El hombre dejó a Inés con los niños y salió, como si el viento lo llevara. Al día siguiente, una vecina, Puri, le contó una historia que abrió los ojos de Inés. Inés se casó tarde; antes estaba absorbida por sus estudios en la Universidad de Salamanca. Después se sumergió en el trabajo y allí fue donde conoció a su marido. A Ricardo lo encontró una mañana lluviosa, cuando corría hacia el despacho. Por accidente rozó su brazo y, desde ese instante, él quedó hechizado por Inés.
Esa noche, al salir del trabajo, Ricardo apareció como un fantasma: desplegó un paraguas sobre Inés y le entregó un ramo de claveles rojos. Así empezó todo. Flores, sorpresas, regalos en euros; seis meses después se casaron en una ermita en Toledo. Un año más tarde nació su primer hijo, Jaime.
Durante el embarazo, Inés aumentó de peso, pero a Ricardo parecía no afectarle. Luego llegó el segundo hijo, Diego. Inés engordó aún más, pero nunca regresó a su empleo. Se convirtió en el alma de la casa, dedicada a los niños y a preparar gazpacho. Ricardo, por su parte, montó una pequeña empresa de reparación de ordenadores en Madrid. Inés ni se daba cuenta de cómo Ricardo empezaba a alejarse, desapareciendo entre cables y pantallas. Ese año, todo se volvió más turbio: Ricardo se sumergió en el trabajo y comenzó a hacer viajes de negocios, aunque realmente nunca salía de la ciudad.
Un día, él volvió a casa y, como si estuviera hablando con alguien que no era Inés, dijo con tranquilidad:
Lo siento, me he enamorado de otra persona. Ayudaré a los chicos, pero me marcho. Perdóname, si puedes.
Inés no lo esperaba; la noticia la descolocó, como si el suelo se hubiera vuelto flamenco debajo de sus pies. Al día siguiente, Puri, la vecina, le confesó que Ricardo la engañaba desde hacía tiempo. Inés se convirtió en sombra. Ocho meses se deslizaron como agua por un canal de Segovia.
Un atardecer, el portero automático sonó. Era Ricardo, quien venía a ver a los niños. Inés cruzó unas palabras con él y desapareció rumbo a la cocina, donde le sonó el móvil. Contestó:
Hola, pensé que te habías olvidado de nosotros.
No, ¿cómo se puede olvidar la suerte? Mañana os recogeré. Estoy seguro que te va a encantar el piso nuevo en la costa. Te quiero.
Inés colgó con una sonrisa de sueño pintada en el rostro. Francisco le había pedido matrimonio y pronto vivirían juntos. Inés giró, dispuesta a entrar en la habitación de sus hijos, cuando vio que Ricardo lo había escuchado todo, como si fuera una estatua triste.
¿He llegado tarde? preguntó Ricardo, sin levantar la mirada, buscando respuestas en las baldosas.
¡Sí! gritó Inés alegre, como si lanzara una guitarra al aire.
Las palabras flotaron, y la noche en Madrid tenía sabor a novela surrealista.







