Otra vida
El amanecer empezaba como cualquier otro día: Iván Dudero llegaba tarde otra vez.
Con una mano sujetaba una tostada con jamón serrano, y con la otra una bolsa de basura. Pasó de puntillas por el dormitorio, donde su esposa dormía plácidamente, y resopló con fastidio.
“Podía haberse levantado antes a preparar el desayuno”, refunfuñaba su yo interior, siempre dispuesto a ponerse de su lado. “Total, aunque sea festivo… Yo trabajo, que no se le olvide. Para el bien de esta familia, ojo”.
Al bajar la basura, se le pegó el gato. Un animal insistente y maullón, que parecía creer que era marzo y no ese gélido enero madrileño.
Déjame en paz, bola de pelo. Yo ni siquiera he desayunado refunfuñó Iván. El gato, por supuesto, no se inmutó.
Miaaaauuu respondió el felino con satisfacción cuando Iván encestó la bolsa en el contenedor con una alegría futbolera, rematando el movimiento con un gesto triunfal de puño.
Vale, venga, lo has ganado cedió Iván, arrancando la mitad de su tostada y lanzándosela al gato. Hoy compartiremos la dulce victoria.
Aceleró el paso hacia la parada del autobús, pero cuando llegó justo vio cómo el 27 se alejaba dejando tras de sí una estela de humo negro en pleno rostro de Iván.
¡Podías haber esperado, zoquete! gritó en vano al conductor.
Tranquilo, que en cinco minutos pasa otro le contestó alguien.
En ese llevo mi sitio reservado, hombre gruñó Iván, girando, solo para descubrir que estaba completamente solo en la parada.
¿Quieres que lo devuelva? escuchó de repente. La voz, inconfundible, venía de abajo.
Bajó la mirada y ahí estaba. El gato.
No me digas que has sido tú… balbuceó Iván, sintiéndose ridículo.
He sido yo contestó el animal, imperturbable. Me has dado de comer, Iván. Ahora te concederé tres deseos.
¡Vaya! silbó Iván. Como en los pisos de estudiantes. La tostada, seguro que tenía algo raro… ¿Tú eres mágico o qué? sacó el móvil con cautela.
Si sacas la cámara, pierdes los deseos bostezó el gato, abriéndose de patas.
Iván retiró obedientemente la mano.
Gracias. Sí, soy un gato mágico. De muy lejos he venido.
¿Y por qué andas por aquí?
Estoy de paso. Voy camino de la Ciudad Esmeralda. ¿Te importa? Para los deseos no influye mi currículum.
Quiero mil millones de euros soltó Iván sin dudar.
¿No es mucho para la mitad de una tostada…? rió el gato. Pide mejor una hipoteca al 2%…
Dijiste que pidiera protestó Iván. ¿Ahora resulta que esto no era una oferta formal? Hasta los gatos timan, manda narices…
Busca algo con lo que tú mismo puedas participar en el “arreglo” de tu destino dijo el gato, más comprensivo.
¿Un arreglo…? Iván se quedó pensativo.
Su vida estaba plagada de cosas que querría cambiar. Y podría haberlo hecho, si no hubiera sido por su esposa. Inés. Siempre bloqueando sus planes, cortándole las alas. No se metía en aventuras por “ella”; nunca se decidía por culpa de sus dudas, miedos y sus “¿estás seguro?” y “¿lo has pensado bien?”. Por culpa de ella se había conformado con ese piso de extrarradio y una relación rutinaria, lejos de los sueños que, en algún momento, pareció compartir. ¿Dónde quedaron el riesgo y la pasión? ¡Hasta Andrés le propuso invertir en avestruces! Buena idea. Pero… Inés solo quería seguridad.
¿Quieres que os divorcie antes de aquella conversación con Andrés? inquirió el gato.
¿Y tú qué haces leyendo mis pensamientos…? saltó Iván. ¡No es tu sótano para cotillear!
Tu vida ya está bien revuelta sin mí replicó el gato.
Iván estuvo a punto de lanzarle una patada, pero recordó los deseos y, resignado, asintió:
Sí. Que nos divorciemos justo antes de hablar con Andrés. ¿Y ahora, qué hago? ¿Tiro de bigotes?
