Me encontraba cerca de la caja, observando cómo los productos se deslizan por la cinta como peces nadando en un río de luces brillantes. La cajera, con manos ágilmente danzantes, pasaba los artículos cuando, de pronto, una clienta dejó de lado su móvil que utilizaba como si fuera una brújula en un mar de compras alzó la vista y fijó la mirada en el carrito. Un grito rompió el aire, como si la voz brotara de un sueño extraño:
¿Pero dice usted que esto no es suyo? ¿Y que este carrito ni siquiera le pertenece? preguntó la cajera con una expresión como de haber visto un fantasma en Salamanca.
Por supuesto que no es mío. Yo cogí chorizo caro, queso manchego, almejas frescas. Y aquí ni se sabe qué hay. Esto no lo elegí yo, ¡¿dónde están mis compras?! sus cabellos oscilaban como las olas de la costa gallega, y todo su gesto era la encarnación del descontento.
Después, la mujer miró a su pareja, que trataba de desvanecerse entre las sombras, fingiendo que nada tenía que ver con la escena. Incluso se le notaba cierta ruborización, como si el sol de Sevilla le quemara las mejillas.
¡Máximo! ¡Anda, busca nuestras cosas! ¡Quieren obligarme a llevar esta porquería que no es mía! protestaba la mujer, cargada de acusaciones, como si el aire supiera sus penas.
La fila se sumergía en la quietud, escuchando atónitos los gritos que navegaban por el supermercado surrealista.
No hay que buscar nada. Ahí están nuestras cosas. Esos productos son nuestros dijo el compañero, un hombre que ni por tamaño ni por carácter destacaba.
¿Tú estás bien de la cabeza? ¿Cómo va a ser nuestro eso? ¿Has perdido el sentido? ¡Ve y encuentra lo nuestro! la mujer, llamada Maribel, persistía como una lluvia que nunca cesa.
Pero Máximo no se movió. Era como una estatua de algún viejo héroe olvidado.
En realidad, todo sucedía así: Maribel metía en el carrito los alimentos más exquisitos y caros, y Máximo, al ver aquellos precios en euros relucientes, contemplaba las etiquetas como si fueran criaturas extrañas, y cambiaba los productos costosos por los más humildes, más castizos.
Maribel, ocupada entre compras y llamadas, no notaba el trueque. Cuando llegaron a la caja, la mercancía era un espejismo inesperado.
¿Pero qué haces ahí plantado? Ve a buscar nuestras cosas no cejaba la mujer, como si hablara con duendes traviesos.
Cariño, no hay razón para enfadarse. He cambiado la compra. ¿Para qué pagar de más por chorizo y quesos? Los dulces son iguales, y en vez de gambas hay almejas aunque sean pequeñas. Fue idea tuya aquello de ahorrar, ¿no? replicó Máximo, un poco alterado, como si la voz saliera de una caverna de sueños.
Ay, sinvergüenza, ¿cómo me haces esto? ¿De qué ahorro hablas? ¡Yo no pienso ahorrar en salud! ¡Cómete tú esa cosa pasada! ¡Y los chorizos baratos también! dijo Maribel, agarrando un trozo de queso manchego y lanzándolo al hombre.
Máximo esquivó con la gracia de un bailarín, y el queso, como una luna de oro, acabó impactando contra otro cliente, arriesgando despertar carcajadas que apenas se contenían en el ambiente.
Al final, los productos, uno a uno, retornaron al carrito, como si el supermercado fuera un escenario de guiñoles. Maribel se armó de un nuevo carrito y regresó a los pasillos, marchando tras Máximo, que caminaba como un peregrino hacia la plaza mayor. Sabía, en el fondo de su ser, que el verdadero diálogo sucedería en casa, quizá en una sobremesa de sueños y reproches, entre tazas de café y el eco de la compra surrealista.






