Isabel creció en una familia acomodada de Madrid. Su padre siempre le compró todo lo que deseaba, pero apenas pasaba tiempo con ella. Estaba muy ocupado con su propio negocio y solía llegar a casa solo para ver a sus amantes. Se decía incluso que mantenía una relación con una mujer tan solo unos años mayor que Isabel. Cuando llegó el momento de ir a la universidad, Isabel decidió matricularse en Magisterio, aunque a su padre le habría encantado que estudiase Odontología. No obstante, Isabel defendió su decisión con firmeza.
Con los años, Isabel dejó de aceptar dinero de su padre y se mantuvo con una beca. Además, en verano decidió hacer prácticas en un campamento infantil, rechazando el viaje al extranjero que su padre le había ofrecido. Ella prefería quedarse porque adoraba a los niños. Una tarde, llegó un autobús repleto de niños de un orfanato. Todos corrieron a instalarse en la residencia, excepto la última niña en bajar. Era muy delgada y su mirada no era la de una niña común. Poco después, algunos niños se quejaron de que en la casa había mal olor.
La causa del problema era esa niña. Isabel entró y descubrió que, tras la cena, la niña había escondido filetes bajo la almohada. La carne se había estropeado.
La niña miró a Isabel con culpa y le confesó:
Es para mi hermano.
¿Y dónde está tu hermano? preguntó Isabel.
Él está en otro orfanato respondió la pequeña.
Estas palabras tocaron el corazón de Isabel. Al instante, llamó a su padre para pedirle dinero.
Por fin mi hija me pide ayuda, pensó el hombre sorprendido, creyendo que ella por fin daría su brazo a torcer.
Hija, ¿para qué necesitas tanto dinero? ¿Vas a comprarte un coche? preguntó.
No, papá. Quiero comprar toda la comida que pueda para los niños del orfanato.
Tienes un corazón enorme, Isabel le dijo su padre, esbozando una rara sonrisa de orgullo.
Y así Isabel descubrió que la mayor riqueza está en compartir con quienes más lo necesitan, no en lo material sino en los gestos que dejan huella en el alma.