El gato saltó atrás.
Tranquilo, genio de Aladino bufó, meneando la cola.
Un vértigo envolvió a Iván. Desaparecieron la parada, el barrio… Y cuando abrió de nuevo los ojos, se hallaba en otra vida.
Todo se había cumplido: inversión en avestruces, buen piso, berlina alemana. Incluso aparentaba cinco años menos, los ojos despejados y el vientre casi plano. En su móvil, una colección de nombres femeninos: nada de “Gertru depilación oferta”, sino “Rebeca Bar” o “Silvia Copas”. ¡Funcionó! Quiso abrazar al gato, que también seguía allí, pero el animal se zafó.
Primero trae pruebas médicas, luego hablamos de besos exigió el gato.
Tres días duró la euforia. Hasta que, en una terraza con la enésima chica, relatando anécdotas de avestruces, Iván la vio a ella: Inés. La exmujer entró acompañada de un joven elegante, que hacía que Iván pareciese un Seat Panda junto a un Tesla. Pero, sobre todo, Inés estaba radiante. Delgada, sonriente, jovial… como años atrás, antes de que la rutina lo marchitara todo.
¿Inés? se le acercó, dejando a su acompañante mientras ella lo miraba sin rencor.
Iván, qué casualidad sonrió, y a Iván le dolió el pecho. ¿Qué tal todo?
Tembloroso, Iván recitó sus logros. Ella también resumió los suyos.
Supuso así que ella, por fin, siguió su sueño profesional, aquel al que él siempre se opuso. Le iba espléndidamente. Saltaba posiciones en la empresa. Casa nueva alquilada, otra para vivir. El acompañante era socio y, además, pretendiente.
Eso, muy resumido sonrió Inés. Me alegro de que te vaya bien, Iván. Cuídate.
Le estrechó la mano, y algo en Iván se quebró.
Esto no está bien… caminaba de un lado a otro al volver a casa. No puede ser que yo tenga menos éxito… La clave está antes, cuando dejé la universidad para cargar cajas y mantenernos; ni siquiera hubo hijo al final… Quizá nunca debí dejar la carrera.
¿Quieres que os divorcie justo después de casaros? preguntó el gato, ahora acomodado en el sofá.
¡Mejor antes! Iván se ilusionó. Yo era el mejor de mi promoción, ¿sabes lo que me auguraban?
¿Prisión vitalicia?
¡Éxito! proclamó Iván, aferrándose a los bigotes del animal, que esta vez sí, le arañó y movió la cola.
Otra vez todo desapareció. Nueva realidad. Más brillante. Cinco pisos, dos coches, perro de raza, y esposa mucho más joven y lista (aunque la lealtad era otra cosa, aún por saberse). Multivisa, clubs exclusivos, altos contactos. Todo porque no se casó con Inés, no dejó sus estudios, ni invirtió emocionalmente donde no tocaba…
¿Inés? al verla en las noticias, se quedó helado.
Ahora era Inés Contrabajo, esposa del empresario toledano Antolín Contrabajo. Les sonreía la fortuna, con mansión nueva, dinero legal, hasta su declaración de la renta era ejemplar. Y ella, abriría un refugio nuevo.
Increíble… Iván no podía dejar de mirarla. Era la Inés de la que se enamoró veinte años atrás, no esa mujer agotada que él había “creado” a base de recortes y miedo. Comprendió que, en su primera vida, fue él quien eligió. Él quien renunció a la universidad, quien nunca se atrevió a apostar por sí mismo ni por ella. Que sus dudas lo frenaron todo. Y que incluso mejor le hubiera ido a Inés si nunca se hubieran cruzado.
¿Prefieres que te deje en el aula B en vez del A, cuando tenías quince años? preguntó el gato, perezoso en la ventana.
La pregunta flotó semanas. Iván descubría ahora que el 90% de su fortuna era hipotecada, que la mujer joven le engañaba, que los contactos no servían y sus únicos amigos eran un perro viejo. ¿Éxito? Quizá. Alegría, ninguna. Antes, él e Inés compartían todo, hasta el silencio de pruebas de embarazo negativas. Ahora, sólo un vacío.
