He dejado de invitar a amigos y familiares a mi casa y no me arrepiento. Por eso aconsejo a todo el mundo que haga lo mismo

La última vez que recibí invitados en casa, me di cuenta de que es una tarea bastante ingrata. Os cuento por qué.

Primero, hay que ir al mercado, preparar la comida, después limpiar montones de platos, recoger toda la casa antes de que lleguen los invitados y también después de que se vayan. Y tampoco todos los invitados son especialmente amables. Para todo esto se necesita una cantidad increíble de tiempo y esfuerzo. Al final, ni se disfruta de la compañía ni se consigue descansar.

Además, hay quienes se acomodan tanto que olvidan completamente que siguen siendo huéspedes. Algunos no dudan en abrir todos los armarios, toquetear y hasta probarse ropa ajena, o utilizan el ordenador de casa -que puede ser el del trabajo y contener archivos importantes- sin pedir permiso. Otros, directamente, abren la nevera y cogen lo que quieren sin preguntar. ¡Eso sí que resulta molesto!

Para colmo, nunca nadie ayuda a poner la mesa ni a recoger después, y los hay que se quedan hasta altas horas de la noche, sin darse cuenta de que ya es hora de marcharse.

Afortunadamente, encontré una solución: quedar en restaurantes o cafeterías, donde cada uno paga lo suyo en euros. Otra posibilidad es organizar un picnic al aire libre, donde cada persona lleva algo, todos colaboran en cocinar y después todos ayudan a recoger.

La mayoría de mis amigos piensan igual que yo. Quizás mi experiencia te ayude a cambiar tu visión sobre cómo recibir invitados. Reúnete con tus seres queridos para disfrutar de verdad y relajarte, no para terminar agotado. A veces, la mejor manera de cuidar nuestras amistades es también saber cuidar de nuestro propio bienestar.

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