Traed, traed, traed, traed, traed – lo he oído toda mi vida. Estoy harto. A los 54 años, voy a divorciarme.

Nada más despuntar el día, recibí una llamada de mi vecino. El tono de su voz era tenso, casi vibrando de emoción:

¿Has oído lo que ha hecho tu prima?

No, ¿qué ha pasado?

Parece que va a pedir el divorcio. A sus 54 años, después de treinta de matrimonio.

La noticia me dejó sin aliento; sentí como si el mundo temblara bajo mis pies. No podía creerlo. Siempre parecieron una familia normal. Él, ahora jubilado, nueve años mayor, nunca bebía y era un hombre tranquilo. Tienen tres hijos ya adultos, todos independientes, y cinco nietos que llenan las tardes de los domingos. Y de repente, ella decide separarse.

Pensé que quizá se trataba de un malentendido. Llamé inmediatamente a mi prima, Teresa García, y le propuse encontrarnos en el Retiro, para hablar despacio y sin prisas. Lo que me contó me desgarró por dentro:

Ya no puedo más. Toda mi vida he sido como una rueda de hamster, girando y girando sin parar. Mi marido trabajaba y yo también, pero después de la jornada él se tumbaba en el sofá, veía la televisión, o se iba a tomar una caña con los amigos. En cambio, yo me ponía a trabajar el segundo turno, en casa. Las mujeres saben de qué hablo.

Llegas del trabajo, y empieza: poner lavadoras, preparar la cena, dejar algo hecho para mañana porque los chicos necesitan comer al volver del colegio. Y después, limpiar, fregar, pasar el aspirador; porque él está cansado, y los niños siempre tienen deberes o actividades extraescolares. La lista nunca se acaba; es lo que vivimos las amas de casa.

Pensé que sería más fácil cuando los hijos crecieran. Me equivoqué. Ellos se han ido, mi marido, Manuel Ramos, se ha jubilado, y yo sigo en activo.

Ahora mi querido esposo está siempre en casa o se va a pescar, pero jamás aporta nada a la vida doméstica. Ni se le ocurre ayudar; siempre espera a que llegue y le resuelva todo.

La gota que colmó el vaso fue cuando una semana caí enferma. Volvió de pescar, y lo primero que hizo fue abrir la nevera y gritar porque no había nada preparado; que lo mínimo era cocer unas patatas, que eso no tenía mérito.

Le respondí que, si no era complicado, que se las cociera él. ¿Sabes qué me contestó? Con absoluta frialdad me dijo:

¿Para qué quiero mujer si tengo que cocinar yo?

En ese momento supe que no podía seguir así. Le dije que se terminó, que nos divorciamos, que repartiríamos el piso y viviríamos cada uno por su lado. Que a partir de ahora intentaría vivir algo para mí misma.

A los hijos no les hizo gracia. Me recriminaron que le dejaba solo, que no sabía valerse, que acabaría muriendo de soledad.

Pero ya no me importa. Él se lo ha ganado. Si no valora lo que tiene, que descubra cómo es la vida.

Así están las cosas. Quizá pronto todo se calme, pero Teresa está decidida; la veo más fuerte de lo que nunca fue.

Tengo mis dudas. No es fácil quedarse solo en la vejez.

¿Tú qué opinas?

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

18 − twelve =

Traed, traed, traed, traed, traed – lo he oído toda mi vida. Estoy harto. A los 54 años, voy a divorciarme.
El poder de un abrazo