Siempre me he considerado una persona generosa y nunca he sido codiciosa. Si me ha sobrado algo que podía ayudar a alguien necesitado, siempre lo he entregado sin pensarlo dos veces, porque a veces hay que compartir, como bien dice el Evangelio.
Por eso, hace unos días, decidí regalar una chaqueta que apenas había usado. Pensé que tal vez alguien la necesitaría para el invierno y que no tenía sentido que estuviera ocupando sitio en mi armario. La compré por un precio razonable en una tienda de Madrid, pero apenas me la puse.
Total, colgué un anuncio en un grupo online bien conocido. No tardó en escribirme una mujer en un mensaje privado, y quedé con ella sobre las nueve de la noche para entregarle la prenda.
Cuál fue mi sorpresa cuando, a las doce de la noche, sonó el telefonillo de mi piso. ¿Quién es? pregunté. Habíamos quedado para la chaqueta me respondió ella desde la puerta. Pero quedamos a las nueve, y ahora es medianoche. ¿No crees que la gente está durmiendo a estas horas? le dije. Mejor vente mañana.
No, no. La quiero hoy insistió ella, con voz seca.
Estuve a punto de echarla, pero por alguna razón terminé bajando la chaqueta. Pensé que haciendo un favor no iba a pasar nada, aunque me molestaba el tono. Al dársela, me soltó: No, no pienso probármela en la calle. Antes de llevármela, quiero vérmela puesta.
Y yo, en mi interior, pensé: Si es gratis, ¿qué más da?. ¿Dónde quieres probártela, en el portal? le pregunté. Por lo menos invítame a tu casa. Tengo a mis hijos dormidos le contesté. Bueno, entonces me la pruebo en el ascensor.
Me miró por encima del hombro, cogió la chaqueta casi de mala gana y se marchó sin decir ni un gracias.
A pesar de todo, cumplí mi palabra y le dí la chaqueta. Pero semejante falta de educación yo no la había visto nunca. Me dije a mí misma que no volvería a regalar nada. La gente, simplemente, no valora estos gestos.






