«Mi hermana está obsesionada con su carrera y totalmente volcada en el trabajo», cuenta Rebeca. «Tiene 40 años, es soltera y no tiene hijos. Ya se ha comprado un piso y un coche. Apenas se comunica conmigo o con nuestros padres, pero espera algo de ellos.»

Mi hermana está completamente absorbida por su carrera, vive para el trabajo, dice Inés. Tiene 40 años, está soltera y no tiene hijos. Ya se ha comprado un piso precioso y un coche. Apenas habla conmigo o con nuestros padres, pero parece que espera algo de ellos.

Inés y su hermana mayor, Carmen, nunca han sido especialmente cercanas, ni de pequeñas. Siempre han sido como el aceite y el agua, sobre todo por lo distintas que son tanto de físico como de carácter. Inés es tranquila, muy de familia; se casó joven, tiene tres niños y el caos doméstico es su vida diaria. Carmen, en cambio, es puro nervio y ambición, nunca ha dejado de trabajar para alcanzar sus metas. Se pasa la mitad del año viajando por trabajo, lo que hace que apenas coincidan con la familia, y los pocos festivos que vuelve a casa de los padres ya pisan acelerados.

Inés mantiene una relación muy estrecha con sus padres, que son un apoyo clave: cuidan de los niños, los llevan a actividades, celebran cumpleaños y todas las fiestas posibles en ese piso suyo enorme de tres habitaciones, que cuando hay comilona parece un camarote de los Hermanos Marx.

Mientras tanto, Inés, su marido y los tres churumbeles viven apretaditos en un mini-piso de una sola habitación. Viendo el panorama, los padres, más blandos que un flan, le han estado dando vueltas a cómo ayudarles. Al final, tras mucho debate y, seguramente, toneladas de café, decidieron hacer un cambio de vivienda: ofrecían a Inés la cesión inmediata de su amplio piso a cambio del pequeño piso de Inés. Ellos no necesitaban ya tanto espacio y, sinceramente, ni en sueños conseguían una hipoteca a estas alturas, que solo trabaja el yerno. Así que pensaron que era la mejor forma de echarle una mano a la hija, haciéndole el cambio ya y transfiriendo la propiedad a nombre de Inés de una vez.

Pero claro, lo que no se esperaban era la reacción de Carmen, la mayor, siempre con su maletín en la mano. Apenas se enteró, montó en cólera: ¿O sea que todo el piso para Inés, y yo qué? ¿No soy yo también vuestra hija? La madre, con toda la paciencia del mundo, intentó razonar: Hija, comprende la situación. No te estamos dejando de lado. Tú has conseguido todo por ti misma y, si quieres algo más grande, sabemos que puedes conseguirlo. Lo de Inés es más urgente, tiene una familia, tres niños y ese piso pequeño se les queda corto. Carmen se quedó igual, enfadada y con el derrotismo propio de quien no se espera ni una rosca del Roscón de Reyes. Inés no pudo evitar soltar lo suyo: Está como una cría mimada porque no le ha tocado el premio. Mamá tiene razón, lo necesitamos más. ¡Si Carmen lo tiene todo! ¿Qué quiere ahora, otro viaje a Bali? Además, fue ella la que decidió distanciarse; ni contesta al teléfono en semanas. Es un poco egoísta, la verdad.

La pregunta es: ¿Está Carmen siendo egocéntrica por ignorar las necesidades de su hermana, o, por el contrario, tiene derecho a reivindicar su parte como hija? La vida en familia, como la tortilla, nunca está del todo cuajada para todos.

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