Sin alma

Sin alma

Claudia Fernández regresó a su casa en Madrid. Había ido a la peluquería, como solía hacer a pesar de su edad. Hace poco había cumplido los 68, pero no dejaba de mimarse con esas visitas: arreglaba el pelo, se hacía la manicura Pequeños detalles que le levantaban el ánimo y la hacían sentir viva.

Claudita, ha venido una pariente preguntando por ti. Le dije que llegarías más tarde. Dijo que volvería le avisó su marido, Jorge.

¿Una pariente? Si de mi familia ya no queda nadie Seguro que será una prima lejana o quién sabe qué grado, vendrá a pedir algo. Tenías que haberle dicho que me he ido lejos, a la otra punta del país protestó Claudia, fastidiada.

Tampoco era cuestión de mentir, ¿no? No sé, tenía aire de familia alta, elegante, con cierto aire a tu madre (que en paz descanse). No creo que venga a pedir nada. Buena presencia, bien vestida intentó tranquilizarla Jorge.

A la media hora, la misteriosa pariente llamó al timbre. Claudia la recibió. Tenía, en efecto, un parecido inquietante con su difunta madre, y vestía con muchísima clase: abrigo caro, botas estupendas, guantes, pendientes con diminutos brillantes. De esas cosas, Claudia entendía.

La invitó a sentarse a la mesa, que ya estaba preparada.

Ya que somos familia, vamos a presentarnos. Soy Claudia, no hace falta el segundo nombre, veo que somos casi de la misma edad. Él es mi marido, Jorge. Tú, ¿por qué lado eres familia mía? preguntó la dueña de la casa.

La mujer vaciló, hasta se le encendieron un poco los mofletes:

Me llamo Elena Elena Villanueva. En verdad no nos llevamos tanto. Cumplí 50 el 12 de junio. ¿Esa fecha no te recuerda nada?

Claudia palideció al instante.

Veo que lo has recordado. Sí, soy tu hija. No te asustes, no quiero nada de ti. Sólo quería verte una vez en la vida. He vivido toda la vida sin entender por qué mi madre no me amaba. Por cierto, ella ya hace ocho años que murió. Nunca supe por qué sólo mi padre me quería. Él falleció hace apenas dos meses. Antes de irse, por fin me habló de ti. Me pidió que, si pudiera, te perdonara dijo Elena, con voz temblorosa.

¿Pero tú tienes una hija? preguntó Jorge, completamente desconcertado.

Pues parece que sí. Ya te lo explicaré luego respondió Claudia.

¿Así que eres mi hija? Muy bien. ¿Ya me has visto? Si vienes buscando que me arrepienta o pida perdón, olvídalo, no lo haré. Yo no tengo la culpa de nada respondió a Elena. Espero que tu padre te contara todo. Si pretendes despertar en mí sentimientos maternales, tampoco. Ni una pizca, lo siento.

¿Puedo volver a visitarte alguna vez? Vivo aquí cerca, en Las Rozas. Tenemos una casa grande, de dos plantas Podrías venir con Jorge. Quizá así te acostumbres a la idea. Te he traído fotos de tu nieto y tu bisnieta ¿te apetece verlas? preguntó Elena, titubeando.

No. No quiero. No vengas. Olvídate de mí. Adiós cortó Claudia, tajante.

Jorge pidió un taxi para Elena y la acompañó fuera. Al volver, Claudia ya había recogido la mesa y veía la televisión como si nada.

¡Tienes un temple que da miedo! Para mandar ejércitos, mira tú. ¿De verdad no tienes alma? Ya sospechaba antes que eras dura y fría, pero no tanto dijo Jorge, dolido.

Cuando nos conocimos yo tenía 28 años, ¿recuerdas? Pues te diré, querido esposo: el alma ya me la habían arrancado y pisoteado mucho antes.

