Ha dado a luz gemelos por quinta vez consecutiva. Y, una vez más, niñas; el Papa ha dado su bendición en la sala de partos

Carmen llevaba semanas ingresada en el hospital, mucho antes de la fecha prevista para dar a luz: su embarazo se había complicado en las últimas etapas y los médicos, que ya la conocían de otras veces, no querían jugársela ni un poquito. Además, Carmen no tenía solo un bebé en camino, sino dos a la vez. Le ofrecieron una cesárea programada, como quien saca cita para la ITV, pero Carmen, terca como una mula manchega, quería intentar un parto natural. Los médicos, con esa paciencia resignada suya, aceptaron intentarlo si había que correr sala de operaciones arriba, siempre habría tiempo.

A mayores, Carmen y su marido, Luis, tenían un acuerdo de parto compartido, lo que no suele hacer mucha gracia a los ginecólogos cuando hay que entrar a quirófano, ¡que esto no es un tablao flamenco! El parto comenzó una noche de esas en las que la silueta de Madrid parece aún más tranquila, y llamaron a Luis, que llegó y, como buen castellano, ya estaba en la puerta de la maternidad antes de que la matrona acabara de colgar el teléfono. Los trasladaron enseguida a la sala de partos. Carmen, que no era novata en estas lides, se portó con la entereza y control de quien ya ha sobrevivido a más de un cumpleaños infantil en casa. A las cuatro de la madrugada, nació la primera niña.

En cuanto la criatura lloró, la matrona, una señora más dura que el turrón de Alicante, felicitó a Carmen por traer al mundo a su hija. Pero entonces notamos que Luis puso la cara de quien ha perdido el último décimo de la Lotería de Navidad, forzó una media sonrisa y se giró sin mucha alegría hacia su mujer. Diez minutos después, llegó al mundo la segunda nena. Carmen, feliz como una perdiz, sonreía de oreja a oreja, mientras Luis rompía a llorar, pero no precisamente de alegría. Nos preocupamos un poco, la verdad, por si la escena acababa en drama, pero Carmen hizo un gesto con la mano y soltó:

“No os preocupéis, en una hora se le pasa, ya le conozco. Ya van cinco niñas que trae la cigüeña y él, erre que erre con el niño. Estaba emperrado en que, por una vez, tocase un chico… pero bueno, no ha habido suerte. De todos modos, las adora, así que no pasa nada.”

Y así fue: al día siguiente, bajo la ventana de la maternidad, allí estaba Luis rodeado de todas sus niñas, atando globos y gritando a pulmón a su mujer cuánto la quería. Con aquel espectáculo medio caótico y enternecedor, entendimos que todo iría bien en esa familia. Aunque, eso sí, a Luis… un poco de penita sí que nos daba.

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—Mamá, ¿quieres regalar nuestro piso al hijo de tu hermano? ¿Y luego venir a vivir conmigo? ¡Ni lo sueñes!