Diario personal, 12 de abril
Otra vez llegas tarde… la voz de la profesora, doña Carmen Álvarez, sonó seria y su mirada sobre mí era severa. Me quedé en la puerta, nerviosa, mirando al suelo. ¿Qué excusa tienes esta vez, Inés? Ya ayudaste a tu abuela a cruzar la calle, llevaste la bolsa de la compra a la vecina, incluso ayudaste a buscar al niño que se perdió… Espero que a ver si hoy tu motivo es igual de importante.
Seguro que ha estado ayudando a la Guardia Civil a detener a un criminal bromeó Clara Solís, con una sonrisita.
O apagando un fuego con los bomberos Gonzalo Sánchez gritó desde el fondo de la clase.
¡Vale ya de bromas! Doña Carmen alzó la voz. Ahora todos atentos a Inés. Bueno, cuéntanos, ¿por qué has llegado tarde esta vez?
Levanté los ojos tímidamente, respiré hondo, miré un momento a la profesora y luego recorrí con la vista la clase entera.
He estado ayudando a un perro…
¿Perdón? ¿Que has estado ayudando a un perro? ¿Y qué le ayudaste? ¿A dar a luz? soltó la profesora, con tono entre incredulidad y sarcasmo.
No, doña Carmen. Dejé la mochila en el suelo, cansada de sostenerla. Verá, de camino al colegio me encontré a un perro callejero. Mendigaba un poco de comida y pensé en compartirle mi bocadillo.
¡Eso se hace en un minuto! me interrumpió Clara, girándose hacia el resto.
Pero el caso es que el barrendero nos echó del parque cuando vio lo que hacía, así que tuve que volver a casa…
¡Qué buenecita eres! ironizó doña Carmen acercándose a mí. Pero claro, lo que te pedí mil veces, que no llegaras tarde, eso lo olvidas. Dame el cuaderno, que te pondré un suspenso por comportamiento y escribiré a tus padres lo buena que eres, alimentando perros en la calle en vez de estar en clase.
Le entregué mi cuaderno de notas y fui a mi pupitre, cruzando la clase. Clara cruzó la pierna a propósito y tropecé, cayendo delante de todos entre risas.
La profesora solo levantó los ojos, negó con la cabeza y siguió escribiendo. Me volví a levantar y clavé mis ojos en Clara, aún sin entender por qué me hacía esas cosas.
Me acerqué, y en voz baja le pregunté al oído: ¿Por qué lo haces?
¿El qué? Yo no he hecho nada. Igual te has dado un golpe muy fuerte y ahora estás viendo cosas dijo Clara, con suficiencia, asegurándose que todos la oyesen.
Luego aprovechó para quejarse en voz alta:
Doña Carmen, Inés no para de molestarme.
Venga, Inés, a tu sitio. No solo llegas tarde, ahora además quieres interrumpir la clase. Venga, sentada ya.
Me senté, resignada. Siempre fue difícil con doña Carmen. Y claro, con Clara tampoco, jamás nos llevamos bien. Lo que no entendía era por qué siempre se metía conmigo. Lo de hoy fue sólo una tontería… Un día tiró mi mochila por la ventana y tuve que ir a sacarla de un árbol; mientras, otros me grababan con el móvil. Acabé en el despacho de la directora. Claro, la regañina fue para mí.
Inés, ¿no sabes que es peligroso subirse a los árboles? Si te hubieses roto algo, ¿quién sería responsable? Tráeme a tus padres mañana mismo.
Mis padres aparecieron, incrédulos y molesto en realidad por el trato. Contaron su versión, pero la directora no les hizo mucho caso.
He preguntado a Clara Solís si fue ella quien tiró la mochila y dice que no. No tengo por qué no creerla. En cambio, sí tengo motivos para dudar de tu hija.
Al final, como siempre, quedé como la culpable. Y Clara, impune a todo.
¿Dónde está la justicia? Siempre sale de rositas, incluso hablando en clase o tirando las cosas de otros, mientras a mí me cae todo.
Pero, ese día, sentí que el destino me daría una oportunidad de demostrar quién soy. Nunca pensé en vengarme, pero sí tenía esa sensación de querer mostrar lo que valía.
El mes que viene habrá una carrera popular en la ciudad por el Día Internacional del Deporte nos contó el profesor Ángel Morales, de Educación Física. ¿Quién se anima?
¿Correr? preguntamos sorprendidos todos.
Sí, hay que elegir a dos del colegio. El ganador tendrá medalla, diploma y, cómo no, un sobresaliente en Educación Física. Supongo que Clara lo intentará, ¿verdad? dijo mirándola.
Claro respondió ella, sonriente.
Perfecto. Necesito otro voluntario. ¿Tú, Gonzalo, no quieres cambiar ese suspenso?
¿Yo? No, profe, yo de correr poco… Si el concurso fuera de videojuegos, lo ganaba.
¿Puedo apuntarme yo? dije en voz baja.
¿Tú, Inés? Ángel parecía sorprendido. ¿No eres la de notable raspado? Nos hacen falta los mejores, como Clara.
Y encima siempre llegas tarde a todo soltó Clara en alto.
Bueno, nadie más se ofrece. Yo quiero participar insistí.
Así que, sin más opciones, el profesor me inscribió.
Te vas a arrepentir, Inés me espetó Clara al salir. Vas a hacer el ridículo.
Ya veremos respondí, convencida.
La verdad es que no era buena corriendo, pero las ganas de dejar clara mi valía me daban impulso. Además, tenía un mes por delante para entrenar.