Yo era una chica de pueblo soñando con escapar a la ciudad. Por eso estudié más que nadie, la única del curso que entró en la universidad. Tenía 17 años cuando conocí a Valentín. Le amaba con locura. Me llevaba casi doce años, pero me daba igual. Venía de una infancia humilde; para mí la universidad en Madrid era como un sueño. Vivía justa de pesetas; siempre tenía hambre. Por eso aceptaba encantada cada invitación de mi amor al café de la facultad o a tomar un helado en alguna cafetería del centro.

Él nunca me prometió nada, pero yo ni lo dudaba: con un amor así, acabaríamos casándonos sin falta.

Una noche, me invitó a una casa de campo cerca de Aranjuez. Ni lo pensé. Aquella vez, al entregarme, creí que ya le tenía unido a mí para siempre. Empezamos a vernos cada vez más allí. Al poco supe que estaba esperando un hijo suyo.

Se lo conté a Valentín. No cabía en sí de alegría. Al ver que pronto se notaría, le pregunté cuándo nos casaríamos. Ya tenía 18, ya podía pasar por el juzgado.

¿Y quién te prometió matrimonio? respondió Valentín, cortante.

No te lo prometí, ni lo haré. De hecho, ya estoy casado prosiguió, como si nada.

¿Y el niño? ¿Y yo?

¿Y tú qué? Eres joven, sana podrías ser modelo de las estatuas del Retiro. En la facultad coges una excedencia, y mientras tanto sigue como si nada. Después vienes a vivir con mi mujer y conmigo. Llevamos años intentando tener hijos y no sale. Mi mujer me dobla la edad. En cuanto nazca, nos quedamos el niño; todo lo demás no te concierne. No estoy empezando, soy funcionario bastante importante en el ayuntamiento. Mi esposa es jefa de servicio en el hospital central. No temas, al niño no le faltará de nada. Luego, descansas un poco y vuelves a la universidad. Hasta te daremos algo de dinero.

En aquel entonces ni se oía hablar de madres de alquiler. Yo fui, quizá, la primera. ¿Qué iba a hacer? ¿Volver al pueblo, deshonrar a mi familia?

Viví en su chalet, en una urbanización de las afueras de Madrid, hasta que nació la niña. Su mujer nunca se asomó a mi habitación, quizá allí sí había celos. La niña nació en casa, con una comadrona; todo muy digno. No la amamanté; se la llevaron enseguida. No la volví a ver. A la semana, me despidieron amablemente. Valentín me dio unas pesetas.

Volví a la universidad. Luego, a la fábrica. Me dieron una habitación en una residencia de trabajadoras. Fui primero oficial, luego capataz del control de calidad. Tuve amigos, pero nadie me propuso matrimonio hasta que tú apareciste. Ya tenía 28 años; ni quería casarme, ni podía quedarme sola.

Y el resto ya lo sabes. Hemos vivido bien, Jorge: cambiamos tres veces de coche, tenemos un buen piso, el chalé en la sierra, nunca nos faltó de nada. Hasta en los peores años, la fábrica resistió; nuestros instrumentos para tractores solo los fabricábamos nosotros en toda España. El recinto siempre rodeado de alambre de espinos y garitas de vigilancia.

Salimos con pensiones privilegiadas. Nos sobra de todo. Hijos ninguno, ni falta que hace. Viendo cómo son los niños ahora terminó su confesión Claudia.

Pues yo creo que hemos vivido mal. Siempre intenté darte calor y nunca lo conseguí. Vale que no tuvieras hijos, pero no piadaste ni por un gatito ni un perrito, nunca. Mi hermana necesitó ayuda con su hija y ni la dejaste quedarse aquí una semana. Y ahora viene tu hija, tu sangre, y la echas de esa forma Si fuéramos jóvenes, te pediría el divorcio, pero ya es tarde. A tu lado siempre hace frío, Claudia replicó Jorge, enfadado.

Claudia sintió un leve estremecimiento. Jamás le había hablado su marido con tanta dureza.

Aquel encuentro trastocó la tranquila vida de Claudia.

