Diario personal, 14 de junio
Hoy mi padre me ha recriminado por cargar a mi hija en brazos con tanta frecuencia. Dice que teme que la esté malacostumbrando, que no debo ser tan cariñosa con su nieta. Hace poco mi pequeña Lucía comenzó a gatear y, cada vez que salgo de la estancia, no tarda en seguirme, extendiendo sus bracitos para que la coja. Mi padre insiste en que la deje en el suelo, sugiriendo que así se hará más independiente y aprenderá a arreglárselas sola. Pero me cuesta horrores resistirme ante su carita suplicante; necesito abrazarla, aunque a veces me asalte la duda de si quizá la protejo demasiado.
Reconozco que soy blanda con ella, que le calmo el llanto con caricias, la rodeo de ternura y evito regañarla. Quizá, en el fondo, intento darle todo lo que sentí que me faltó de niña. Mi infancia fue dura; crecí en un centro de acogida en Alcalá de Henares después de que falleciera mi madre. Nunca llegué a conocer a mis padres biológicos. Cuando mis tíos, los padres de uno de mis primos, se enteraron de mi situación, me acogieron en casa y me proporcionaron un techo y una familia.
Los primeros tiempos fueron complicados. Mi tío era un hombre reservado y apenas mostraba afecto, y mi tía trabajaba sin descanso para sacar adelante la casa, con poco espacio para demostraciones de cariño. Siempre supe que me apreciaban, pero les costaba expresarlo en palabras o gestos. Yo me refugié en mi propio mundo de fantasía, imaginando que era una princesa querida y aplaudida en un reino de amor.
Crecí buscando la aprobación y el afecto ajenos, especialmente en el amor de pareja. Me aferraba a cualquier signo de atención y llegué a mantener una relación insana durante cinco años por miedo a no encontrar afecto en ningún otro lugar. Mi esposo actual, Rodrigo, es atento, sabe parte de mi historia y siempre me apoya, aunque ignora muchos detalles de mi pasado. A pesar de todo lo que he vivido, no puedo evitar mimar a Lucía hasta el exceso; me nace darle cada gramo de cariño posible, justo lo contrario de lo que yo experimenté en mi niñez. Siento que ella debe recibir todo lo que yo no tuve.
La verdad, aún me pregunto si hago bien, pero en mi corazón siento que el amor no puede sobrarle nunca a un hijo. Lucía merece crecer arropada y segura, sin carencias de besos ni abrazos. Si algún día soy demasiado dulce, que sea porque elegí romper el ciclo y cambiar la herencia de mi historia.







