Una discusión llevó a que Mónica conociera a quien sería su futuro prometido.

Francisco era un hombre codicioso. Había crecido en una familia numerosa que siempre rozaba la miseria, y al otro lado de la calle vivía Lidia, una joven única, de inteligencia aguda y belleza serena, hija única de sus padres, que tuvo la fortuna de mudarse a Madrid. Allí, forjaba su destino, trabajaba con empeño y vivía en un piso bonito de alquiler.

Francisco empezó a visitar con frecuencia la casa de los padres de Lidia, aparentando ser el novio perfecto; quería casarse con ella. Siempre que Lidia regresaba a casa para ver a sus padres, él se aseguraba de estar ahí.

Lidia jamás le mostró simpatía; en sus ojos no brillaba ni una pizca de interés. Toleraba a Francisco por consideración a sus padres, pero en privado le dijo más de una vez que aún no estaba preparada para el matrimonio, tenía sus propios planes. Una tarde, durante una conversación especialmente tensa, Francisco se mostró insistente y trató de besarla. Lidia, furiosa, le abofeteó con fuerza y le dijo, tajante, que si algún día se casaba, sería jamás con un paleto como él. Francisco se marchó dolido y enfadado. Al día siguiente apareció en casa de Lidia acompañado por su padre.

He hecho averiguaciones sobre vuestra nueva verja. Os habéis metido en terreno ajeno. ¿Creéis que porque la casa lleva años vacía nadie os denunciará? He escrito a los propietarios, preparaos para la demanda.

Lidia y sus padres se inquietaron. No sabían que habían ocupado un terreno que no les pertenecía: la nueva verja se había levantado justo donde estaba la antigua, la misma que llevaba allí diez años.

Dos días después, Javier, el propietario de la finca colindante, los visitó. Los padres recordaron al anciano que vivía ahí, quien se marchó a la capital con su nieto hace años. Resultó que el abuelo ya no vivía, y sus padres no se interesaban por la casa, así que el nieto recibió la noticia acerca de la verja.

No sabíamos que pusimos la verja en terreno ajeno explicaron, apurados. Está justo donde estaba la de antes…

No pasa nada dijo Javier, clavando la mirada en Lidia. Tengo tantas hectáreas, un par de centímetros no me quitan el sueño.

Sin planearlo, Javier se quedó en el pueblo algunos días. El padre de Lidia le ayudó a ordenar la casa, a cortar leña; y Javier, curiosamente, no paraba de preguntar por Lidia. Pronto fue ella misma quien fue a buscarle al patio.

¿Por qué preguntas por mí todo el rato? ¿Crees que no tengo voz para contarte lo que quieras saber?

Después, juntos volvieron a Madrid; empezaron a salir, y Lidia solía recordar de vez en cuando a Francisco como el casamentero accidental, quien sin querer, la presentó a su futuro marido.

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