Jorge se instaló en la finca de la sierra, donde cuida tres perros recogidos y quién sabe cuántos gatos. Por casa apenas se deja ver. Claudia sabe que visita a Elena, la hija que nunca quiso conocer, y que adora a la bisnieta.

Siempre fue un blando, lo sigue siendo. Que viva como quiera piensa Claudia.

Nunca sintió la necesidad de acercarse a su hija, ni a su nieto ni a su bisnieta.

Viaja sola al Mediterráneo. Se relaja, recobra fuerzas y se siente perfectamente.

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Sin alma
SIN ALMA… Claudia Basilisa regresó a casa. Había ido a la peluquería; a pesar de su venerable edad, acaba de cumplir 68 años y sigue mimándose con visitas regulares a su estilista de confianza. Claudia Basilisa se arreglaba el cabello, las uñas, y esas sencillas rutinas la animaban, dándole energía y levantándole el ánimo. —Claudita, ha venido a verte una pariente. Le he dicho que llegarías más tarde. Ha prometido volver —le informó su marido, Jorge. —¿Qué pariente ni qué historias? Ya no me queda familia… Será una prima lejana de esas que aparecen para pedir algo. Tendrías que haberle dicho que estoy en el quinto pino —respondió, fastidiada, Claudia. —Pero, mujer, ¿para qué mentir? Me parece de tu familia, así alta y elegante, se parece a tu suegra, que en paz descanse. No creo que viniera a pedir nada, parecía una mujer muy educada, bien vestida —intentó tranquilizarla Jorge. Cuarenta minutos después, la pariente llamó a la puerta. Claudia la dejó pasar. Realmente se parecía mucho a su difunta madre, y vestía caro: un abrigo de calidad, botas, guantes y unos pendientes con pequeños diamantes. Esos detalles Claudia los conocía bien. La invitó a sentarse en la mesa ya puesta. —Bueno, vamos a presentarnos, ya que somos familia. Yo soy Claudia, sin formalidades, que veo que somos casi de la misma edad. Él es mi marido Jorge. ¿Por qué lado eres parienta mía? —preguntó la anfitriona. La mujer titubeó, hasta se sonrojó—. Soy Galina… Galina Valdemara. En realidad, no hay mucha diferencia de edad entre nosotras. El 12 de junio cumplí 50 años. ¿No te dice nada esa fecha? Claudia palideció. —Veo que lo has recordado. Sí, soy tu hija. Pero no te preocupes, no quiero nada de ti. Solo quería ver a mi madre biológica. Toda mi vida he vivido sin saber. Nunca entendí por qué mi madre no me quería. Por cierto, ella falleció ya hace ocho años. ¿Por qué solo me quería papá? Él me lo contó todo antes de irse, hace apenas dos meses. En su último momento me pidió que, si podías, le perdonaras —decía Galina, visiblemente alterada. —¿Que no lo entiendes? ¿Tienes una hija? —preguntó sorprendido Jorge. —Parece que sí. Te lo explicaré luego —respondió Claudia. —Entonces eres mi hija. Perfecto. ¿Ya me has visto? Si esperas que me arrepienta o pida perdón, no lo haré. No tengo culpa alguna en esto—le contestó a Galina—. Espero que papá te lo haya contado todo. Si pretendes despertar en mí sentimientos maternales, tampoco, ni una pizca. Lo siento. —¿Podría venir a verte otra vez? Vivo aquí, en un chalé de las afueras. Podrían venir tú y Jorge a casa. Te he traído fotos de tu nieto y tu bisnieta, quizás te interese verlas —preguntó tímida Galina. —No. No quiero. No vuelvas. Olvídame. Adiós —contestó Claudia bruscamente. Jorge le pidió un taxi a Galina y la acompañó. Cuando volvió, Claudia ya había recogido la mesa y veía tranquilamente la tele. —¡Vaya temple el tuyo! ¡Tendrías que mandar un batallón! ¿Pero es que no tienes alma? Siempre sospeché que eras fría y despiadada, pero no até cabos hasta este extremo —le recriminó