Mi nieto vio a una niña en la planta del hospital y empezó a suplicar a sus padres que la llevaran a casa.

Hoy he tenido tiempo para pensar en los últimos meses desde el hospital. Todo comenzó cuando estaba ingresada tras una operación de columna en el Hospital General de Madrid. Mis hijos venían a verme todos los días, cuidando de mí y preguntando al médico cuándo podrían llevarme de vuelta a casa. Mi hija Clara no quería dejarme sola y mi nieto, Alejandro, aún menos. Si no fuese por el colegio, habría pasado todo el día a mi lado, acompañándome en aquella habitación tan fría y blanca.

Alejandro siempre tan dispuesto, me hacía recados: iba a la cafetería a comprarme agua o algún tentempié, y a veces recogía los informes que tenían para mí en la sala de enfermería. Un día, mientras merodeaba por el pasillo de la planta, conoció a una niña de seis años, Lucía, que también estaba ingresada. Alejandro tiene nueve años, apenas tres años más que ella.

Lucía había tenido un accidente montando en bicicleta y se lastimó la rodilla. Cuando los médicos vieron que era una niña que residía en un centro de acogida, decidieron dejarla ingresada unos días más.

Alejandro, con su curiosidad natural, le preguntó por qué vivía en un centro y qué hacía falta para salir. Después vino corriendo a hablar con nosotros, su madre y conmigo, decidido: había que llevarse a Lucía a casa.

¡Tiene que venir con nosotros! Me ha dicho que sólo saldrá del centro si la acoge una familia, y nosotros somos una familia insistió Alejandro, con esa determinación tan suya.

Mi hija Clara y su marido nunca se habían planteado la adopción. Bastante tenían ya con Alejandro, aunque yo a veces les insinuaba que estaría bien que le dieran un hermanito. Yo soñaba con tener otra nieta.

Fueron meses de papeleo, entrevistas y visitas de los asistentes sociales. Pero finalmente, Lucía se unió a nuestra familia. Ahora tengo la nieta que deseaba y Alejandro tiene una hermana pequeña. Se llevan de maravilla, son inseparables, y nuestra familia es más grande y más feliz que nunca.

Pensando en todo esto, a veces me pesa no haber considerado la adopción cuando era joven y mi marido me pedía tener otro hijo, aunque las circunstancias no nos lo permitieron. Pero ahora, al menos, puedo mimar a mis nietos y ver cómo juntos se hacen compañía, creciendo con todo el cariño que les damos.

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