Te amaré para siempre.

Te querré siempre.

Clara apenas logró llegar a casa, apoyándose en las paredes del portal mientras subía las escaleras. El vértigo era tal que ante sus ojos bailaban manchas oscuras. Rebuscaba nerviosa en el bolso los llaves, maldiciéndose en silencio por dejarse llevar por el pánico en la consulta médica. ¿Pero cómo evitarlo?

La doctora Martínez, dejando las imágenes de la resonancia sobre la mesa, había hablado con una serenidad casi fría:
Clara Moreno, la situación es grave. Es un aneurisma. La pared del vaso está tan fina como un hilo. Imagínate un globo que puede estallar en cualquier momento. Cualquier disgusto, cualquier presión… Hay que operar con urgencia. Esperar la plaza por la Seguridad Social es jugarse la vida. No sabemos si hay tiempo.

¿Y… y si lo hago por privado? logró decir Clara, aferrada al asa del bolso con las manos sudorosas.

La doctora pronunció la cantidad. Era una sentencia. Clara ni en sueños disponía de ese dinero. Pobre desde que murió su madre, deudas, un salario minúsculo de bibliotecaria… Podría vender un riñón, pero ni así conseguiría tanto.

Espere la llamada para la plaza dijo amablemente la doctora. Y procure no alterarse. Reposo absoluto.

«¿Reposo?», Clara quería gritar. Pero solo asintió y salió, sintiendo que las piernas le fallaban.

Ahora, apoyada en la puerta de la casa de su tío Tomás, intentaba recobrar el aliento. Ese piso era su herencia. El tío Tomás, eterno solitario y excéntrico, hermano de su padre, le había dejado tras su silencioso fallecimiento este piso antiguo y atiborrado de trastos. Para cualquiera, un tesoro de antigüedades. Para ella, otro problema más.

«Tengo que poner orden», pensó mientras vagaba entre montones de cosas. «Vender algo, tal vez el aparador viejo, el buffet… Reunir aunque sea lo justo para la primera entrada en la clínica.»

Solo pensar en quedarse sentada esperando a que «el globo explote» la volvía loca. Necesitaba hacer algo, lo que fuera, para distraerse.

Comenzó por el escritorio del salón. Robusto, de roble, repleto de cajones hasta los topes de papeles. Cogió una bolsa de basura y se puso manos a la obra. Facturas de los noventa, al saco. Recibos antiguos, al saco. Garantías de electrodomésticos que ni existían ya, al saco.

Todo lo hacía de manera mecanizada, sin pensar, solo moviéndose. Poco a poco el dolor de cabeza aflojaba. En el cajón más hondo, bajo una pila de periódicos amarillentos de El País, sus dedos toparon con algo duro. Clara sacó una carpeta vieja de cartón con las esquinas gastadas, cerrada con unas cintas desteñidas.

La curiosidad pudo más que la apatía. Desató las cintas y dentro halló una pila de cartas cuidadosamente dobladas. No había sobres, solo papeles escritos de lado a lado. La letra era firme, de hombre, reconocible: la de su tío Tomás.

Tomó la hoja superior.

«Querida Elvira:
Ya hace tres meses que te fuiste. No puedo acostumbrarme a tu ausencia. Hoy estuve en la universidad y todo me recordaba a ti. Vacío. Fui un orgulloso, un crío inmaduro. No debí dejarte marchar tras aquella pelea. No sé dónde estás. Tu vecina solo dijo que os marchasteis, y nada más. Te escribo, aunque no tengo a dónde enviar esto. Es lo único que me mantiene en pie.
Tu Tomás.»

Clara se quedó inmóvil. Siempre vio a su tío Tomás como un tipo seco, distante del mundo. Pero aquí… había tanto dolor, tanta ternura. Cogió la siguiente carta. Y otra más. Todas eran del mismo año, 1972. La historia se repetía: un encuentro, un amor, una discusión absurda (él no quiso pedir la mano a los padres de ella, temió el compromiso) y la marcha de Elvira y su familia a un lugar desconocido. Sin dirección a la que escribir, su tío escribía cartas por escribir, jurando amor eterno.

«Elvira, te buscaré. Si no te encuentro, solo te amaré a ti. Siempre.»

Por lo visto, cumplió su palabra. Un viejo soltero, muerte en soledad.

Las lágrimas recorrieron las mejillas de Clara. Sentía un dolor enorme por ese hombre. De esa pena nació una idea obstinada, casi loca. ¿Y si seguía viva? Tenía que encontrarla. Decirle que no la habían olvidado, que la amaron.

Por fin tenía una meta, una urgencia que hacía desaparecer el miedo propio. Un error antiguo podía quizá remediarse.

