Así es la vida…

A veces la vida es así

A Lucía y a Jorge les costó mucho tener a su primer hijo, Daniel. El embarazo se les complicó un montón y el niño nació prematuro, así que al principio estuvo en incubadora un buen tiempo. Muchos órganos no se habían desarrollado del todo, tuvo que pasar por respirador, dos operaciones complicadas, y hasta una desprendimiento de retina.

Dos veces les dejaron despedirse de Daniel por si acaso no aguantaba. Pero Daniel resistió.

Poco después se dieron cuenta de que casi no veía ni oía. Poco a poco fue aprendiendo cosas básicas primero se sentó solo, luego agarró ya algún juguete, acabó andado apoyándose en los muebles. Pero el desarrollo mental eso iba a su ritmo.

Los padres al principio tiraban juntos del carro, probando de todo. Pero luego Jorge, muy callado, acabó desapareciendo del mapa y Lucía se quedó peleando sola. Buscó una ayuda pública y, con tres años y medio, a Daniel le pudieron poner unos implantes para solucionar parte del tema auditivo. Empezó a oír mejor, sí, pero el desarrollo seguía sin arrancar.

Defectólogos, logopedas, psicólogos, todo el batallón de profesionales. Lucía venía varias veces conmigo y Daniel. Le proponía probar cosas nuevas, distintas perspectivas, y ella, luchadora, lo intentaba todo. Pero no llegaban a ver mejoría. Daniel solo se quedaba horas sentado en el parque de juegos, girando cualquier cosa entre las manos, golpeando contra el suelo, mordiéndose la mano, a veces aullando de forma monótona, a veces de distintas maneras. Lucía insistía en que la reconocía, que hacía un sonido especial para llamarla y que le encantaba que le hicieran cosquillitas en la espalda y las piernas.

Hasta que, en una de esas, un psiquiatra mayor le dijo: mire señora, ¿qué diagnóstico quiere que le ponga? Un vegetal andante. Toca tomar una decisión y seguir con su vida. O lo ingreso en un centro, o se queda a cuidar de él. Ya le ha cogido el truco, ¿no? No tiene sentido pensar en grandes progresos ni perder la vida entera en el intento. Fue la única persona que habló claro en la vida de Lucía.

Y entonces dejó a Daniel en un centro especializado y volvió a trabajar. Al tiempo se compró una moto, que siempre había querido, y se empezó a ir por las calles de Madrid y carretera con un grupito de amigos moteros. Decía que cuando rugía el motor se le olvidaban todas las penas, como si hubieran desaparecido. Jorge pasaba la pensión de manutención, que Lucía iba usando entera para pagar cuidadoras los fines de semana Daniel no era muy complicado de atender si te acostumbrabas a sus ruidos.

Un día, uno de los moteros, Nacho, le soltó: Lucía, es que me gustas de verdad, hay algo en ti, como un aire intenso de tragedia interesante.

Anda, ven, que te voy a enseñar por qué le dijo Lucía.

El chico pensó que lo llevaba a casa para lo que él se imaginaba, pero Lucía le enseñó a Daniel. Justo estaba animado y aullando, haciendo ruiditos, seguramente porque reconocía a su madre o le inquietaba el desconocido.

¡Joder, vaya! soltó Nacho.

¿Pero tú qué esperabas? contestó Lucía.

Con el tiempo empezaron a salir y hasta a vivir juntos, pero con la condición de que Nacho no se acercara a Daniel, cosa que a Lucía le venía bien.

Luego Nacho le propuso tener un hijo. Lucía fue tajante: ¿y si sale como Daniel, qué hacemos? Nacho se calló un año, pero luego insistió: no, venga, tengamos un hijo.

Y nació Nicolás. Por suerte, sano como una manzana. Nacho entonces preguntó: ¿Y si ahora mandamos a Daniel a un centro de forma definitiva? Si ya tenemos un hijo «normal». Lucía se le encaró: antes te mando a ti. Nacho reculó: «solo preguntaba». Cuando Nicolás tenía como nueve meses y empezó a gatear, descubrió a Daniel.

