Cuando mi marido presentó la demanda de divorcio, mis hijos y yo nos fuimos a vivir con mis padres. No había forma de que pudiera arreglármelas sola, tenía que trabajar y al mismo tiempo cuidar de los niños. En aquel momento, la mayor tenía tres años y el pequeño dos.
Después, pedí una hipoteca y empecé de cero. Al principio, solo saludaba a los vecinos, sin intentar hacer amistades.
Fue entonces cuando me crucé con Álvaro. Él tenía un hijo. A veces veía a mi vecino acompañado de una mujer, así que pensaba que estaba casado. A pesar de ello, me caía muy bien. Pero ahí terminaba todo, no pensaba ni en broma empezar una relación con alguien casado.
Un día, Álvaro me echó una mano arreglando el grifo de la cocina, y yo le invité a tomar un café. Charlando, descubrí que la mujer que frecuentaba era la niñera de su hijo, no su esposa. Me contó que no daba con una buena niñera, no había tenido suerte con ninguna. Su esposa había fallecido el año pasado y no contaba con familia que pudiera ayudarle. En ese momento se me pasó por la cabeza que podría casarme con él.
Comenzamos a vernos, a llamarnos por teléfono, y de vez en cuando dábamos paseos juntos con los niños. Un día, Álvaro se presentó en casa justo cuando mis padres estaban de visita.
Hola. ¿Podrías quedarte con mi hijo? Han cerrado la guardería por la cuarentena y tengo que irme unos días de viaje por trabajo. La niñera está enferma me pidió.
Claro, ningún problema le respondí.
Álvaro me dejó una bolsa llena de cosas, comida e instrucciones sobre los cuidados de su hijo. Dijo que llamaría para saber cómo iba todo, pero jamás pensé que llamaría cada media hora, pidiéndome un informe detallado. Qué le di de comer, qué ropa le puse, cuántos paseos dimos…
Cuando vino a recoger a su hijo, se indignó porque llevaba una camiseta roja, cuando según las instrucciones debía llevar una azul. En vez de agradecérmelo, solamente recibí reproches. Al irse, me preguntó:
Mañana también lo traigo, ¿te parece bien?
No le dije que no, aunque iba hasta arriba de trabajo. Pero un día acabé en el hospital. Álvaro llamó y, al no abrirle la puerta, me gritó por teléfono. Le expliqué que estaba ingresada, y se limitó a colgar.
Un tiempo después volvió a pedirme que cuidara de su hijo, pero esta vez rechacé, tenía que trabajar. Desde entonces, dejamos de hablar y de vernos. Cuando coincidimos en la entrada, solo cruzamos un saludo rápido. Yo pensaba que él sería mi hombre, y al final solo estaba utilizándome. Espero que algún día encuentre a ese hombre que sea mi mundo entero.







