Te cuento, sinceramente nunca consideré mi infancia como el mejor momento o un tiempo sin preocupaciones. Siempre he sido más reservada, y crecer rodeada de muchos niños me resultaba súper incómodo. Yo estaba acostumbrada a vivir con mi madre y mi abuela. Mi abuela falleció cuando tenía seis años, y mi madre lo pasó fatal para mantenernos; encima se enfermó. Ya por entonces, intentó contactar a mi padre biológico para ver si podía quedarse conmigo. Él ya tenía una nueva familia, otros hijosde esos que siempre decían que eran mejores que yo, imagínate. No quiso saber nada de mí y al final terminé en un centro de acogida cuando la enfermedad de mi madre pudo con ella.
Siempre culpé a mi padre por todo esto. Si no nos hubiese abandonado, la vida habría sido otra historia. Mamá estaría feliz, yo también, y todavía tendría a alguien. Pero así me quedé sola.
Cuando salí del centro de acogida, la adaptación a la vida fue bastante complicada. Sentía que ser huérfana no caía bien, que la gente me miraba raro. Hubo personas que no querían ser amigas mías cuando se enteraban de dónde había crecido, y a veces ni siquiera me daban trabajo por ese motivo. Me tocó esforzarme un montón y estudiar para poder entrar en Derecho en la universidad. Luego quise empezar a practicar y mi mentor me asignó un caso pequeño para que probara. Una mujer se divorciaba de su marido y quería conseguir bastante para sus hijos.
Mi jefe me dijo que me lo tomara tranquila, pero cuando vi el apellido del demandado, y después miré los expedientes y descubrí que era mi propio padre, ya no podía no preocuparme. Tanto tiempo buscándole, y de repente apareció de la forma más inesperada, en mi primer caso.
La pobre mujer y sus hijos sufrían mucho por culpa de mi padre. Era un borracho y encima abusaba bastante. Vendió todo el oro de su segunda esposa y amenazó con hipotecar el piso si no le conseguía un montón de euros. Ahora ella temía que, tras el divorcio, mi padre se llevara parte del patrimonio, incluida la casa.
No te imaginas lo que fue preparar ese caso y luego, en el juzgado, destrozar legalmente a mi propio padre, que ya había fracasado dos veces como marido. El primer caso que ganas se recuerda siempre, se siente una alegría enorme, pero cuando es alguien así, esa sensación se multiplica muchísimo.
Creo que mi padre ni siquiera me reconoció. Qué rabia, porque quería que él mismo se diera cuenta. Pero bueno, espero que haya recibido lo que merece, no solo por mí y por mi madre, sino también por su nueva familia. Al final, cada uno debe recibir lo que le toca, sobre todo cuando su egoísmo destroza vidas ajenas.