Le fascinó. Nacho se ponía nervioso: no dejes al niño acercarse a Daniel, a ver si pasa algo malo. Pero él estaba siempre en la calle o con la moto, y Lucía, pues dejaba a Nico con Daniel.

Cuando Nicolás gateaba por ahí, Daniel, qué curioso, no tenía esos aullidos de antes. Incluso Lucía lo veía atento, como pendiente de su hermano. Nicolás traía juguetes, le enseñaba cómo jugar, le cogía las manos y le ayudaba.

Un día Nacho se puso malo y se quedó el fin de semana en casa. Vio a Nicolás, todavía un poco torpe, siguiendo a Daniel por toda la casa, y Daniel detrás, pegado a él (cuando antes no salía nunca de su esquina). Nacho montó un pollo: «separa a mi hijo del tuyo, que no quiero líos o vigílalos todo el rato». Lucía lo mandó a paseo.

Se asustó. Luego hicieron las paces. Lucía vino a verme y me soltó:

A ver, mi Nacho es un zoquete, pero lo quiero igual. ¿Eso es raro?

Mira, nada más natural le dije yo , querer a los tuyos pase lo que pase

Hablaba de Nacho, no de Daniel me aclaró Lucía. ¿Tú ves peligroso que Nico esté con Daniel?

Le expliqué que por lo que yo veía, el que manda ahí es Nicolás, pero que igual había que vigilar un poco.

Con año y medio, Nicolás enseñó a Daniel a montar puzzles por tamaños. Él hablaba ya en frases, cantaba canciones, hacía teatrillos. Lucía me preguntó: ¿Es que Nico es un genio? Nacho quiere que lo consultemos, él está que revienta de orgulloso porque los hijos de sus colegas a esa edad ni papa-mamá dicen.

Yo creo que Daniel le está motivando a espabilar le dije , no todos los niños de esa edad pueden ser locomotora para el desarrollo de otro chaval.

¡Eso mismo le voy a soltar yo a Nacho! dijo ella, encantada.

Menuda tropa: un vegetal andante, un zoquete, una madre motera y un niño prodigio. Nico se acostumbró pronto al orinal y en medio año enseñó a su hermano a usarlo. Lucía puso a Nicolás la tarea de enseñar a Daniel a comer, beber del vaso, vestirse y desvestirse.

A los tres años y medio, Nicolás planteó la gran pregunta: ¿Pero mamá, qué le pasa exactamente a Daniel?

Pues, verás, para empezar, no ve.

Sí ve contestó Nico. Pero poco. Esto lo ve, esto no. Todo depende de la luz. Donde más ve es con la bombilla del baño encima del espejo.

El oftalmólogo alucinó cuando la explicación sobre la vista de Daniel se la dio un niño pequeño, pero lo escuchó y al final recetó tratamiento y unas gafas complejas.

Nicolás no se adaptaba nada bien a la guardería. Ese crío tendría que ir ya al colegio protestó la educadora , es muy espabilado y no hay quien le aguante, lo quiere saber todo mejor que los demás.

Yo me negué en redondo a adelantarle el cole: que siga yendo a actividades y ayudando a Daniel con su desarrollo. Nacho, curioso, me apoyó y le dijo a Lucía: pues mejor, qué va a hacer en esa guardería tan tonta. Oye, ¿te has dado cuenta de que tu Daniel lleva casi un año sin esos aullidos?

Seis meses después Daniel empezó a decir: mamá, papá, Nico, dame, agua y miau-miau. Ambos hermanos empezaron juntos el cole. Nicolás se agobiaba: ¿cómo estará Daniel sin mí? ¿Son buenos los profesores ahí? ¿Le entenderán de verdad? Los deberes los hace primero con Daniel y luego los suyos.

Ahora Daniel habla con frases cortas. Sabe leer y usar el ordenador. Le encanta cocinar y ayudar con la limpieza (guiado por Nico o su madre), sentarse en el banco del patio y observar, oler y escuchar. Saluda a todos los vecinos y es un artista con la plastilina y los juguetes de construcción.

Pero lo que más disfruta en el mundo es cuando se van todos juntos con las motos por la sierra él con su madre, Nico con Nacho y los cuatro gritan juntos al viento, sin preocuparse de nada más.

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