No quiero estar siempre dándole el pecho al hijo de mi vecina.

Vivíamos en una casa en el campo, rodeados de encinas y olivos, no lejos de un pequeño pueblo manchego. Mi hija, Leonor, tenía por aquel entonces diez años y era una niña afable y generosa, siempre rodeada de amigas. Entre todas, tenía una amiga del alma, Inés, que casualmente era nuestra vecina de toda la vida. La amistad entre ellas había nacido hacía tiempo, pero últimamente yo misma había empezado a notar que esa relación no terminaba de gustarme.

Leonor siempre fue más bien dócil; valoraba, por encima de todo, la amistad y se esforzaba constantemente por complacer a los demás. Era una niña bondadosa, que compartía con gusto lo que tenía a mano. Inés, en contraposición, tenía un carácter un tanto desafiante, siempre dispuesta a embarcar a mi hija en todo tipo de travesuras e historias. Solía empujarla a ir más lejos en sus paseos, o a mezclarse con niños mayores del barrio.

La familia de Inés era modesta, como tantas otras. Pero lo cierto es que no le prestaban mucho caso. Pasaba casi todo el día sola, deambulando por los alrededores. En numerosas ocasiones se pasaba el día entero en nuestra casa, siempre en compañía de Leonor. Aquello empezó a inquietarme; cada tarde, hasta la llegada del ocaso, tenía a la hija de otra en mi hogar. Al salir del colegio, venían juntas, hacían los deberes, luego jugaban o daban un paseo por el camino que llevaba a la fuente. Todo esto no me importaría demasiado, si no fuera por una cuestión: tenía que darle de comer a la amiga de mi hija.

A la hora de comer, llamaba a Leonor para que viniese a la cocina, pero inevitablemente aparecía Inés a su lado. No mostraba la más mínima timidez: devoraba lo que hubiese sobre la mesa el cocido, el pan, el postre y hasta la infusión con dulces. No era que no sintiera compasión, pero tampoco estábamos en posición de alimentar cada día a una boca ajena, porque nuestra economía, basada en el jornal y cosecha, apenas daba para mucho. A veces intentaba sentar solo a Leonor a la mesa y pedía amablemente a Inés que aguardara en el cuarto, pero la niña insistía: Por favor, señora, ¿puedo tomar aunque sea un poco de pan o caldo? Es que tengo mucho hambre. Y yo, viéndola así, no tenía corazón para negarme.

En otras ocasiones le sugería que fuese a casa a comer con su madre: Anda, Inés, vete a tu casa, que tu madre te dará la comida. Pero ella replicaba, con el ceño fruncido, que su madre no estaba, o que se había acabado la comida, o que ese día su madre no había guisado. ¿Y cómo iba a expulsar a la hija de una vecina a empujones? Eso no estaba bien.

No hace mucho, decidí hablar con la madre de Inés, pues la situación me estaba sacando de quicio. Le pedí, sin mala intención, que procurase ocuparse de la comida de su hija. Pero la mujer se sintió ofendida y me contestó con indignación: ¿Acaso le duele a usted compartir un plato de cocido? Somos vecinas, mujer… Si algún día su Leonor viene a mi casa, yo haré igual. Y no diré ni pío.

Lo curioso era que, en realidad, las niñas siempre elegían mi casa para estar, y rara vez la suya. En fin, esta historia tuvo poco recorrido, porque poco después nos mudamos a otra provincia, dejando atrás tanto los campos como la complicidad de aquella vecindad. Inés y su madre se quedaron allí, sin nuestras comidas calientes. A veces me pregunto si no habría otra manera de haber gestionado aquel dilema, pero así son las cosas en la vida del campo: uno siempre acaba recordando aquellos días con una mezcla de resignación y ternura.

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