Hace muchos años, cuando aún era joven y el mundo parecía más sencillo, mi abuelo fue la persona más cercana que tuve. Él prácticamente me crió durante las largas jornadas en que mis padres trabajaban en Madrid. En sus últimos meses de vida, sufrió mucho pues sus pulmones no le daban tregua. Fue el único al que podía contarle las preocupaciones más profundas, como, por ejemplo, que había pedido prestados euros a un antiguo compañero del colegio para comprar un coche. No logré saldar la deuda a tiempo y aquel amigo se volvió agresivo.
Primero me llamaba insistentemente, luego me amenazó con contárselo a mi familia, después dijo que me arrepentiría, y al final alguien rompió los espejos de mi recién adquirido coche. Sospechaba de aquel compañero, de verdad quería devolverle el dinero, pero el banco me negó el préstamo. Mis padres tampoco disponían de esa cantidad, y yo temía confesarle a mi abuelo, tanto por su delicada salud como por la vergüenza.
Y entonces sucedió la desgracia: mi abuelo se fue, y el funeral costó una buena suma de euros.
Al tercer día, tras el torbellino de la despedida, el luto y todos los pagos, mi abuelo vino a mí en sueños. Estaba sentado en mi habitación en la casa de mis padres, en la cama, como si intentara mirar debajo. Debo admitir que al despertar me quedé en estado de shock y bastante asustado; era el alba, y las sombras de la ventana dibujaban siluetas extrañas. Sentí un miedo real.
Durante el día conseguí dejar de pensar en ese sueño, pero la noche siguiente mi abuelo volvió a visitarme en sueños. Se encontraba de pie junto a la cama, con la mano en la misma zona. Al despertar, decidí averiguar qué buscaba. Pensé que era una tontería, pero quizás mi abuelo intentaba darme una señal desde el otro lado.
Metí la cabeza bajo la cama y me tumbé en el suelo con una linterna. La cama es vieja, de madera; mi abuelo la reparó varias veces, clavando aquí y allá. Mirando con detenimiento, vi un trozo de tela. Me senté, corrí el colchón para asegurarme de que no era parte de él ni de la sábana, y luego agarré unos alicates para sacar los clavos que no me dejaban llegar a la tela. Resultó ser el antiguo pañuelo de mi abuela, ese que llevaba a menudo. Dentro del fardo había anillos, pendientes y pulseras; plata y oro.
Mi abuelo debió ocultarlo durante años, y al final decidió regalármelo.
Gracias a sus indicaciones pude saldar la deuda, ahorrar algo para el futuro y también entregar parte a mis padres. Cuando le conté a mi madre que lo había soñado, ella no creyó que fuese un signo del cielo.
Tuviste que ver que el abuelo escondía algo, y tu imaginación inventó el fantasma me dijo.
Yo no lo creo. Sé que mi abuelo vino a ayudarme.