Empezó a pensar con rapidez. Sin dirección, sin apellido. Repasó de nuevo las cartas. En una encontró una pista: «¿Recuerdas cómo paseábamos por el parque junto al Palacio de las Infantas? Siempre te reías de esos leones de piedra que custodian la entrada de tu casa en la calle Velázquez».

Calle Velázquez, Palacio de las Infantas. Buscó en internet con su vetusto móvil. Fotos de edificios antiguos, algunos con relieves de leones en la fachada. No era mucho. Le faltaba el nombre completo.

Empezó a revolver el piso. En la mesilla del dormitorio halló un álbum de fotos encuadernado en piel. Un joven Tomás, pelo castaño claro, rostro abierto. En muchas fotos, ella: la chica de dos trenzas morenas y mirada luminosa. Detrás de una foto en grupo, con tinta: «Grupo D-2, Politécnica, 1971. Elvira G., Tomás, Manuel».

«Elvira G.». Solo una inicial, pero ya era algo.

Después vino la investigación moderna. Buscando en foros, archivos académicos, redes sociales, introdujo «Elvira», inicial G, nacida más o menos en 1951, ciudad correspondiente. Investigó nombres de soltera.

¡Y tuvo suerte! En un foro de antiguos alumnos leyó: Mi madre, Elvira García Martín, estudió en la politécnica nocturna, promoción de 1973

García. Elvira García. Todo encajaba. Luego supo el apellido de casada: Martín.

Buscó «Elvira García Martín» y dio con ella. Una reseña en el periódico local por el Día de la Mujer, con foto. Felicitaban a las veteranas del trabajo. Ahora canosa, con aire severo pero bondadoso. Clara miró la imagen y luego la de la joven Elvira del álbum: el tiempo cambiaba el rostro, pero la mirada era igual de clara y franca.

El artículo decía que Elvira García residía en Serranillos del Valle y colaboraba con la asociación de mayores.

El corazón de Clara latía desbocado. ¡Una dirección! ¡Solo faltaba concretar! Llamó a la administración del pueblo; se hizo pasar por trabajadora social que debía entregar un reconocimiento y, sin problema, le facilitaron la calle y el número.

Clara apenas recordaba cómo se preparó. Echó la carpeta de cartas, una botella de agua y tomó el autobús interurbano. El trayecto fue interminable; repetía en su cabeza todos los posibles desenlaces. ¿Y si la mujer no la recibía? ¿Si le cerraba la puerta? ¿Si la tomaba por embaucadora?

Serranillos del Valle la recibió con silencio y olor a flores de azahar. La casa era limpia, con verja verde y un rosaledal en el jardín. Clara respiró hondo, temblándole las rodillas, y pulsó el timbre.

La puerta la abrió Elvira García. En persona se la veía más frágil, envejecida.

¿Sí? inquirió con voz tranquila pero alerta.

¿Señora Elvira García? la voz de Clara titubeó

Sí, ¿quién es usted?

Me llamo Clara. Soy sobrina de Tomás Cordero.

El efecto fue instantáneo. La mano de Elvira se aferró al picaporte; los dedos se pusieron blancos. Su gesto se alteró con una mueca de dolor y sorpresa.

¿Tomás…? ¿Qué Tomás?

Tomás Cordero. Él… falleció hace un mes.

Elvira entró en automático y, con un gesto, le indicó que pasara. Clara atravesó el patio, entró en la acogedora casa. La anfitriona se hundió en un sillón, con la mano aún temblorosa.

Ha muerto… miraba al vacío. Y yo… yo siempre me pregunté… A veces leía los obituarios… Quería saber si mi Tomás…

«Mi Tomás». Solo escuchar eso hizo que Clara contuviera el llanto.

Señora Elvira, él… nunca la olvidó.

Ella la miró de golpe, esta vez con un destello no de fe, sino casi de reproche.

¿Cómo lo sabe?

Encontré esto Clara sacó la carpeta y se la tendió. Él le escribió. Mucho. Todos estos años. Estaban en su escritorio.

Elvira tomó el fajo como quien sostiene algo delicado y peligroso. Con dificultad desató las cintas y sacó la carta superior. Leyó en silencio, sin apartar la vista. Luego corrió una lágrima, y otra más. No se las secó.

Menudo idiota, qué crío… susurró. ¿Para qué? ¿Para qué martirizarse así?

La amaba dijo Clara en voz baja. Nunca se casó.

Lo sé alzó la vista, los ojos anegados. Supe algo de él hace unos quince años. Coincidí con una compañera. Me dijo que seguía solo. Yo… no me atreví, me dio vergüenza. Temí enfrentarme a él.

¿Vergüenza? balbuceó Clara.

Me fui, porque pensé que no quería casarse, que no me amaba. Y yo… calló, apretando la carta entre los dedos. Yo estaba embarazada, Clara.

Clara se quedó paralizada.

¿Cómo dice?

