El testamento del hijo menor

El Testamento del Hijo Pequeño

Elena no apartaba la vista del letrero de Quirófano. Las letras se emborronaban ante sus ojos tras horas interminables de espera; el corazón le latía a toda prisa, desbocado. Elena no paraba de toquetear, con manos temblorosas, el juguete favorito de su hijo pequeño Jaime, de cuatro años: un tractor de plástico rojo con pala. Al principio, Jaime quería un tractor azul como el de la serie de dibujos animados, pero terminó encariñándose profundamente, con todo su frágil corazón, de este que le había regalado su querido padre.

Por fin, tras el cristal opaco apareció la silueta de un hombre; las puertas se abrieron de golpe y un médico agotado salió al corredor. Elena se levantó de un salto y corrió a su encuentro:
Doctor, ¿cómo ha ido? ¿Está bien mi Jaime?
Él bajó la cabeza con pesar y se retiró la mascarilla:
Elena Gutiérrez, lo siento mucho Hicimos todo lo que estuvo en nuestra mano

***
Elena, hecha un ovillo, yacía en la cama de su hijo. La almohada aún conservaba el aroma inconfundible de Jaime. En el espejo, todavía se distinguía la huella de su mano pringosa de galletas. Menos mal, pensó Elena, que aún no lo había limpiado Porque él ya no volvería a mancharlo nunca. Jamás apoyaría su cabecita cansada en la almohada.

Por la mejilla agrietada de Elena resbaló otra lágrima salada. El dolor había arrasado su corazón por dentro. Corazón sano, justo lo que su pequeño Jaime nunca tuvo. Su hijo mayor, Rodrigo, sí nació fuerte. Tenía dieciocho años y estudiaba en la Universidad Complutense de Madrid. Pero Jaime esa alegría inesperada, tardía y tan efímera, que se transformó en una enorme pena. Todos los controles durante el embarazo salieron bien, salvo que, justo antes de dar a luz, encontraron de manera casual una grave enfermedad cardíaca Algo salió mal durante la operación correctora y ahora Jaime ya no estaba

***
Elena escondió el rostro, sumida en un sueño inquieto. Y como en las noches anteriores, volvió a encontrarse en un prado iluminado por el sol, colmado de flores aromáticas y de mil colores y formas distintas. A lo lejos estaba su Jaime, con la sonrisa de siempre, luciendo su camisa preferida de coches. En las manos, Jaime cargaba un gran ramo de margaritas.
¡Jaime! ¡Hijo! gritó Elena, pero él parecía no oírla, entretenido con los pétalos de las flores.
Elena trató de correr hacia él, los brazos abiertos para abrazarlo. Pero por mucho que avanzo, Jaime no estaba nunca más cerca. Es más: parecía alejarse cada vez más. La angustia la hizo gritar y estirar las manos, pero no podía alcanzarle. De pronto, Jaime la miró, le sonrió y se desvaneció en el aire. Únicamente una nube de pétalos blancos descendió suavemente al suelo

Elena llegó al sitio donde cayeron los pétalos y miró hacia el césped. Sobre la hierba verde, con letras blancas formadas por pétalos, se leía una dirección.

***
Un timbrazo la arrancó de su sueño. Elena miró el móvil: era Rodrigo.
Dime, hijo contestó con voz ronca.
Mamá, hoy voy a ir a casa, ¿me preparas algo rico?
Elena forzó una sonrisa. Ya bastaba. Habían pasado casi tres meses desde la pérdida de Jaime, pero aún le quedaba un hijo. Era hora de intentar recomponerse y seguir adelante.
Por supuesto, hijo, ¿quieres que te haga unas torrijas?
¡Me encantaría, mamá! ¡Estoy en el autobús, llego pronto!
Rodrigo intentaba ir cada fin de semana para distraer a su madre y a su padre. Sabía bien por lo que estaban pasando, pues a él también le dolía mucho la ausencia de su hermano pequeño. Pero la vida seguía y debían afrontar el duelo juntos. Para eso eran familia.

Elena, aún con esfuerzo, se puso en pie y se dirigió a la cocina. Abrió el frigorífico, rebuscó por las estanterías y descubrió que no quedaba leche. Su marido, Fernando, estaba allí soldando algo en su portátil. Levantó la vista y preguntó:
¿Quieres que vaya al supermercado?
Ha llamado Rodrigo, viene ahora y me ha pedido torrijas respondió Elena. No queda leche. Mejor voy yo, así muevo un poco las piernas.
Fernando, extrañado, subió las gafas al entrecejo. Parece que va reviviendo poco a poco, pensó.

Elena se vistió despacio y salió a la calle. La brisa primaveral le acarició el rostro. Los pájaros cantaban y los árboles ya lucían el verdor de los primeros brotes. Los parques de Madrid renacían tras el invierno. Elena suspiró: Ay, Jaime no verá nunca su quinta primavera.

Sacudió la cabeza, espantando los pensamientos tristes, y tomó rumbo a la tienda.

***
Cogió leche de la estantería, las galletas favoritas de Rodrigo, pan y pollo; luego se dirigió a la caja. De repente, de un pasillo cercano, escuchó una risa familiar. Un escalofrío de nostalgia y dolor le encogió el pecho: esa risa era idéntica a la de Jaime. Corrió en esa dirección, pero solo logró entrever la silueta huidiza de un niño. Aunque era consciente de que no podía ser, decidió seguir la figura, tropezando con un cartel publicitario colocado en el suelo.

