Larry se sentó en el alféizar y miró por la ventana, esperando a su papá. Al fin y al cabo, ya habían pasado dos largos años desde que su madre les dejó.

Hace muchos años, en un pequeño apartamento de Salamanca, un niño llamado Rodrigo se sentaba en el alféizar de la ventana contemplando las calles empedradas. Esperaba con ansias la llegada de su padre, al que tanto quería. Ya habían pasado dos largos años desde que su madre los dejó. “Se ha hecho otra vida,” había murmurado su padre una vez, cabizbajo y con tristeza en la voz. ¿Por qué lo abandonó su madre? Rodrigo no lo comprendía, y conforme pasaba el tiempo, la imagen de ella iba desvaneciéndose en sus recuerdos.

El padre de Rodrigo hacía todo lo posible para cuidar de él. Porque, aunque tenía sólo diez años, era ya todo un hombrecito y no tenía sentido ocultarle nada. Aprendió a lavar los platos y a colocar ordenadamente los cacharros y la ropa en el armario. Ya no le interesaban los juguetes; se consideraba casi un adulto. Sin embargo, la soledad lo golpeaba a menudo, especialmente desde que faltaba su perro. Rogó varias veces a su padre por otro cachorro, pero la respuesta era siempre negativa.

¿Quién va a cuidarlo? Yo trabajo todo el día, y tú todavía eres un niño y tienes que estudiar replicaba su padre.

Pero en vez de un perro, un día su padre llegó a casa acompañado de una mujer. Se llamaba Emilia, y pronto comenzó a compartir techo con ellos. Rodrigo decidió desde el comienzo evitar cualquier trato con ella. Para él, aquella mujer solo sobraba en su hogar. Pese a que su padre la llamaba “mi esposa” y le decía que le gustaría que Rodrigo la viera como a una madre, el muchacho se negaba a aceptarla.

¡No la necesito! respondía Rodrigo tajantemente, volviendo en silencio a su rincón junto a la ventana.

Así siguió el tiempo. Rodrigo observaba cómo su padre se mostraba dichoso con Emilia; reían juntos, se abrazaban, y el niño no podía apartar su resentimiento.

Padre, quiero que Emilia se marche.

Rodrigo, no puedes pedir eso. Es duro vivir sin una mujer, sin una esposa, y sin una madre en la casa respondía, intentando explicarle con paciencia.

En cuanto llegó el buen tiempo, Rodrigo salía a jugar al patio con los otros niños del vecindario. Allí, uno de sus nuevos amigos, con la inocencia de la infancia, le susurró que los padres y las nuevas madres siempre terminaban enviando a los niños mayores al internado.

Aquel pensamiento lo llenó de temor. ¿Por qué habrían de quedarse con él, si podían tener otro hijo? Quizá, si Emilia y su padre tenían un bebé, él les estorbaría. Movido por el miedo, decidió estar preparado para lo peor.

Un día, escuchó a medias una conversación entre la pareja: Allí estará mejor, deberíamos enviarlo allí. Aquello fue lo último que Rodrigo necesitó para convencerse. Aquella noche, apenas logró dormir, decidido a deshacerse de Emilia, que, según él, sólo empeoraba las cosas. Empezó a gastar travesuras: puso sal en su té de la tarde y encendió la vitrocerámica dejando una sartén vacía al fuego. Emilia, sin embargo, pronto comprendió quién era el culpable y lo invitó a una charla en la cocina.

Rodrigo, tenemos que hablar. Sé que estás enfadado.

No me pasa nada replicó él, dándose la vuelta.

Mira, cariño, yo no quiero hacerte daño empezó, con voz suave.

¡No soy tu cariño! exclamó él, ofendido.

Emilia le explicó entonces, con cariño y paciencia, lo que pretendían: Alquilamos una casita en el campo para pasar el verano juntos. Queríamos darte una sorpresa, pero creo que es momento de decirte la verdad. Tu padre ha encontrado un cachorro y vamos a recogerlo hoy. ¿Quieres venir con nosotros?

Rodrigo la miró, incrédulo al principio, y luego entre lágrimas y sonrisas se abalanzó hacia ella, abrazándola tan fuerte como podía. Emilia casi rompió a llorar de emoción.

Anda, no llores. Todo va a salir bien. Tienes derecho a ser feliz le acarició la cabeza.

Cuando su padre regresó del trabajo, los tres se encaminaron juntos a por el cachorro al otro extremo de la ciudad. Rodrigo ya no sentía rabia, sino ternura, y las barreras que había levantado contra Emilia se derritieron por completo. Al llegar a casa, el cachorro dormitaba plácidamente en sus brazos. Los tres, por fin, se sentían una familia, y la alegría llenaba de luz la pequeña casa salmantina.

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Larry se sentó en el alféizar y miró por la ventana, esperando a su papá. Al fin y al cabo, ya habían pasado dos largos años desde que su madre les dejó.
— ¡No te preocupes, Sergio! ¡No te entristezcas! ¡Al menos recibiste el Año Nuevo de manera espectacular!