He decidido. Haz que me vaya al instituto después del noveno curso.
¿Y así, nunca llegaréis a conoceros?
Así es. Seguro. Hasta esos dos años juntos sólo la perjudicaron. ¿Te imaginas qué habría sido de su vida sin mí…?
Eso ni yo ronroneó el gato moviendo la cola.
Iván aguardó el desenlace de su deseo, sin saber dónde encajaría su nueva vida. No esperaba recuperarse en la antigua parada, enero, la chaqueta raída, la tripa de siempre.
En el móvil, Gertru depilación oferta, Ana Consuelo puerta Wallapop y… Inés.
Iván tragó saliva.
No me lo creo…
El autobús abrió las puertas. Gente ajena. Sitio junto a la ventana… pero Iván corrió de vuelta a casa.
Entró atropelladamente, se lanzó en el dormitorio y, con la cazadora puesta, se abalanzó sobre su mujer a besos.
¡Pero tú eres tonto! protestó ella, medio dormida, defendiéndose.
¡Locamente! gritó Iván abrazándola. ¿Inés, cómo nos conocimos?
¿Perdona?
¡Que no me acuerdo! ¿Cómo fue?
Te estás luciendo… abrió los ojos, perpleja. En la excursión. Vosotros del instituto, nosotros del cole… Tú cantando en el bus como si fuera la tuna.
¿Canciones?
Sí, ¡vaya si eras idiota! Yo pensé “menos mal que yo iré a bachillerato, no a lo mismo que este chico”. ¿De verdad no te acuerdas?
Iván se deslizó hasta el suelo, apoyándose en la pared.
No me lo creo…
Me das miedo, Iván. ¿Qué te pasa?
Y empezó a contarle todo. Del gato. Los deseos. Avestruces y Contrabajos. Los éxitos de ella lejos de él. Cómo la dejó tres veces. Cómo se dio cuenta de que era él el que estropeaba las cosas, no ella.
Como siempre, Inés escuchó en silencio.
Cuando terminó, la habitación quedó en calma. Afuera silbaba el viento. En la cocina, un grifo goteaba.
Eres más fantasioso de lo que pensaba…
Es en serio.
¿Sabes qué es lo peor? dijo ella en voz baja.
¿El qué?
Que hasta en tus locuras tú decidiste todo solo, sin entender lo importante.
¿Tirar del bigote del gato?
¡El gato no tiene culpa! Todo lo que viviste era fantasía. ¿Y sabes por qué?
Iván negó con la cabeza.
Porque podía haberme ido cientos de veces si hubiera querido. Pero estoy aquí. Contigo. Y tú podrías irte. Pero estamos juntos. Por eso, en esas vidas, estabas mal. Porque todo era falso. Tú cargas todo solo, no me dejas ayudar. Tienes miedo de que el barco se hunda si suelto el timón… pero no me das nunca la opción. Pero yo no insisto, sé que lo haces por cuidar.
Lo intento, sí sonrió Iván, avergonzado. Pero a veces, ni te escucho. Y aun así, me fui en ese primer deseo…
Quizá es lo que tocaba, dijo Inés tras pensar. Siempre he sido más lista que tú, ahora lo entiendo mejor que nunca.
¿Crees que aún podríamos…? preguntó él. Cosas pendientes, cambiar algo, no sé.
¿Como qué?
Cursar la carrera a distancia, apuntarme al gimnasio. Que tú pruebes ese trabajo que siempre quisiste…
No estoy segura, ya no tengo diecinueve años, muchas cosas han cambiado…
Empecemos poco a poco. Elige tú en qué comenzamos.
Inés pensó unos segundos.
Quiero quedarme en la cama todo el fin de semana, sin limpiar ni hacer nada. Sé que odias el desorden, pero estoy agotada, no puedo con la vida hasta que descanse. ¿Puede ser?
¡Por supuesto! se levantó de un salto Iván. Yo me encargo de la casa. Ya veremos luego. ¿Sí?
Perfecto. Me encanta sonrió Inés, por primera vez en mucho tiempo.
Y… otra cosa…
¿Qué?
¿Podemos tener un perro?
En ese momento, se escuchó un leve maullido, allá por el pasillo.





