“Trabajas en una tienda de animales, así que tráenos comida para gatos”: frase escuchada de los padres de mi esposa

Es como si estuviera flotando en la Plaza Mayor de Madrid, corpul meu difuz, recent angajat en una extraña tienda de mascotas escondida detrás de una puerta secreta, a la que sólo se entra si saludas a una paloma vetusta que lleva monóculo. Acababa de terminar mi periodo de prueba en junioen mi sueño, junio caía en espiral, con relojes derritiéndose sobre los estantesy, como un hechizo, fui absorbido en el personal fijo de la tienda. Dejadme que comparta este absurdo mecanismo de pertenencia.

En nuestra peculiar tienda de animales, los empleados fijos al acabar cada mes pueden escoger entre montones extraños de mercancía descatalogada: sacos de pienso con heridas leves, cascabeles mellados, juguetes para hámsters con bigotes torcidos. Nos repartimos el botín entre susurros, con el eco de las campanas de la catedral resonando debajo de nuestros pies. Yo, que nunca he tenido un animal, siempre me iba a casa con algo entre las manos, aunque ni siquiera sabía muy bien para qué.

La primera vez, recibí, como en una ceremonia absurda, una gran bolsa de pienso para gatos, adornada con gatos que guiñaban ojos humanos. Los padres de mi esposa, Aurora, guisan en una casa repleta de plantas y sombras en Salamanca, y como tienen una gata llamada Eulalia, decidí llevarles el pienso a modo de tributo.

Y allí me descubrí, enredado en la idea de conseguir siempre algo para gatos, una obsesión repentina y mágica. Esta vez, en la segunda luna, toqué un rascador de gatos con la forma de una Giralda torcida. Tenía algún descosido onírico, pero mi suegra Leonor lo remendó con hilo dorado extraído de su sombrero de peineta.

Pero las sonrisas no brillaron en aquel salón. La gata se lamía las patas indiferente y, como si Aurora y yo estuviésemos hechos de aire, Leonor dijo con desdén:
Tendríais que haber cogido el pienso, ¿no podías venir tú solo con él?

Confieso, fue como tragar una piedra invisible. Les recordé, suspendidos sobre un suelo de baldosas que desaparecían, cómo se obtenían esas cosas. Lo repetí, y fingieron oírme en el susurro de una copla antigua.

Mientras volvíamos caminando por calles líquidas y retorcidas, propuse a Aurora:
Cada mes compraremos buena comida para la gata de tus padres. Si la tienda regala, la guardamos. Punto.

Ella asintió, y en la siguiente escena nuestros cuerpos se disolvieron entre sacos de pienso bailando sevillanas.

Pero pronto supe que, en menos de un mes, habían desaparecido misteriosamente diez kilos de pienso. Pregunté a Leonor bajo una lámpara oscilante, y me confesó que ya se lo había prometido a una vecina llamada Rosalía, quien vive con papiros y gorriones en el piso de arriba. Ella sabía que yo traería más, así que repartió su tesoro en monedas de euros invisibles. Mientras tanto, habíamos comprado otra vez pienso caro, el tipo de pienso que podría recordar a la paella el domingo.

Volví a explicarle, entre relojes y cortinas que fluían como agua, que la comida era solo para Eulalia, la gata.

La respuesta fue un estallido de queja, como el viento en la Alhambra:
¡Trabajas en una tienda de animales!

Creían, en su lógica de sueño, que mi negativa era un acto deliberado de traición felina.

En ese instante, comprendí que aquel espectáculo tenía que acabar. Les dije, con voz que se perdía en las habitaciones interminables de mi mente:
Por principios, no os traeré nunca más nada. Dejad de esperad algo de mí.

Todo se desvaneció en olor de azahar y maullidos, y el sueño me dejó solo, con la sensación de que jamás existió la tienda, ni la gata, ni yo mismo.

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