Esta historia es de esas que se cuentan en las sobremesas con un café y un trozo de tarta de Santiago. Decidí compartirla, quizá, quién sabe, a alguien le sirva como ejemplo, o al menos le arranque una sonrisa. A mi futura esposa la conocí cuando ya tenía una hija. Lucía, la pequeña, apenas contaba dos primaveras.
La historia, la verdad, es más simple que la receta de una tortilla de patatas: Renata se quedó embarazada. En cuanto su novio se enteró de que iba a ser padre, salió más rápido que un tren AVE. Los padres de Renata, asustados por el qué dirán en el pueblo, decidieron hacer como si ella no existiese y la echaron de casa. Nunca podré entender cómo unos padres pueden abandonar a su hija por miedo a los chismes de la vecina del quinto.
Renata, muy decidida, cogió su maletita y se fue al apartamento de su amiga de la infancia, que vivía en Madrid. Como buena madrileña, Alejandra venía de familia acomodada, tenía piso propio, trabajo fijo y estaba estudiando un máster en la Complutense. Apoyó a Renata desde el primer día y hasta hoy siguen siendo uña y carne. Es más, Alejandra es como de la familia, casi como una hermana postiza.
Después, aparecí yo. Me enamoré de Renata y me llevé a las dos joyas más bonitas del universo a vivir conmigo: Renata y la pequeña Lucía. Adopté a Lucía como si fuera miya; no soy su padre biológico, pero es mi hija del alma. Nada más mudarse, empezó a llamarme papá, lo cual me hizo sentir más español que un botijo. Cuando Lucía cumplió cinco años, Renata dio a luz a nuestro hijo, Pablo. Aquello fue alegría pura, como cuando el Madrid gana la Champions.
Vivimos juntos durante diecinueve años, compartiendo risas, paellas de domingo y discusiones sobre si el gazpacho lleva cebolla o no. Lucía nunca sospechó que yo no era su padre de sangre, hasta que un buen día el biológico apareció en la puerta de casa. Llegó, como si nada, y suelta: Soy tu padre, quiero hablar contigo. Sinceramente, me dieron ganas de soltarle una buena colleja. ¿Cómo pudo abandonar a Renata embarazada y ahora venir con la cara tan dura a mirar a Lucía a los ojos?
¿Dónde has estado todo este tiempo? le pregunté, con ese tono seco que usamos los castellanos cuando algo nos huele a trampa.
Lucía lo miró pensativa y, con esa sagacidad que solo tiene quien ha crecido en una casa llena de cariño, dijo:
Así que la vecina tenía razón: no eres mi verdadero padre.
Y entonces, sin más, cerró la puerta delante de su padre biológico, se giró y me dio el abrazo más apretado y sincero de mi vida. No mi padre, sino mi único y querido papá. No os voy a engañar: se me saltaron las lágrimas como cuando España ganó el Mundial.







