Mónica se mudó lejos de sus padres, a otra ciudad. Allí estudió para conseguir una buena formación académica

Te cuento una historia familiar que de verdad podría pasarle a cualquiera por aquí. Mira, Verónica se mudó lejos de sus padres, a otra ciudad de Castilla, porque quería estudiar y hacer carrera. Después de terminar la universidad, conoció a un chico, Javier, y acabaron casándose. Mientras, su hermana pequeña, Carmen, se quedó en casa con los padres. Carmen, la verdad, ya se había casado y divorciado dos veces, y de esos matrimonios le quedaron dos hijos.

Verónica y Javier vivían en un piso que él heredó de su abuela, en un barrio tranquilo de Valladolid. Al comienzo no lo tuvieron nada fácil, porque de dinero iban muy justos, y encima ya tenían una niña pequeña. Pero con el tiempo la cosa fue mejorando, se apretaron el cinturón, fueron ahorrando y al final pudieron comprarse un piso de dos habitaciones. Lo reformaron con mucho cariño y decidieron alquilarlo para sacarse un dinero extra.

Todo fue pasando rápido, y su hija, Lucía, creció y empezó a estudiar para ser enfermera. Ya tenían pensado que cuando se casara, le darían ese piso que alquilaban para que empezara su vida.

Ahora, la hija de Carmen, que se llama Patricia, entró en la Universidad de Salamanca. Carmen y los abuelos empezaron a preguntarle a Verónica si Patricia podría quedarse en el piso que ellos alquilaban, por lo menos un tiempo. Verónica, siendo tan buena hermana, no supo decirles que no. Así que Patricia se instaló, y mientras estudiaba, curraba también en una cafetería típica del centro. Al poco tiempo conoció a un chico y, después de medio año saliendo juntos, él le pidió matrimonio. Encima, Patricia se quedó embarazada.

Verónica entonces habló con Carmen y le dijo que si Patricia iba a formar una familia, tenía que buscar otro sitio donde vivir, porque ese piso estaba reservado para su propia hija. Al final, la pareja de Patricia prometió que en cuanto pudieran se buscarían otra casa. Pero pasaron los meses, y Patricia llamó a su tía para pedirle que, por favor, la dejara quedarse un poco más, al menos hasta después de la boda. Lucía, la hija de Verónica, también encontró novio, pero nadie se atrevía a echar a Patricia y menos estando embarazada.

Al final, Patricia y su chico se casaron y tuvieron al bebé. Después de la boda, Verónica les dejó claro que ya era hora de buscar una casa nueva, porque ese piso era de su hija, que además ya estaba a punto de casarse ella también. Pero Patricia siempre encontraba alguna excusa: que no encontraban piso decente en la ciudad, que el niño se había puesto malo, que si esto, que si lo otro. Incluso llegó a cambiar el teléfono y ya ni respondía a la puerta cuando iban a verla. Un día hasta fue el propio Javier, el marido de Verónica, y después Carmen montó un drama diciendo que su hija había dejado de darle leche al bebé por culpa de la visita. La paciencia de Verónica y Javier explotó y, después de mucho lío, acabaron echando a Patricia y su familia del piso. De ahí vino un buen follón y estuvieron dos años sin hablarse. Toda la familia criticaba a Verónica por haber tenido tan poco corazón y por haber dejado a su sobrina y al bebé en la calle.

Son cosas de familia que duelen, ¿verdad? Y aquí, como en todos los sitios, esas situaciones te parten el alma, pero a veces no queda otra que poner límites, aunque quedes de mala.

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