Quiérete a ti mismo y todo irá sobre ruedas

Quiérete, y verás cómo todo mejora

Fuera está cayendo una de esas lluvias frías y el cielo está gris, más o menos como el ánimo de Carmen. Ella está sola en una casa enorme, donde no falta de nada pero sobra silencio. Aunque sigue casada con Javier, él otra vez se ha ido por la tarde a resolver unos asuntos, y Carmen bien sabe de qué asuntos se trata.

Su hijo y su hija ya volaron del nido hace tiempo. El chico está casado y vive en un barrio de las afueras de Salamanca con su familia. La niña vive lejos, cerca de Vigo; allí terminó la carrera, se casó con un gallego y ahora son uña y carne criando ya a una preciosa niña.

Hoy Carmen ha hablado por teléfono con su hija.

Mamá, ¿pero qué pasa que tienes esa voz triste? insistía Lucía. ¿Te ha ocurrido algo?

No, hija, de verdad que todo va bien ¿Y vosotros cómo estáis? ¿Cómo va mi princesa Claudia?

Aquí fenomenal, mamá, ya sabes, Ernesto con el hospital todo el día, que ya sabes tú lo que es ser cirujano, que nunca para, pero está feliz, le apasiona su trabajo. Claudia ya mismo empieza en la guardería, así que vamos viendo cómo crece.

Me alegro mucho, hija, ojalá todo os vaya siempre bien respondía Carmen en un tono cansado.

Mamá, no me convencen ni tu voz ni tu ánimo ¿Dónde está papá?

Papá habrá salido al garaje con el coche, que hace mucho frío y llueve a cántaros no quería preocupar más a la niña.

Y así sigue Carmen, medio año ya arrastrando su angustia y dudas, sin contárselo a nadie, ¿para qué? Algunos sentirían pena, y otros, seguro, se alegrarían de su desgracia. Recordaba un día de verano, en el jardín debajo de la ventana, mientras pisaba la tierra con las manos, escuchó desde la casa la voz de Javier, tan dulce y cariñosa, hablando alto. Él sabía que Carmen no estaba dentro, pero no la había visto fuera.

Vale, sol, pero hoy no puedo ir Yo también te echo de menos Te quiero Mañana prometo pasarme, ya sabes que si lo digo, lo hago

Carmen se encogió por dentro, una sensación de puñalada en el pecho. ¿Su Javier, en quien siempre confió sin una duda, resultaba ser igual que tantos hombres? Se le vinieron a la cabeza las palabras de su hermana, quien se quejaba de que su marido tenía a otra. A Carmen eso siempre le había parecido impensable, intolerable.

Y de repente era ella la que estaba en esa situación. Sentada al lado del seto, lloró sin consuelo.

Madre mía, ¿cómo me ha pasado esto a mí? Javier, en quien confiaba a ciegas Al final les puede el diablo ése a todos.

Javier tiene cuarenta y siete años. Le ha ido bastante bien en la vida. Carmen le quiso siempre, cuidó de sus hijos que ahora son independientes. Viven en una localidad cerca de Segovia, donde él tiene un negocio de harinas y piensos, y suministra a toda la zona.

Durante meses Carmen se lo guardó todo, tragando cada duda. Al final, fue enterándose poco a poco quién era esa otra mujer. Un día, mientras él dormía, se metió a escondidas en el móvil y acabó confirmando lo que sospechaba.

La otra era Teresa, una conocida lejana, prima de unos amigos suyos. Habían coincidido todos en más de una fiesta. Teresa vivía en el barrio del Ensanche, una zona de bloques altos. Tirando de hilos disimuladamente supo su dirección.

Nuestra prima Teresa no es que tenga muy buena fama le soltó un día Vera, una amiga. Guapa es, desde luego, y nunca se ha casado, los hombres la han malacostumbrado. Tiene treinta y cinco y ni pareja estable, ni niños ni nada. Ella misma me lo dijo, que le falta algo sólido en la vida y que ser madre sola no le hacía ilusión contaba Vera sin saber nada de Javier.

Carmen no dijo nada, aguantó el tipo con dignidad e hizo como si nada. Al llegar a casa, se desmoronó en lágrimas.

Es muy duro llevar esto sola

Pasaron más semanas, y hará dos meses Carmen no pudo más y fue a buscar a Teresa. Llamó a la puerta y al verla, Teresa se puso blanca. Sabía quién era la esposa. Carmen entró, se sentó en el sofá sin pedir permiso.

Hola soltó con voz cansada, mirando a Teresa a los ojos.

Teresa estaba nerviosísima, pensando igual que Carmen le iba a montar un numerito. Carmen se contuvo el enfado y soltó, con rabia pero serenidad:

¿No te da vergüenza acostarte con un hombre casado? Ya sabes que así sólo se hace daño, ni se gana felicidad ni nada bueno. Deberías buscarte a uno soltero, que hay muchos, no vivir del mal ajeno.

A Teresa se le saltaron las lágrimas de repente.

No sé qué me ha pasado, Carmen, pero estoy muy enamorada de Javier No puedo vivir sin él

Ahí Carmen perdió la compostura y le dio una bofetada. Teresa se llevó la mano a la mejilla, llorando.

Perdóname, Carmen, no sé qué se me ha cruzado lloriqueaba.