Al salir del colegio, vi que el perro que alimenté esa mañana me esperaba tras la verja. Qué curioso, pensé, ¿cómo supo que estaba aquí? Luego recordé que los animales tienen olfato y se me quitó la duda.
Caminamos los dos hasta mi casa y le agradecí la compañía. Cuánto quería acogerlo, pero ¿quién me dejaba?
Esa noche, durante la cena, lancé la noticia:
Mamá, papá… Me he apuntado a la carrera de 1,5 kilómetros el mes que viene. Representaré al cole junto a… Clara. Guay, ¿verdad?
¡Vaya! mamá me sonrió. ¿Ha sido idea tuya o del profe?
Mía. ¿No contaste, papá, que tu madre una vez ganó una maratón? Pues yo también quiero ganar.
Ole tú, hija dijo, orgulloso, mi padre.
Y… me armé de valor. ¿Podrías dejarme traer a casa al perro que vi hoy en la calle…?
¡No! respondieron los dos a la vez. Ya lo hablamos, Inés. Nada de animales en casa.
Así me lo esperaba. Fui a mi cuarto resignada.
*****
Ese mes entrené cada día, con mi madre enseñándome a calentar y mi padre dándome consejos sobre la respiración. El perro, al que empecé a llamar Sombra, me esperaba todos los días a la salida y me acompañaba en los entrenos. A veces corría tan rápido que me obligaba a dar el máximo para no quedarme atrás.
Al contarlo en casa, mis padres se cambiaron miradas cómplices.
Igual te está entrenando él a ti rió mamá.
El día siguiente mi padre le compró un collar y mamá empezó a mandarme comida para Sombra: chorizo, croquetas, cosas así. Me hicieron ilusión, pero dejaban claro que perro en casa, no.
Clara nunca perdía la oportunidad de meterse conmigo durante el mes de entreno:
¿Lista para hacer el ridículo? me decía a menudo.
Voy a llegar primera le dije una vez, harta.
¿Primera? No me hagas reír. No tienes ni media carrera en las piernas, Inés. ¡Fracasarás!
Y llegó el día de la carrera. El estadio estaba a rebosar, no solo de padres sino de todo el barrio. Quince minutos antes ya estaba calentando con mamá.
No pienses en nada malo me recordaba ella. Si ganas, bien. Si no, no pasa nada.
Voy a ganar, mamá. Estoy convencida.
Me animé, aunque miré alrededor deseando que Sombra estuviese allí. Intenté convencer a mis padres para llevarlo, pero papá no quería llevar luego el coche lleno de pelos. Me hacía falta su apoyo…
El disparo sonó y salimos corriendo. Clara tomó la delantera y yo, con nervios, empecé mal, quinta. Imaginaba la sonrisa de Clara delante. Ríe quien ríe el último, me recordé.
Fui adelantando puestos, primero a dos chicas, luego a un chico. Al final, quedé segunda, justo detrás de Clara, que miraba atrás nerviosa y aceleraba. Aprendí con Sombra que no hay que arriesgarlo todo de golpe: ahorra tus fuerzas y da el tirón al final.
A falta de los últimos metros, apreté y la alcancé, viendo el asombro en su cara. La adelanté decidida.
En mi mente ya me veía recibiendo la medalla, entre los aplausos de todos. Pero entonces sentí un empujón fuerte en el costado. Caí al suelo, con la rodilla sangrando, viendo como Clara se alejaba hacia la meta, mi padre con los ojos preocupados en la grada… y lo entendí: había perdido.
La ilusión de demostrar que podía ser mejor que Clara se había roto. Apenas podía andar del dolor.
¡Vamos, Inés! ¡Arriba! gritaba mamá.
Intenté levantarme y moverme, pero la pierna no respondía. ¿Y ahora qué?
Justo entonces noté un hocico húmedo empujándome la mano. Sombra estaba ahí. ¿Tú? ¿Cómo has llegado aquí? Pero daba igual el cómo. Sombra estaba conmigo. Me dio fuerzas.
Aulló dos veces, me miró, y dio un paso. Apoyándome sobre él, di otro paso, lento, doloroso. Así, poco a poco, fuimos avanzando juntos hacia la meta.
Lo que sucedió fue inesperado. Nadie miró a Clara, que saltaba feliz con la medalla. Todos los ojos estaban en Sombra y en mí, avanzando sin rendirnos.
Los demás niños, viéndome caminar, tampoco me adelantaron. Se pusieron a mi ritmo y juntos cruzamos la meta.
Eres mi mejor amigo, le susurré a Sombra, entre sonrisas y lágrimas.
En la meta todos me aplaudieron de pie, coreando: ¡Bien hecho! ¡Bien hecho!
Mis padres vinieron corriendo a abrazarme. Papá incluso estrechó la pata de Sombra.
Orgullosa de ti, Inés decía mamá, feliz.
Para mí, tú has ganado la carrera. Vi perfectamente que Clara te empujó añadió papá, mirando a la medallista aislada. Si quieres, voy y se lo digo.
Déjalo, papá sonreí. Ella ha conseguido lo que quería. Yo tengo algo mejor que una medalla: tengo a Sombra.
Me agaché para abrazar a mi perro.
Vámonos a casa, hija. Brindaremos con tarta por este día.
Dadme un momento, solo quiero despedirme de Sombra dije, acariciándole.
No hace falta que te despidas me respondieron mis padres, sonrientes. Sombra vendrá con nosotros. Y vivirá desde hoy en casa.
¿De verdad? pregunté, sin creérmelo.
De verdad. No hay mejores amigos que él, hija.
Fue entonces cuando supe que acababa de ganar la mayor de las victorias. No hacía falta ninguna medalla ni diploma.





