Marina decidió dejar a su marido.
¿Y por qué no? Todavía es joven, guapa, de esas mujeres que todavía pueden exprimir la vida.
¿Y su marido? Ni la mira. No le dice que está guapa, ni repara en el vestido nuevo, ni en el corte de pelo. Sin embargo, Don Álvaro, el vecino del portal de al lado, sí que lo nota todo. Cada vez que se cruzan, le sonríe y le dice:
Señora Marina Gómez, hoy con ese vestido parece usted una rosa recién florecida. Si hasta me temo que en cualquier momento la rodeen mariposas y le besa la mano con ese aire de caballero antiguo.
Pero su marido, ni una palabra. Se limita a cargar con las bolsas llenas de patatas, o los rollos de papel pintado para renovar el dormitorio. ¿Cómo va a besarle la mano mientras sostiene toda esa carga? O está bajo el coche, intentando reparar el motor a toda prisa, porque Marina tiene que ir a la peluquería y llega tarde.
Ella pasa por el garaje, sólo se le ven las piernas asomando desde debajo del coche y, en ese momento, ni siquiera puede decirle lo bien que le sienta el vestido hoy.
O Marina le hace una sopa, él la devora, rebaña hasta la última gota de caldo con un trozo de pan y, en silencio, se sirve el té. Quién sabe si le ha gustado o le ha parecido insípida. Podría decírselo, pero él calla y bebe el té con unas pastas, todo sin abrir la boca. Es un muro.
Hace poco empezaron a alquilar un piso en el portal de al lado, y entonces Marina se decidió:
Me voy. No me valora. No dice nada. Siempre está liado, siempre ocupado. Ni una vez quiere ir al teatro conmigo, prefiere quedarse en casa viendo la televisión le responde él.
El piso ya venía amueblado, así que Marina empezó a llevarse sus cosas. No todo de golpe, sino poco a poco. Cada tarde empaquetaba cuidadosamente un par de vestidos en su bolso y marchaba. Al día siguiente, volvía y recogía la vajilla de porcelana.
Su marido no decía nada, sólo adelgazó visiblemente.
Llévate lo que necesites, Marina, y si necesitas que te ayude, dímelo le decía con voz cansada.
En septiembre, el frío llegó de repente. Marina, una tarde al salir del trabajo, volvió a su antigua casa para recoger su abrigo de paño. Su marido estaba en la cocina, friendo patatas.
En la alfombra del recibidor, hecho un ovillo, dormía un perrito esquelético, de pelaje enmarañado y mugriento. Cuando Marina entró, el animalito intentó levantarse sobre las patitas temblorosas, pero cayó enseguida. Menea apenas el rabillo delgado, como un hilo.
Juan, ¿quién es este pobrecillo? ¿De dónde lo has sacado? pregunta Marina, sorprendida y compasiva.
Apareció junto al garaje esta mañana, no se iba y casi ni podía andar. Se caía del hambre. Lo he traído en brazos. Ahora le he preparado un poco de arroz con pollo respondió él, encogiéndose de hombros y con esa ternura escondida.
Juan, ¿por qué no bañamos al pobre? Yo te ayudo. Un poco de agua tibia y jabón, con cuidado.
Así, entre los dos bañaron al perrito, lo envolvieron en una toalla y el perrito trataba de lamerles las manos, la nariz, la mejilla, agradecido, vital buscador de cariño. Y ellos reían, bromeaban y lo apartaban suavemente, con sonrisas. Después le sirvieron el arroz y se quedaron mirándolo mientras devoraba el plato.
He hecho patatas fritas, ¿quieres cenar? le ofreció Juan.
Marina asintió y se sentó a la mesa. Compartieron la cena, hablando de qué nombre ponerle al perrito. Juan proponía nombres graciosos y Marina soltaban carcajadas. Al final, lo llamaron Chispa.
Cuando llegó la hora del té, Juan sacó del frigorífico unas pastas Pionono y las colocó en un bonito plato.
Marina, toma. Sé que te encantan los piononos de Granada.
Sí, me vuelven loca ¿Me esperabas?
Te esperaba admitió él, casi en un susurro. Ha refrescado y tú sólo tienes la gabardina. Te he arreglado las botas, les he pegado la suela y ya no entra nada de agua. Llévatelas, por favor, que hace frío. Cuídate.
¿Estás llorando, Marina?
Fuera, la lluvia tamborileaba en las aceras desiertas y los pocos transeúntes aceleraban el paso, refugiándose bajo los paraguas, deseando llegar a casa. Porque en casa les esperan. Y mientras caminan, alzan la vista y buscan su ventana iluminada entre cientos, y sonríen porque desde ahí arriba ven que hay luz.
Que nunca falte quien te espereMarina contempló la lluvia tras los cristales empañados y, por primera vez en meses, sintió una tibieza en el pecho. Chispa se acomodó en su regazo y Juan, en silencio, le sirvió una taza humeante. Sin decir nada más, ella cubrió su mano con la suya sobre la mesa, y por un instante el tiempo pareció detenerse: allí estaban, los tres, abrigados y atentos al pequeño latido de la felicidad.
Entonces, cuando se preparaba para partir con su abrigo y sus botas arregladas, Chispa la siguió tambaleándose hasta la puerta y Marina, riéndose, lo alzó en brazos. Juan titubeó, como si quisiera decir algo importante, pero las palabras se le quedaban atascadas. Ella se fue acercando y lo envolvió en un tierno abrazo.
No sé si me esperarás mañana susurró ella sin soltarse, pero si te quedas, prometo traer el postre.
Él asintió con los ojos brillantes y, justo antes de que Marina cruzara el umbral, Chispa saltó hacia sus pies, reclamando ir con ella. Ahí, en ese gesto pequeño y absurdo, supieron los dos que hay amores dormidos, a veces enfriados por la costumbre, pero que quizás sólo esperan una chispa, o un perrito famélico y un plato de arroz, para encenderse de nuevo.
Marina salió al portal bajo la lluvia, con el perrito en brazos y una sonrisa secreta. Al mirar hacia arriba, vio la ventana encendida y comprendió que todavía tenía un lugar al que volver. Tal vez, pensó, la vida siempre deja una luz encendida para los que se atreven a regresar.






