botellón, aunque alguna vez fuera a una fiesta. Eligió una universidad por vocación y luchó por acceder, en vez de conformarse con el instituto técnico del barrio. Arriesgó y salió de su zona de confort para montar un negocio propio.

Luchó, cayó, volvió a levantarse y aprendió de todo ello. No fue fácil: también vivió derrotas y fracasos. ¿Es culpa suya que los demás eligiesen un camino distinto, y ahora le reprochen su fortuna? No les robó nada; lo ganó con esfuerzo.

¿Acaso no conocéis a personas como Inés y los demás compañeros, expertos en contar el dinero ajeno? Algunos sí, nacieron en familias privilegiadas y estudiaron en colegios de élite. Pero son muchos los casos de quienes, desde la humildad, hijos de padres sencillos y trabajaron duro, llegan lejos. Al final, todo está en nuestras manos. Cada cual decide por su propio destino.

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Un matrimonio inesperado