Sí. De dos meses, pero no sabía cómo decirle nada. Y tras aquella discusión… supuse que se asustaría y huiría. Así que fui yo la que huyó primero, con mis padres. Y tuve un hijo.

El silencio era sepulcral. Clara sentía el pulso en las sienes.

¿Tío Tomás… tiene un hijo? consiguió articular.

Elvira asintió, mirando al exterior.

Alejandro creció y se ha hecho un hombre extraordinario. Me casé luego. Mi marido, Nicolás, sabía la verdad. Me aceptó con mi hijo, fue un buen hombre, siempre le estaré agradecida. Dio su apellido a Alejandro y lo quiso como propio. Pero Tomás… su voz flaqueaba. Tomás siempre estuvo aquí llevó el puño al pecho. Toda la vida. No pude olvidarlo. Y Alejandro siempre supo quien era su padre biológico.

Clara trataba de ordenar tanta información. Tenía un hermano. Un primo hermano, de sangre.

¿Y Alejandro…? ¿Dónde está?

Es cirujano vascular Elvira lo dijo llena de orgullo y tristeza. Dirige su propia clínica en Madrid, Centro Medisalud, seguramente te suene. Se dedica a la microcirugía vascular…

De repente Elvira se detuvo y la miró como una madre.

Hija, estás pálida. ¿Te encuentras mal? ¿Estás enferma?

Ese sencillo hija sonó tan cálido y sincero, que Clara ya no pudo contenerse. No había querido contar nada, pero las palabras salieron atropelladas. Lo explicó todo: el vértigo, el terrible diagnóstico, la cifra que le dio la doctora, la desesperación de esperar la plaza.

Elvira escuchó sin interrumpir; su rostro se fue tornando firme. Cuando Clara terminó, ella se levantó, fue hacia el teléfono fijo y tecleó un número.

¿Alejandro? Ven a casa ahora mismo. No, estoy bien, hijo, estoy bien. Ha pasado un milagro, uno de verdad. Ven, tienes que conocer a tu hermana.

La presentación fue hora y media después. A la puerta llamó un hombre alto, elegante, unos cuarenta y cinco años, cabello castaño claro con canas, ojos grises penetrantes idénticos a los de aquel joven Tomás de las fotos.

Mamá, ¿qué ocurre? su voz era grave, serena, pero sus ojos denotaban preocupación. Miró a Clara.

Alejandro, esta es Clara. Ella… es hija del hermano de tu padre. Es tu prima.

Alejandro se paralizó. Su mirada recorrió el rostro pálido y emocionado de Clara, la carpeta sobre la mesa, el rostro de su madre.

¿Mi padre… Tomás Cordero? pronunció despacio.

Sí Clara asintió. Tengo fotos suyas.

Le mostró el teléfono, con fotos del álbum digitalizadas. Alejandro las contempló mucho rato en silencio. Impasible, aunque Clara notó un ligero temblor en su mandíbula.

¿No se casó nunca? preguntó, sin despegar los ojos de la pantalla.

No susurró Clara.

Él le dirigió una mirada intensa, casi escrutadora.

Mamá me ha dicho que estás enferma.

Clara asintió, un nudo en la garganta. Elvira volvió a resumir la situación médica.

¿Tienes las pruebas médicas? ¿El informe? inquirió Alejandro, ahora mostrando el carácter del médico.

Clara sacó la carpeta médica del bolso. Alejandro la revisó con atención bajo la lámpara. Leía cada folio, cada inciso. Finalmente la dejó sobre la mesa.

Hay que operar de inmediato dijo sin rodeos. Esperar es demasiado arriesgado.

Lo sé susurró Clara. Pero no tengo dinero…

Alejandro la miró con una calidez inesperada, casi fraternal.

Escucha bien, Clara. Yo tengo lo que haga falta: clínica, recursos. Ahora eres familia. Hizo una pausa. Para la familia no existe la palabra pagar, ¿entendido?

Clara solo podía asentir mientras las lágrimas acudían solas a su rostro silencioso. No era solo suerte. Era un milagro, llegado del pasado, de un amor gestado medio siglo atrás.

Elvira se acercó y la abrazó con fuerza maternal.

Ya está, hija, ahora todo estará bien. Luego miró a su hijo. Alejandro, ¿verdad que Clara se queda aquí un tiempo tras el hospital? Yo la cuidaré.

Por supuesto, mamá Alejandro sonrió, y en su sonrisa había alivio y calidez: Clara entendió que ya pertenecía a aquella familia.

Viendo a los dos al severo hermano, a la anciana con la nostalgia finalmente aquietada, Clara sintió cómo se retiraba el miedo. En su lugar, surgía con fuerza esa certeza antigua y tan buscada: ya no estaba sola. Y lo que quedara por vivir, era su nueva vida.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

thirteen − thirteen =