Escucho cómo mi yerno habla a mis espaldas, insinuando que debería dejar el piso, y no sé cómo reaccionar ante esta situación.

Me había acostumbrado a vivir solo en mi pequeño piso de Alcalá de Henares. Me acompañaban dos gatos grises que adopté cuando eran cachorros, regalo de la vecina del quinto, y siempre podía charlar con los vecinos del bloque nos conocíamos de toda la vida, desde que llegamos a este antiguo barrio industrial donde las chimeneas de las fábricas echaban humo como si pensaran que estaban en Bilbao.

Mi piso fue alguna vez un pequeño rincón de paraíso que cuidábamos con mi esposa, pero tanto la vejez como el polvo hicieron estragos: las tuberías parecían reliquias del siglo pasado, el calentador perdía agua, y los suelos se desmoronaban como si tuviesen prisa por conocer el sótano. Mi hija, Loreto, no se dio cuenta inmediatamente. Solo después de varias quejas de abuelo gruñón las pilló como indirecta de que quizás necesitaba mudarme.

¿Por qué no te quedas en nuestra casa este invierno, papá? Luego en verano vuelves a tu piso, y lo reformamos con calma me sugería.

Loreto llevaba tiempo casada, los niños estudiaban fuera gracias a los padres de mi yerno, y ella y su marido trabajaban, ahorrando euros para viajes y compras en rebajas. Decidí no molestar y acepté irme a vivir con ellos, aunque Loreto insistía en que no tenía que pagar nada; al contrario, debía ahorrar para poder acometer la reforma en verano. Me pareció un trato estupendo.

Pero mi yerno, Álvaro, no pensaba igual. Desde el primer día me trataba como si fuera una mochila llena de ladrillos a la espalda. Salía a trabajar y ya refunfuñaba porque tuve la osadía de cocinar algo y no dejar la cocina brillando como un quirófano; volvía y se disgustaba porque cenaba con ellos.

No sabe masticar bien, ¡se le oye por toda la casa! ¡Ese ruido es insoportable!

Anda, Álvaro, ten paciencia suplicaba Loreto . Papá tiene dentaduras postizas, el sonido viene gratis con la edad.

Pues que coma cuando yo esté en la oficina contestaba más alto su marido.

Loreto empezó a traerme la comida al cuarto. Se portaba genial y buscaba reconciliarme con Álvaro, diciéndole que en su ausencia arreglé las puertas de los armarios y que le ayudé con el televisor, pero Álvaro solo se enfadaba más, asegurando que le vendían la moto y que si de verdad fuese útil ya habría dejado su piso como nuevo.

El colmo llegó cuando entró al baño y notó el olor de la arena de los gatos.

¡Estos gatos son una pesadilla! ¡Su arena está por todo el piso! Por eso nunca permitimos mascotas a nuestras hijas, ¿por qué los mayores pueden tenerlas?

No iba a deshacerme de mis gatos, que me conocían mejor que Álvaro. Aproveché que Loreto estaba fuera, hice mi maleta, llamé a un taxi y me fui de vuelta a mi piso. Durante el trayecto repasaba mentalmente las últimas semanas de convivencia, mosqueado porque me odiarían ahora, y con la tensión disparada. Me sentí fatal. El taxista, un chico joven llamado Sergio, se dio cuenta, paró, me ayudó a buscar mis pastillas y me compró una botella de agua mineral en el supermercado de la esquina. Escuchó mi historia al irme.

Lo que le han hecho es una faena me dijo. ¿Vive en esa dirección? Mi mujer y yo también estamos por ahí, y la verdad, los pisos de la zona están hechos polvo, el techo parece con goteras perpetuas…

Cuando llegamos, Sergio no me cobró ni un euro; me recomendó que me gastara el dinero en comida. Esa noche, yendo al colmado, me lo encontré de nuevo. Me compró unas cosas y empezamos a hablar de reparaciones, y de pronto decidimos echarnos una mano. Yo tengo más maña que un programa de bricomanía, él tampoco se queda corto. Yo puedo ayudarles con empapelar paredes y poner azulejos hice yo solito mi baño y él me echa una mano con los suelos. No me importa pagar, mientras la gente sea buena y no me hagan sentir tan pesado como mi yerno.

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Escucho cómo mi yerno habla a mis espaldas, insinuando que debería dejar el piso, y no sé cómo reaccionar ante esta situación.
Sé que muchos hombres no compartirán esta opinión, pero después de todo lo que he vivido, ya no creo en el “cambio definitivo”.