Y Carmen también rompió a llorar. Estuvieron así hasta calmarse. Ya más tranquila, Carmen avisó:

No le digas nada a Javier de mi visita. Pero si me entero de que sigues recibiéndolo, olvídate de mi paciencia le soltó y salió corriendo.

Teresa cumplió su palabra y no dijo nada al hombre. Carmen por su parte siguió guardándose todo. No sabe si Javier sigue yendo con Teresa aunque de vez en cuando desaparece más horas con la excusa del trabajo, y ella imagina dónde.

No sé qué hacer, de verdad. Mi marido lo es todo para mí, llevamos tantos años pegados que no me imagino la vida sin él. Si tuviéramos que separarnos, habría que repartirlo todo y yo no quiero. Que se quede todo así, como está suspira mientras mira la lluvia en la ventana, ya de noche.

¿Y si me deja esta casa enorme, qué haría yo sola aquí? El hogar siempre necesita trabajo; Javier no deja de arreglar, clavar, aserrar, siempre hay algo que mantener. Me da miedo quedarme sin nada Y a los hijos, ¿cómo les digo que su padre está con otra, más joven? Eso sería un trauma para ellos.

Carmen guarda su cruz porque sabe que si lo cuenta, muchos le dirán que se respete, que se separe, que se cuide. Que hay que quererse.

Igual tienen razón piensa, pero yo quiero a mi marido. Espero que él aún me quiera. Quizá esto le dure poco y entre en razón. Y la verdad, conmigo sigue igual; habla conmigo como siempre, no hay malos rollos, todo sigue como antes. Igual es cierto que hay que quererse un poco más a una misma, y lo demás llegará

A Carmen se le hace cuesta arriba todo desde que sabe lo de Teresa. A veces ve a Javier y le cuesta mirarlo igual, fingir que nada pasa. Teresa no sale de su cabeza, tan joven y guapa Y hasta se sorprende pensando que, aunque suene raro, ha asumido que su marido se ha acostado con otra.

¿Dónde estará ahora? Dijo que tenía trabajo, y seguro que donde yo pienso…

Y entonces se pregunta si acaso debería ella también buscarse algo fuera. Que bien que sigo estando guapa, que me dicen piropos Pero ni loca lo haría, no me veo con otro hombre. Mi Javier es el mejor, solo que cómo volverlo a casa, cómo hacer que todo sea como antes. Igual se lo perdonaría, aunque cueste, porque a los hombres esas cosas se les cruzan de otra manera O eso creo, que nunca se sabe lo que pasa en sus cabezas.

Carmen sonríe, pensando en los años jóvenes.

Fíjate, ahí sí que éramos felices, aunque no tuviéramos un duro. Compartiendo cuartos en pisos de estudiantes, mirando y remirando las pesetas para comprar la cena, y en vez de cenar bien, tirábamos pal cine a ver pelis. Parece hace siglos. Ahora ya no falta de nada, pero sobra soledad. Ni siquiera puedo contárselo a nadie, ni me apetece desnudar mi alma.

Javier decide darle una sorpresa

Carmen estaba perdida en sus pensamientos cuando vio entrar el coche de Javier en el patio, luces encendidas, detuvo el motor. Bajó, guardó el coche en el garaje y por fin entró en casa.

¡Carmeeen! ¿Estás ahí? ¿Qué haces a oscuras? asomó por la cocina y encendió la luz. Ella ni se había dado cuenta de que hacía rato ya no se veía nada.

Aquí estoy contestó bajito. Me he quedado pensando, y menudo día de perros fuera

Ni lo digas, las carreteras están que da miedo, casi ni llego, todo blanco. Qué hambre traigo, anda, ponme algo pidió él con su voz de siempre.

Carmen se levantó a preparar la mesa y Javier se fue a lavarse las manos. En la cena él la miró y sonrió.

Mira, Carmen, que pronto estamos en Nochevieja. Y he pensado en prepararte una sorpresa.

Carmen se puso tensa. Últimamente no estaba para sorpresas.

¿Y qué sorpresa es esa? preguntó, casi conteniendo el aire.

Javier no decía nada, la miraba sabiendo que ella estaba expectante.

Ay, mujer, hace siglos que no nos vamos a ningún sitio los dos. Un segundo se levantó y fue al recibidor, volvió enseguida. Mira, he comprado dos billetes para que pasemos la Nochevieja en Canarias, en la playa. Así, debajo de las palmeras y le sonrió con esa sonrisa tan suya.

Carmen respiró aliviada, como si se le quitara un peso del alma, y contestó, aún sin creérselo del todo.

¡Madre mía, Javier! Nunca cambiarás, siempre igual. Pues encantada, aunque sea ahora mismo. ¡Me hace hasta ilusión! Fíjate, en pleno invierno, en la playa Qué raro suena dijo riendo.

Sí, la idea fue de nuestro hijo, pero ya lo tenía en mente hace tiempo, que te mereces salir, cambiar de aires. Así que ve preparando las maletas

A partir de ahí todo empezó a ir mejor. Viajaron a Canarias, celebraron la Nochevieja allí, descansaron y volvieron contentos a casa. Carmen notó que Javier cada vez estaba más pendiente de ella, llegaba más pronto a casa y, si tenía que tardar, siempre le llamaba para avisar y que no se preocupara. La vida sigue y ella ahora confía más en él.

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