Hierbabuena Salvaje y Miel Amarga

MENTA SILVESTRE Y MIEL AMARGA
En el pequeño pueblo de Valdeluz sabían bien: cuando en el aire flotaba un aroma a menta silvestre, era señal de que Almudena cobraba fuerza. Y si un regusto a miel amarga se deslizaba por los labios, era mejor prepararse; podría venir el desastre o el amor, que tantas veces son la misma cosa.
Almudena no era la bruja de un cuento antiguo. Era joven, con unos ojos grises como tormenta y las manos perfumadas a tierra y campo húmedo. En el valle la llamaban la guiada, capaz de sentir cómo respiran los encinares y cómo gime la tierra bajo el peso de las penas humanas.
Fue a la hora del crepúsculo, cuando la neblina se agarraba al porche como un gato salvaje, que Francisco llegó hasta la casita de piedra vieja. Se notaba en él que no era de la zona; olía a buen tabaco y a esa fe en sí mismo que en Valdeluz se disolvía como el azúcar en el café de puchero.
Dicen que puedes traerla de vuelta murmuró, sin alzar su mirada hacia ella. Se fue hace una semana. Simplemente… se apagó.
Almudena sonrió, removiendo una olla de hierro donde cocía algo oscuro y antiguo.
Apagarse no es morir, Francisco. Es tener voluntad. Y yo la voluntad no la quiebro.
Te pago lo que pidas. Lo que sea dijo él tenso, como si se le fuera a escapar el alma por la boca.
Almudena se acercó, y una oleada de frescor a menta silvestre llenó el aire helado.
El precio en magia siempre es el mismo susurró. Parte de tu alma será mía. ¿Te arriesgas a quedarte vacío por alguien que no te ama?
Le acercó una taza de barro. Francisco esperaba cualquier cosa: sueños turbios, dolores, visiones. Pero lo único que notó fue el sabor pegajoso y denso a miel amarga, que se le pegó a la lengua y la garganta, y con la miel vino la verdad.
De pronto, Francisco no vio a la mujer que se marchó, sino a sí mismo, a través de sus ojos. Vio su ansia, su empeño en poseerla como un objeto, su sordera a las súplicas. Lo que hacía Almudena no era devolver personas: era arrancar disfraces y poner espejos.
¿Eso es lo que tú llamas amar? la voz de la bruja tronó en su cabeza. Son migajas amargas, como miel sin madurar. ¿La quieres de vuelta para seguir marcando tu territorio?
Francisco cayó de rodillas. La casita fue cediendo y, de repente, estaba en medio de un prado nocturno. La hierba le azotaba el rostro y sobre su cabeza revoloteaban los espíritus del monte.
Almudena permanecía delante, el pelo serpenteando como hiedra y una ristra de menta ardiendo entre los dedos.
Puedo atarla a ti con un nudo que ni la muerte desharía le advirtió, grave. Pero si lo hago, sus ojos serán para siempre los de una muerta. O puedes absorber tú toda la amargura y dejarla ir.
Fue en ese momento cuando Francisco vio a la verdadera Almudena. No una bruja temible, sino un ser solo y antiguo, que cargaba el peso recio de las pasiones ajenas. Sintió su tristeza; tan punzante como el aroma de la menta en pleno invierno.
Déjala ir susurró, y al decirlo la pesadumbre sobre su pecho, que le oprimía desde hacía meses, se deshizo como niebla al sol.
Almudena se quedó muy quieta. Sus dedos, teñidos por el verdor de las hierbas, temblaron. Estaba acostumbrada a la codicia, al ruego y al llanto egoísta. Pero a alguien que renunciara… eso era raro en aquellas paredes.
El mundo giró un instante. El cuarto se llenó de la fragancia espesa de la menta silvestre. Francisco alzó la cabeza y, por primera vez, no vio a la bruja, sino a la mujer: bellísima en su fuerza y dulcemente sola en su sabiduría.
Has devuelto lo que no era tuyo susurró Almudena, tan cerca que pudo sentir el calor de su piel. Y ahora tu copa está vacía. ¿Con qué la llenarás, viajero?
No respondió. Rozó su mejilla esperando un latigazo frío o ardiente, pero encontró solamente la suavidad de una piel viva. En aquel instante, la magia dejó de ser conjuro y se hizo electricidad latiendo en la sangre.
La apretó contra sí y el beso supo a vida misma: la frescura helada de la menta y esa densidad amarga de la miel de encinares. No era un hechizo; era el reconocimiento de dos almas que se habían perdido entre los claroscuros de la realidad.
Aquella noche, en Valdeluz algo imposible sucedió: sobre la casa de Almudena el cielo no sólo resplandecía, ardía en tonos lilas y violetas; y del bosque llegó un canto antiguo que nadie había oído en generaciones.
Por la mañana la casita estaba vacía. Sólo quedó una taza de barro con una gota de miel ámbar, brillante como el sol de agosto, pero sin amargura.
Eso era señal de que el alma de Francisco había sanado.
Cuentan que nunca volvió a la ciudad. Ahora, en las sendas del monte que rodea Valdeluz, ha aparecido una nueva huella: junto a la delicada pisada de mujer siempre va ahora una zancada grande de hombre. No levantan casas ni buscan compañía de humanos.
Pero si algún caminante se pierde y nota en el aire helado el olor a menta recién cortada, sabe que están cerca. Dos que eligieron no poseer sino amar, al margen de normas de hombres y duendes.
El bosque no los trató como extraños, sino como suyos. Aquella noche los árboles se apartaron, dejando libre un sendero cuajado de escarcha plateada, aunque fuese pleno agosto.
Francisco la seguía sin sentir cansancio. Su ropa de ciudad era ahora una coraza ridícula que se moría por quitar. Almudena se detuvo en la orilla del río.
Sabes que no hay retorno le dijo, ya sin frialdad en la voz. Allí eras un hombre con nombre y pasado. Aquí eres puro aliento y voluntad.
Francisco se acercó. El aroma a menta silvestre no venía ya de sus manos, sino del propio suelo bajo sus pies.
Mi pasado era más amargo que esa miel, Almudena le respondió, acariciando su melena donde titilaban las luciérnagas. Buscaba tener poder sobre alguien y encontré libertad en ti.
Ella tomó sus manos. Almudena sacó de una grieta del vestido un pequeño cuchillo hecho de cuerno.
No pronunció conjuros. Sólo apretó su palma contra la de él y en ambas hizo un corte leve. La sangre se mezcló: roja y brillante bajo la luna.
Desde ahora, en tus venas corre ya sabia de esta tierra y en las mías, tu ternura humana le susurró.
Y en ese instante Francisco lo sintió TODO.
Sintió el musgo extendiéndose bajo las encinas, el agua fluyendo bajo la tierra, y el ansia feroz y silenciosa con que Almudena aguardaba a alguien que no temiese la fuerza de su alma.
Cuando la luz del alba tocó la charca, ya no quedaba nadie. Sólo dos marcas, apenas pisadas, sobre el musgo; olían a miel y a hierba recién segada.
Mayores y niños los cuentan ahora como leyenda: los que cruzaron más allá del lindero. En los días abrasadores, cuando hasta el aire vibra con el calor, dicen que puede verse a un hombre de camisa de lino recogiendo plantas para la mujer de ojos de tormenta. Ya no envejecen, ni mendigan, ni regresan.
Simplemente existen. Como el aroma de menta justo antes del primer trueno de verano…

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