Estoy completamente de acuerdo con mi madre: mi padre nunca fue un modelo a seguir, ni era una persona especialmente buena ni sensible. Era un borracho, y entiendo perfectamente por qué ella decidió separarse de él. Lo que nunca he entendido es cómo pudo dejarme a su cargo cuando yo apenas tenía ocho años. Ni siquiera podía cuidarse a sí mismo; mucho menos a un niño. Mi infancia, que hasta entonces había sido bastante feliz junto a él, pronto se transformó en una pesadilla. Mi madre nunca supo que, cada noche, yo rezaba en silencio para hacerme mayor y escapar de la casa de mi padre.
Recuerdo la dicha que sentí aquel día en que me mudé a una residencia de estudiantes en Valladolid, lejos de la constante borrachera de mi padre, sus sermones y sus sabios consejos. Empezó entonces mi vida independiente, con nuevas experiencias y sin la sombra de su presencia.
Más adelante, mi vida adulta tampoco resultó sencilla. Tuve altibajos, problemas y algunos desacuerdos con mi mujer también. Si discutíamos de verdad, era por nuestras diferencias de carácter. Ella prefería una cosa, yo otra; y respecto a nuestra hija, cada cual quería algo distinto para ella. Así, de vez en cuando, surgían peleas. Tras una discusión particularmente intensa, mi esposa salió a pasear y a calmarse junto a nuestra hija, y yo me inquieté cuando oí que alguien llamaba al timbre.
En el umbral apareció mi madre. Al principio, ni siquiera la reconocí. Me dijo que estaba pasando por un momento difícil y necesitaba un sitio donde quedarse.
Me quieren echar por no pagar la renta. Dan golpes en las ventanas, no me dejan dormir. Me quedaré aquí unos días, ¿vale?
Nunca lo habría permitido con mi padre, y mucho menos con una mujer a la que apenas había visto en años, salvo por su perfil de Facebook.
¿Como has conseguido mi dirección? Debes marcharte.
Tu padre me la dio. Sigue siendo un imbécil, te lo contaré todo
No me quedó más remedio que dejarla entrar; no quería que todos los vecinos oyeran su deuda y lo de mi padre en la escalera.
Así que mi madre se quedó primero unos días, luego unas semanas. Sorprendentemente, enseguida se entendió con mi esposa y ambas comenzaron a criticarme. Pensé que era por ser mujeres y tener ideas parecidas, pero un día escuché a escondidas cómo mi madre hablaba de mí, creyendo que yo había salido a fumar. Decía que soy igual que mi padre: seguro que bebo, y de viejo seré insoportable. Y me angustia pensar que, por culpa de los comentarios de mi madre, mi esposa pueda decidir marcharse.
Pregunto a mi madre cuándo se irá, pero mi esposa y mi hija siempre están de su parte. Hay gente que disfruta con la presencia de una abuela en casa, otros niños se alegran de que les cuenten cuentos, pero yo nunca estoy tranquilo. Siento que quieren echarme de mi propio hogar. ¿He hecho algo mal, de qué me acusa? ¿O acaso es una venganza por lo que hizo mi padre?







