«La huésped desconocida»
Al principio de la era de los teléfonos móviles, mi marido y yo acabamos de casarnos y nos mudamos a una casa nueva. Los pisos de ese edificio son espectaculares, con una distribución que te deja sin palabras. Todo nos encanta, salvo los vecinos del rellano, que resultan algo antipáticos. Aunque soy joven todavía, tengo un carácter serio y trabajo en un puesto de mucha responsabilidad, así que estoy acostumbrada al respeto. Mi marido, en broma, siempre me llama por mi nombre y primer apellido, como es costumbre aquí.
Salgo de casa y me cruzo con la vecina nueva y, ni me saluda ni nada, ni un buenos días ni un hasta luego. Decido que yo tampoco voy a saludar. Me encojo de hombros y me pongo seria.
Llega el día de la inauguración de nuestro nuevo hogar. Invitamos a familiares y amigos para celebrar el gran momento. Se nos va un poco la mano y seguimos de fiesta más rato del habitual. De pronto, ya casi a las once y media de un sábado, el vecino llama a la puerta. Abro y me dice que ya es muy tarde. ¡A mí! ¡Hay que ver! Y encima echa la culpa a su mujer: Le duele mucho la cabeza y quiere dormir. Vaya morro, pienso yo.
A partir de ahí, decido que no vuelvo a mirarles a la cara. Aunque salgamos o entremos al mismo tiempo al portal, yo ni los saludo. Mi marido sigue siendo educado y sí les saluda. Pero yo no, por puro principio. ¡Que aprendan a comportarse con la gente decente! Orgullosa y un poco altanera.
Durante un tiempo, no coincidimos para nada. Hasta que una tarde, al volver a casa, vemos a una joven esperando delante del portón del rellano. Al vernos, se le ilumina la cara: Soy la hermana de vuestra vecina, he venido desde muy lejos y llevo esperando tres horas a que lleguen. ¿Podría esperar en el rellano? Es que en la escalera hace mucho frío. Fuera está cayendo una nevada de esas que parten las ramas de los árboles. La dejamos pasar adentro.
Con tono algo autoritario le pregunto: ¿No eres de aquí? ¿Dónde está tu equipaje?. Me explica que lo dejó en la consigna de la estación, pensando que mañana el cuñado podría ayudarla, porque es mucho peso para cargar ella sola con esta climatología.
Entro al piso y le comento a mi marido: Si no han venido a recoger a su propia hermana que viene desde tan lejos con esta tormenta, igual es que ni es su hermana. ¡A saber quién es! A lo mejor alguna buscavidas y nosotros la hemos dejado entrar. Soy desconfiada y testaruda.
Nos sentamos a cenar, pero no consigo estar tranquila sabiendo que la desconocida está sola ahí fuera. Miro por la mirilla: la chica está pegada a la pared del rellano, intentando mantenerse caliente. Mi marido me llama para cenar, pero se me hace un nudo en la garganta y no puedo comer. Solo puedo pensar en esa invitada ajena. Él dice que la invitemos a cenar, pero yo niego con la cabeza: ¿Cómo vamos a meter a una desconocida en casa?. Aun así, le saco una silla y se la dejo en el rellano, preguntando con sequedad: ¿Por qué tu hermana no ha venido a por ti?. Ella contesta con naturalidad: Quería darle una sorpresa, está a punto de dar a luz y lo está pasando muy mal con el embarazo. He venido para ayudarle y para cuidar del bebé cuando nazca. Yo la escucho sin fiarme, ni siquiera me he dado cuenta de que la vecina está embarazada.
Cada cinco minutos me levanto a mirar por la mirilla. La joven sigue sentada tranquilamente. Mi marido se duerme enseguida, pero yo no puedo pegar ojo. Cada vez que cierro los ojos, me viene la imagen de ella sola. Para llegar aquí ha debido gastar tiempo y energías a raudales, seguro que está agotada.
Miro el reloj: casi medianoche. Me levanto de un salto, cojo una bata y salgo de mala gana al rellano. ¡Venga! ¡Entra ya de una vez! Esta noche te quedas con nosotros. Se sorprende y se alegra a la vez, pero insiste en no molestar. Le dejo una bata, toallas y la mando al baño. Cuando termina de ducharse, insisto en que cene algo. Le preparo la cama en la habitación de invitados y le deseo buenas noches. Cuidadosa y empática.
Dejo una nota a los vecinos: Tenemos a tu hermana, no la molestéis antes de las seis.
A las ocho de la mañana suena el timbre. Abro y aparece el vecino, emocionadísimo. Su mujer ha dado a luz, esa misma noche, a un niño. ¡Tenemos un hijo, un hijo!. Siento que la felicidad ajena rebota en mí y, de golpe, esa alegría se hace mía también. Es una sensación extraña y maravillosa, como si algo importante y luminoso hubiera sucedido.
Pronto, la madre y el bebé están en casa. Mi vecina no para de darme las gracias por haber cuidado de su hermana esa noche. Está radiante de felicidad.
A veces creemos que nos conocemos bien y que entendemos a los demás, nos ponemos a juzgar, discutir, o pelear con el mundo. Pero llega el momento en el que toda la rabia desaparece y uno se da cuenta de que solo se puede vivir realmente con el corazón abierto. Yo aprendí a hacerlo gracias a aquella huésped desconocida.