Al agacharse para recogerlo, se quedó boquiabierta: sobre fondo blanco, en letras rojas, estaba escrita la dirección de su sueño.

¿Jaime, qué quieres decirme? susurró Elena.

Volvió a casa pensando que aquello no podía ser casual. Jaime quería comunicarle algo, pero ¿el qué? Decidió buscar la dirección en internet. Pero no hoy. Hoy llegaría su único hijo, y tenía que recibirle bien y esforzarse por recuperarse.

***
La noche pasó cálida y serena. Elena incluso encontró fuerzas para sonreír escuchando las historias universitarias de Rodrigo, mientras él devoraba la cena casera. Ella y Fernando lo observaban con ternura: era su primogénito, y ahora su único hijo. Al terminar, se retiraron cada uno a sus habitaciones y, agotada, Elena se durmió enseguida.

Despertó de madrugada: de la bañera provenía un leve canto infantil. El corazón le dio un vuelco; reconoció sin dudar la voz de Jaime tarareando la canción de su tractor azul preferido.

Elena tragó saliva y, con los pies descalzos, fue hacia el baño, intentando no hacer ruido para no asustar la ilusión de Jaime. Abrió la puerta con sumo cuidado pero, como era previsible, no había nadie. Se le saltaron las lágrimas.

¿Y qué esperaba? ¿Que Jaime estuviera en la bañera? ¡Jaime ya no está! Todo esto es fruto de mi mente trastornada, se reprochó.

Fue hasta el lavabo para mojarse la cara y recobrar la compostura. Pensó que debía dejar de torturarse, por Fernando y por Rodrigo. Se lavó y se miró al espejo: la devolvían la mirada un rostro demacrado, ojeroso, sin vida.

De repente, guiada por un impulso inexplicable, enjabonó la mano y extendió la espuma sobre el cristal; al verlo, la espuma formó, como por arte de magia, las letras de la dirección Sintió un frío detrás de la nuca. Elena escuchó con claridad la voz suave y diminuta de Jaime:
Te estoy esperando, mamá

***
¿Por qué no duermes? preguntó Fernando, alzándose en la cama, despertado por la luz del portátil.
Elena estaba sentada en el sillón, el ordenador sobre las piernas, absorta mirando la pantalla.
Fernando, ven Si sientes lo que yo ahora, sabrás que nada de esto que me pasa en estos días es una locura
Fernando, medio dormido, se acercó. El corazón se le aceleró y un calor inusitado lo atravesó cuando vio la foto de un niño de unos cuatro años.
Eduardo Medina, 4 años decía el pie de foto. Sus padres habían fallecido en un accidente de tráfico tres años antes, y lo criaba su abuela. Desde hacía medio año estaba en un centro de acogida, pues la abuela también falleció.

Esta dirección me persigue últimamente aclaró Elena. Jaime me la transmite
Le contó a Fernando su sueño, el incidente en la tienda y en el baño. Fernando, tras un breve silencio, manifestó con firmeza:
Elena, tenemos que ir.

***
Catalina Pérez, la directora del centro de menores, acompañaba a Elena y Fernando por un pasillo largo, luminoso, sin dejar de mirar atrás y explicarse:
Cuando Edu llegó, pensamos que sería por poco tiempo. Era un niño desenvuelto, criado en un entorno sano, aunque fuera la abuela. Intentamos que lo adoptaran tres veces, pero ante posibles padres, se cerraba y no interactuaba. Dice que le vendrán a buscar su mamá y su papá y que los reconocerá. Desde hace unos tres meses tiene un amigo imaginario, lo llama Jaime. Este tal Jaime le dijo muy recientemente que su mamá y su papá llegarían pronto.
Elena y Fernando se miraron. ¿Era posible que su hijo fallecido quisiera ayudar a otro pequeño desamparado?

Bueno, no lo sé Echad un vistazo y dadle una oportunidad zanjó la directora, abriendo la puerta de la sala de juegos.

Elena lo reconoció de inmediato. Pequeñito, delgado, estaba de rodillas entre otros niños, construyendo una torre de bloques mientras cantaba la canción favorita de Jaime Edu giró la cabeza, soltó los bloques, se incorporó y corrió gritando:
¡Mamá, papá! ¡Sabía que vendríais!

***
La propia Catalina agilizó los trámites de adopción. Se alegraba sinceramente de que Edu hubiese conectado con Elena y Fernando. Al saber que habían perdido recientemente a su hijo, se emocionó aún más. En apenas un mes, Elena, Fernando y Rodrigo acudieron a por Edu, para llevárselo a su hogar definitivamente. Antes de marchar, Edu soltó la mano de Elena y dijo:
Mamá, espera El niño miró hacia el final del pasillo Jaime está allí, quiere despedirse.
El corazón de Elena se encogió de pena otra vez. Pero ya era una pena luminosa, con la certeza de que no se podía cambiar el pasado, y que la vida seguía. Ahora, la suerte de Edu dependía de ella y Fernando; ellos debían abrazarle con todo el amor que quedaba en su corazón roto. Jaime siempre estaría en su memoria, siempre sería su niño pero había otra personita por la que debía ser fuerte.

Edu corrió hasta el final del pasillo, junto a la ventana, se quedó un momento y luego regresó, sonriente, con su mamá, papá y su hermano mayor. Y tras esa ventana de Madrid, sobre el alféizar de zinc, apareció como de la nada una paloma blanca, que voló haciendo círculos sobre sus cabezas.

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