Claudia venía de un pueblo donde un piso de una habitación costaba cuatro duros y medio. Un día se compró uno, bien apañado, pero su marido ni se olía vreo mudanza. Mientras mi marido andaba de negocios por ahí, nació nuestra hija. Yo di a luz en un hospital público de esos de toda la vida, pero le conté que fue en uno privado de esos de la jet set… Y bueno: el dinero que el buen hombre enviaba para la compra, yo lo estiraba y lo guardaba con la precisión de una abuela con pensión.
Cuando él estaba en casa, el frigorífico parecía una sucursal del mercado de San Miguel: jamón, lubina, y Tentaciones para el más sibarita. ¡Menuda mesa! Pero nada más irse, presupuesto de guerra y economía al máximo.
Nunca le compré ropa a mi niña nueva. O la tía Sole me traía algo, o pescaba gangas en Wallapop. Así, billetito a billetito, fui ahorrando para ese diminuto pero valioso piso. Muchas tardes pedía a mi madre, la señora Rocío, que viniera a cuidar a la cría, mientras yo me iba a trabajar de tapadillo. Mi marido, que desde la Gran Vía parecía que le debían el mundo, tenía la mano muy suelta para mandar y poca para saber qué hacía su mujer de campo. Y en un momento dado, Claudia empezó a rellenar la maleta. Porque sabía que, tarde o temprano, el señorito de ciudad iba a cruzar esa línea invisible y ahí acabaría todo.
Siempre jugaba con las compras. Le compraba a la niña dos manzanas y le decía al señor que había pillado un kilo entero. Dos años y medio costó juntar la cantidad justa.
Un día, aprovechando otra de sus escapadas de negocios, empaqueté a la niña, eché mis cuatro cosas en una bolsa, y a la fuga. Eso sí, el día antes dejé la solicitud de divorcio en el juzgado.
Él intentó que no nos fuéramos. Me llamó y me prometió que ahora sí, que todo volvería a la calma y la felicidad. Pero hubo llamadas escalofriantes en las que juraba que no iba a parar hasta volver a tenernos cerca, fuera como fuera.
A las pocas semanas supe que ya estaba entretenido con una universitaria. Seguro que con ella repite el teatrillo.
Nunca engañé a mi marido. El dinero que ahorré bien se puede llamar ganado. ¡Vaya si pasé hambre por cada euro! No tenía otra salida. Solo me quedaba salvarme a mí y a mi única hija.






