En nuestro colegio estudiaba una niña huérfana. Se llamaba Inés. Vivía con su abuela, una mujer muy anciana y profundamente devota. Todos los domingos, ambas caminaban juntas hacia la iglesia pasando ante mi casa, delgadas, frágiles, con pañuelos blancos impecables cubriéndoles la cabeza. Se rumoreaba que la abuela le prohibía ver la televisión, comer dulces y reírse a carcajadas para que los demonios no entraran en su cuerpo, y la obligaba a lavarse la cara con agua helada.
Nosotros la molestábamos. Inés nos miraba con unos ojos grises, tan serios, tan poco infantiles, y decía: Dios mío, perdónalos, no saben lo que hacen. Nadie se acercaba a ella, pensaban que estaba algo loca. Nadie le hablaba, nadie la invitaba a jugar.
Cuando éramos pequeñas, los almuerzos en el comedor escolar nunca eran apetitosos. Pero los viernes servían bollos de nata con té, o salchicha envuelta en masa con cacao y una pequeña chocolatina. Un viernes, mientras algún compañero se burlaba de Inés, alguien la empujó, chocó conmigo y me estampé contra la mesa, donde tenía mi bandeja con vasos de cacao. Toda esa corriente de chocolate cayó sobre dos chicos mayores.
Bueno, bueno dijeron los mayores, con tono amenazante.
¡Corre! le susurré a Inés, le agarré la mano y nos lanzamos hacia nuestra aula, como si nos persiguiera con gritos una banda de comanches y una estampida de toros bravos. Los dos últimos periodos eran matemáticas. Detrás de la puerta de cristal asomaban dos figuras imponentes; la puerta se entreabría y veíamos dos cabezas, que luego cuchicheaban entre ellas. Comprendí perfectamente que nos esperaba un juicio, una investigación y una sentencia.
Lo importante es salir del aula sin que nos vean; conozco una salida al desván, podemos escondernos allí hasta el anochecer, y luego escapar a casa.
No respondió Inés calmadamente . Iremos como deben ir las chicas: a plena luz y con humildad.
Pero, Inés, ahí están ellos Nos van a
¿Qué? ¿Qué crees que nos van a hacer? ¿Echar un vaso de leche encima? ¿Gritarnos? ¿Pegar a dos chicas de quinto? ¿Eso?
Bueno
Incluso si nos pegan, será una sola vez. Pero si huimos, el miedo nos acompañará cada día.
Salimos del aula con el resto, como debía ser. Los dos chicos mayores estaban apoyados contra la pared.
Eh, pequeñajas, ¿quién perdió esto? el chico tenía en su mano mi monedero con el dibujo de Don Quijote y diez euros para pagar la piscina y las clases de pintura.
Toma me lo puso en la mano , y no vuelvas a huir.
Caminaba hacia casa, balanceando mi mochila, pensando en lo bien que había terminado todo, en lo maravilloso que era vivir, y en la alegría de haber encontrado una nueva amiga.
¿Quieres que llame a mi madre para que hable con tu abuela y te deje venir a mi casa a ver dibujos animados? ¿O no te dejan?
Inés miró al cielo y sonrió como nunca.
Mejor vamos a por las galletas rellenas de leche condensada que ha hecho la abuela hoy.
Seguimos siendo amigas durante muchos años, hasta que la vida nos llevó a distintas tierras. Pero siempre recuerdo aquel momento.
Saltar desde lo alto al espejo azul de la piscina da miedo. Pero sólo da miedo una vez.
Da miedo hacer algo nuevo. ¿Qué puede pasar? ¿Dirán que soy tonta? Lo dirán solo una vez. Si no lo hago, me lo diré a mí misma todos los días.
Da miedo una vez. O cada día.
Puedes vencer el miedo una vez. O dejar que te robe la vida todos los días.
Es una elección.