Jorge. —Nos conocimos cuando yo tenía 28, ¿verdad? Pues, querido, el alma me la arrancaron y pisotearon mucho antes. Yo, una muchacha de pueblo, toda la vida soñé con irme a la ciudad y por eso era la mejor estudiante, y la única que entró a la universidad. Con 17 conocí a Vladislao. Le amaba con locura. Él casi me doblaba la edad, pero eso no me importaba. Tras una infancia de carencias, la ciudad era como un sueño. La beca apenas me daba para nada, siempre estaba hambrienta, así que aceptaba feliz sus invitaciones a cenar o tomar un helado. Él nunca me prometió nada, pero yo confiaba en que esa pasión acabaría en boda. Un día me invitó a su casa de campo y fui sin dudarlo. Quería creer que, tras lo que pasó allí, ya le tenía atado para siempre. Aquellas visitas se volvieron habituales. Al poco supe que estaba embarazada y se lo conté. Se alegró muchísimo. Como pronto sería visible mi estado, me atreví a preguntarle por la boda; yo ya tenía dieciocho años y podía casarme. —¿Acaso te prometí casarme? —respondió él con otra pregunta. —No lo prometí y tampoco lo haré. Además, ya estoy casado… —dijo tranquilamente. —¿Y el hijo? ¿Y yo? —¿Y tú qué? Eres joven y fuerte; podrían esculpirte como la mujer con remo. Pide un año sabático en la universidad. Cuando nazca el bebé, mi mujer y yo nos lo quedamos. Nunca hemos podido tener hijos, quizá porque ella es mayor. Después podrías volver a estudiar, nosotros te pagamos. En aquel entonces nadie hablaba de madres de alquiler. Creo que fui la primera de verdad… ¿Qué otra opción tenía? ¿Volver al pueblo y deshonrar a la familia? Viví con ellos en la mansión hasta el parto, nunca vi a la esposa, y tuve la niña en casa, con comadrona y todo legal. No le di el pecho, la niña se la llevaron inmediatamente y nunca más la vi. A la semana, Vladislao me dio dinero y me fui. Regresé a la universidad, me gradué y trabajé en la fábrica, primero como técnica, luego como encargada de calidad. Tuve muchos amigos, pero nadie me pidió matrimonio hasta que apareciste tú. Ya tenía 28 años y si no era entonces, quizá nunca… Ya lo sabes. Hemos tenido buena vida; cambiamos de coche tres veces, la casa siempre completa, la finca perfecta, vacaciones cada año. La fábrica sobrevivió a los noventa porque nuestros instrumentos solo los hace una nave, nadie sabe del resto. La fábrica sigue vallada y con guardias. Nos jubilamos. No nos falta de nada. Sin hijos, y tampoco los echo de menos. Cuando veo el tipo de hijos que hay hoy día… —terminó Claudia su confesión. —No hemos tenido una buena vida. Te he querido, he intentado abrigar tu corazón, pero nunca lo logré. A falta de hijos, ni por un cachorro sentiste misericordia. Mi hermana te pidió acoger a mi sobrina y no la dejaste quedarse ni una semana. Y hoy, tu hija se ha presentado y ¿cómo la has recibido? ¡Tu propia hija! Si fuésemos más jóvenes, te pediría el divorcio. Ahora ya es tarde. A tu lado solo siento frío, solo frío —le reprochó Jorge con amargura. Claudia se asustó un poco, jamás le había hablado así. Toda su tranquila vida se la truncó aquella hija. Jorge se mudó a la finca y lleva años allí, rodeado de los tres perros rescatados que cuida y de una cantidad indeterminada de gatos. A casa vuelve rara vez. Claudia sabe que visita a su hija Galina y que se lleva muy bien con todos, y sobre todo, adora a la bisnieta. —Siempre fue un bonachón, bonachón se queda. Que viva como le dé la gana —piensa Claudia. Nunca le ha nacido el deseo de conocer a su hija, ni a su nieto, ni bisnieta. Ella va sola a la playa, descansa, recarga energías y se siente de maravilla.