¡Tienes que pagar por un grifo reparado!

Mi marido llevaba ya un mes fuera por un viaje de negocios. Tenía que volver pronto, así que el aire en casa era de espera suspendida, como si el reloj avanzara más lento de lo habitual.

Una de esas tardes, mientras su ausencia parecía flotar entre los muebles, se estropeó el grifo de la cocina. Clara se acercó a mí envuelta en esa neblina de sueño y me pidió un favor. Yo nunca había arreglado cosas así y le di el teléfono de un fontanero.

Todo transcurrió como dictan los sueños: fijaron una hora, el fontanero apareció con el reloj aún marcado con agua, y Clara preparó los euros acordados. Al terminar la reparación, ella le entregó el dinero, pero la realidad dió un giro absurdo.

Faltan 300 euros dijo el fontanero, cuyas manos olían a plomo mojado. Hablamos de otra cantidad, lo sabe hasta mi perro. Puedo llamar al vecino como testigo.

No me importan tus testigos. Me das quinientos cincuenta. Si no pagas, rompo el grifo y tapono las tuberías.

Pero no tengo esa cantidad, puedo darte el resto cuando regrese mi marido.

¿Y para cuándo ese milagro?

Cinco días

Eso no me vale, te espero aquí y ahora.

¡No tengo más dinero!

Entonces, habrá que llegar a otro acuerdo. Hay que pagar lo arreglado, ¿no?

El fontanero, con una lógica de pesadilla, empezó a rebuscar en los armarios, como buscando monedas ocultas en las sombras.

¿Pero cómo entras así en mi casa? Voy a llamar a la policía.

Adelante. Yo diré que te niegas a pagarme.

Entonces comenzó a acosarla. Clara gritó y su voz rebotó por las paredes como si quedara atrapada en bucles. Yo estaba en el piso; al oír el grito, corrí al vecino.

El fontanero la tenía acorralada en la pared, sus nudillos apretados como tuercas de otro mundo.

¡Aléjate de ella! le grité atravesando el pasillo flotante. ¡Dices que te debe dinero! Mira, tienes doscientos cincuenta euros más. ¿Qué más quieres?

Y recuerda, eres responsable de tus acciones. Si el marido de Clara, que es boxeador, se entera, lo lamentarás.

Tras esas palabras, el fontanero salió corriendo perdiéndose entre los peldaños como si nunca hubiera existido. Me disculpé con Clara, porque todo por mi culpa empezó: yo le di aquel teléfono maldito.

Decidimos no contarle nada a su marido, para que no se preocupe y el tiempo siga deslizándose como antes, en ese lento regreso. Ahora andamos buscando un fontanero de fiar, porque mi propio grifo sueña con gotear…

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

fourteen − three =