Te cuento, mi madre decidió tener hijos más tarde de lo habitual. No fue hasta los 35 años cuando tuvo a su primera hija, que soy yo. Cuatro años después, volvió a quedarse embarazada y esta vez, ¡de trillizos! Los médicos estaban bastante preocupados, porque no es nada fácil dar a luz a tres bebés a esa edad, pero mi madre salió adelante y lo consiguió. Imagínate, con 40 años tenía cuatro hijos, tres de ellos todavía bebés. Obviamente, la cosa no fue sencilla, pero mi madre nunca se rindió y jamás delegó la responsabilidad en nadie; ella misma nos cuidaba a todos.
Un día, mi padre volvió de trabajar y le propuso a mi madre vender nuestro piso en Madrid, juntar esos euros con los ahorros y comprar una casa más cómoda para la familia. Mi madre aceptó, y esa misma noche firmó todos los papeles para la venta. Pero al día siguiente, mi padre ya no estaba; tampoco quedaba rastro de sus cosas. Después mi madre descubrió que, cansado de vivir con su mujer mayor y cuatro hijos, se había ido a vivir con su amante. No pudimos quedarnos en el piso; tuvimos que mudarnos a un apartamento de una sola habitación en Chamberí, heredado de la abuela. El lugar era antiguo y bastante estrecho, y aunque no vivíamos precisamente bien, era lo que había.
Un día, mientras los trillizos jugaban en el parque de arena, un hombre se sentó en un banco, se presentó y empezó a hablar con mi madre, Catalina. Al cabo de unos días, volvió a ocurrir, y poco a poco comenzó a invitarnos al Retiro, nos regalaba helados a todos y no paraba de lanzarle elogios a mi madre. Así pasó casi un año, hasta que se casaron. Aunque mi madre tenía ya cuatro hijos, él quiso compartir su vida con nosotros y se convirtió en nuestro padre, no de sangre, pero sí el más querido y el mejor que podríamos tener.







