Me casé siendo muy joven, movida por un amor inmenso. Salimos juntos durante cuatro años antes de dar el paso y convertirnos en marido y mujer. Hemos superado muchas cosas cogidos de la mano.
Ya llevamos más de seis años viviendo juntos. Confío plenamente en mi marido, y en mí misma también. Mi esposo, Tomás, es muy dulce, atento y cariñoso. Siempre me echa una mano con las tareas de la casa. No es precisamente el hombre más valiente ni el más fuerte. Tampoco se podría decir que es guapo, pero tiene un alma noble y desprende tanta energía positiva y confianza en el bien que a veces siento que eso me da fuerzas para salir adelante hasta en los peores momentos.
Sin embargo, es indeciso y le cuesta la vida tomar decisiones importantes, no quiere salir de su zona de confort ni avanzar. Además, Tomás es extremadamente tímido y una persona muy correcta. No ha cambiado nada en estos seis años de convivencia.
Tampoco quiere prestarse atención a sí mismo ni cuidar su salud, y cualquier cambio le asusta mucho. Mi marido me lleva casi diez años. Con mis veintiséis, adoro la vida que tengo. Tengo un trabajo estupendo, me compré mi propio coche, y además pago la hipoteca de nuestra casa. El otro día, una amiga me preguntó: ¿Y para qué le necesitas tú a él?
Desde ese momento, siento que mi felicidad personal se ha tambaleado, y ahora me encuentro aquí, preguntándome: ¿De verdad, para qué le necesito yo?No tengo una respuesta tajante, y quizá no la necesite. Necesito a Tomás porque ese es el amor que elegí, aunque a veces la rutina quiera engañarme haciéndome pensar que una vida distinta sería mejor solo porque parece más emocionante. Si lo pienso bien, necesito su risa cuando me siento gris, su forma de abrazarme cuando el mundo pesa demasiado. Necesito las tardes que pasamos en silencio, uno junto al otro, sin más ruido que la lluvia en la ventana y la certeza de no estar sola.
Quizá no necesito a Tomás en términos prácticos, pero sí como se necesitan raíces profundas: no para verlas, sino para sostenerse. Descubrí que en el fondo de mi pregunta no hay una carencia, sino una linda fortuna; no tengo a Tomás porque lo necesite en el sentido de no poder vivir sin él, sino porque elijo, cada día, compartir mi vida con él. Y con cada día que pasa, entre dudas y certezas, sigo eligiéndolo, y, de algún modo, eso me hace sentir verdaderamente libre.







