Tras cuatro meses de mensajes, acepté quedar con un caballero de 52 años — comenzó la conversación con cinco quejas

Diario de Cristina, Madrid, martes

Dicen que la anticipación de una fiesta suele ser más dulce que el propio evento. En mi caso, la espera se alargó casi cuatro meses, convirtiéndose en una especie de serie virtual diaria, con capítulos que parecían no tener fin.

En todo ese tiempo me aprendí los gustos de Alejandro al detalle, memorizando los nombres de sus amigos de la infancia y hasta dejé de sorprenderme por su hábito de poner tres puntos suspensivos tras cada buenos días.

Tengo cuarenta y cinco añosesa edad en la que una cita ya no provoca temblores, sino una curiosidad irónica digna de exploradora. A ver qué espécimen toca hoy, pensaba mientras me arreglaba, los labios enrojecidos y la actitud desenfadada.

Soy de esas mujeres que sabe llevar un simple jersey de cashmere como si fuera una capa real, capaz de desactivar cualquier situación incómoda con una sonrisa de autoironía.

Alejandro, recién cumplidos los cincuenta y dos, parecía en los mensajes un hombre serio, reflexivo, un poco mordaz y, sobre todo, fiable.

En nuestra edad, Cristina, me escribía cada noche, la gente busca calor, no fuegos artificiales. Hace falta estar con alguien que te entienda sin palabras.

Sin palabras, pues sin palabras, me decía yo riéndome mientras me perfilaba las pestañas. Más importante, pensaba, es que las pocas palabras no den ganas de salir corriendo.

Elegimos una cafetería acogedora en Chamberí, con luz cálida y aroma a canela. Llegué puntual, compuesta, segura, dispuesta a disfrutar la tarde. No podía estar mejor.

Alejandro llegó unos minutos después. En persona, era algo más bajito que en las fotos y su mirada parecía la de quien acaba de encontrar un error grave en un informe financiero.

Se sentó enfrente, saludó breve, sonrió ligeramente. Ni rastro de un piropo o un encantado de verte.

Me miró como si estuviera pasando una inspección. Luego, sugirió pedir café y tarta. Total, nos pusimos de acuerdo.

Cristina empezó con tono de profesor antes del claustro he estado analizando nuestra comunicación. Cuatro meses. Y ahora, viéndote en persona, creo necesario aclarar cinco cosas importantes. Tengo cinco quejas para ti.

Por dentro sentí como si hubiera sonado una campanita: así suele romperse el buen ánimo. Apoyé la barbilla en la mano y asentí.

¿Cinco quejas? Qué intrigante. Te escucho.

Alejandro, ajeno a mi ironía, levantó el primer dedo.

En una foto donde llevas un vestido azul, tu figura parece diferente. Ahora veo que eres más pronunciada. Eso puede confundir a un hombre. A nuestra edad, la mujer debe ser más honesta.

Me burlé en silencio: pronunciada, es un avance… gracias por no decir monumental.

Queja dos: demora en contestar.

A veces tardas demasiado. Por ejemplo, hace tres semanas te escribí a las 14:15 y respondiste a las 16:40. Los hombres no toleran esperar. Es falta de respeto.

Creo que estaba en una reunión intenté decir, pero ya alzaba otro dedo.

Queja tres: el lugar de encuentro.

¿Por qué aquí? Este sitio es demasiado presumido. Yo propuse algo más sencillo. Eso revela tu tendencia a consumir de forma ostentosa.

Miré el latte y pensé en vaciárselo en la cabeza, pero la curiosidad pudo más.

¿Por qué ese vestido? Solo veníamos a tomar café. Es demasiado llamativo para el día. Los pendientes, el collar, sobra todo. La mujer debe atraer por su profundidad, no por el brillo. Busco contenido, no escaparate.

Y quinta: autonomía.

Has elegido el lugar, siempre dices yo sola. No dejas al hombre sentir que es hombre. Quiero una mujer que pida consejo, no que exhiba independencia. Si vamos a estar juntos, tendrás que reconsiderar tu actitud.

Terminó y cruzó los brazos, esperando una confesión o gratitud por su franqueza.

Le miré y en ese momento entendí: aquellos cuatro meses solo habían servido como máscara de un manipulador meticuloso. No buscaba calor, buscaba alguien cómodo para hacer crecer su ego.

Sabes, Alejandro le dije con voz serena yo también he analizado algo. Y me ha bastado cinco minutos para decidir.

¿Qué has decidido? frunció el ceño.

Eres un ejemplar peculiar. Has cruzado Madrid solo para pasar factura a una mujer que ves por primera vez por sus gustos, su aspecto y su derecho a ser sí misma. Eso sí que es tener autoestima en exceso.

Alejandro protestó:

Solo digo la verdad.

No negué suavemente, no eres sincero. Solo eres infeliz y quieres medir el mundo con una regla torcida. ¿Mis fotos te incomodan? Ve al museo, allí las piezas no cambian. ¿Contesto tarde? Cómprate un tamagotchi. ¿No te gusta el vestido? No lo llevo para ti, es para mí.

Me levanté, ajusté mi bolso y le miré con calma:

Y por cierto, si tu ego se tambalea por el yo sola, necesitas una terapia, no un romance. A mis cuarenta y cinco, mi tiempo es demasiado valioso para gastarlo en alguien que empieza el encuentro revisando mis defectos.

¿Te vas? ¿Y el café? masculló Alejandro.

Termina tú el café, eso te ayudará a ahorrar recursos. Y si quieres que todo el mundo te mire la boca, pide cita con el dentista.

En casa bloqueé a Alejandro en todos los chats. A mi edad, el confort es más que una manta y silencio; es tener el móvil libre de gente que pretende encasillarte en su plantilla.

¿Creéis que fue un mal flirteo o una función ensayada? Y, sinceramente, ¿merece la pena seguir con alguien que desde el primer minuto te exige pagar por ser tú misma?

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