Un lobo apareció en el patio y no podía comer. Cuando la mujer se fijó en su cuello, exclamó sorprendida: «¿Quién te ha hecho esto?»

En una aldea recóndita, abrazada por los pinares de la Sierra de Gredos, apareció de forma insólita un lobo solitario. Joven, fuerte, sin duda salvaje, aunque curiosamente atraído no hacia el monte, sino hacia la gente y los perros de los corrales. No merodeaba por las noches ni atacaba aves ni mostraba furia. Sencillamente llegaba, se sentaba cerca y miraba atento y largamente, con una mirada tan humana que parecía suplicar por ser entendido.

Lo que más le llamaba era Lulita, una perra mestiza y de aspecto vulgar, fiel compañera de Clara. Los vecinos bromeaban y le pusieron a la joven el mote de la novia del lobo, aunque para ella no tenía la menor gracia. Una mañana al alba, saliendo a recoger agua del pozo, Clara sorprendió al lobo tendido junto a la caseta de la perra. Sus ojos rezumaban una tristeza tan honda que a uno le asaltaba el alma: no había fiereza en él solo desamparo.

¿Qué podía haberle sucedido a aquel extraño animal para regresar una y otra vez exactamente a su patio?

En un principio, los rumores sobre el lobo estaban cargados de inquietud, pero con el tiempo el miedo se disipó. No tocaba al ganado ni se abalanzaba sobre la gente; únicamente rondaba los márgenes, acercándose con cautela a las hembras. Se mantenía alejado de los machos, pero a las perras se arrimaba persistente, como si estuviese desesperado por encontrar compañía. Así fueron a dar sus pasos hasta la casa de Clara.

Lulita jamás le gruñó; más bien movía el rabo con regocijo. El lobo alternaba entre mirarla a ella y clavarle un ojo largo a la ventana de la casa, como aguardando algún permiso. Clara podía reírse con los chascarrillos del pueblo, pero intuía que detrás de ese comportamiento del lobo había una historia mayor.

Una mañana, habiendo perdido el lobo el temor incluso al estrépito de los cubos de agua, Clara reparó en una señal oscura en su cuello. ¿Un cinturón? ¿O tal vez un collar de perro…? La idea de que un animal así llevase ese objeto la desconcertó. El lobo más pronto desapareció, pero con ello no terminó la desazón.

Esa tarde, Clara decidió llevar un poco de carne al huerto y entonces lo vio claro. El lobo no comía: simplemente lamía los pedazos y forcejeaba en vano por masticarlos. Era evidente: la boca apenas podía abrirla. El miedo dio paso a pesar; un depredador incapacitado para comer no era un peligro.

Día tras día, picó la carne más menuda y se fue acercando, hablándole con suavidad, como a un niño asustado. Y llegó un momento en que su mano logró rozarle la cabeza.

Notó bajo el pelaje un viejo collar de cuero, incrustado ya en la carne, cruel recordatorio de la brutalidad humana. Clara tomó aire, sacó una navaja, palpó la hebilla y cortó la correa de un tajo. El lobo se revolvió, dio un salto y salió pitando hacia el bosque.

A la mañana siguiente, Clara llevó el collar hasta la tienda del pueblo. Los hombres lo reconocieron al instante: años atrás se les había escapado un lobo joven de un criadero cercano a Piedrahíta. El mismísimo. Se debatió largo y tendido sobre el asunto, pero a Clara solo le importaba una cosa: ahora, aquel animal por fin podía respirar con libertad.

Y volvió. Ya comía sin problema y cada día se le veía más fuerte. Una tarde, después de hartarse, simplemente se acercó y apoyó la cabeza con dulzura sobre sus rodillas.

Pero la verdadera sorpresa vendría después. Lulita tuvo una camada: cuatro lobeznos y un cachorro negro. En el pueblo se quedaron boquiabiertos: el lobo había encontrado tiempo de sobra.

El lobo venía a visitarlos, traía comida, olisqueaba y lamía con cautela a los pequeños. Clara los espiaba del otro lado del cristal y comprendía: él había formado, con su casa, una manada.

Cierta vez se presentó allí un hombre rudo, el dueño del antiguo criadero. Exigía que le devolviesen al lobo, quiso comprar a los cachorros, y ante la negativa, lanzó amenazas. Entonces ocurrió algo de lo que el pueblo hablaría durante años.

El lobo, de un salto ágil, cruzó la valla, tiró al hombre al suelo y se interpuso entre él, la mujer y los cachorros. El tipo se largó despavorido, y Clara supo con certeza que aquel lobo era el que un día huyó de las manos humanas.

Los cachorros fueron creciendo y al fin siguieron a su padre. Años después, los monteros comentaban haber visto lobos negros por la zona de Gredos. Clara solo sonreía eran los nietos de Lulita.

El lobo en sí regresó todavía varias veces a su casa. Pero, como solía decir ella, esa ya es otra historia.

Hay veces en que la confianza nace donde menos lo imaginas entre el hombre y lo salvaje. Clara no tuvo miedo de mostrar compasión, y el lobo la recompensó a su modo: con protección y lealtad.

Así, el lobo errante halló su manada y la mujer, una historia para demostrar que la bondad nunca se pierde.

¿Y tú qué crees, pueden los animales salvajes recordar el bien que se les hace y devolverlo?

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Mamá querida