Nos trasladamos mi esposa y yo a un pueblecito de Castilla, allá por tiempos en que todo era distinto. Teníamos ya tres hijos y vivíamos sin demasiadas complicaciones. El mayor, Alonso, contaba cinco años, el mediano, Diego, tres, y la benjamina, Carmela, apenas año y medio.
Hoy quiero rememorar una experiencia que, sin lugar a dudas, me transformó para siempre. Siempre había considerado que trabajar en la mina, picando piedra bajo tierra, era lo más duro que podía haber. Cuando llegaba a casa, me dejaba caer sobre el sofá agotado. Una tarde, me tendí como de costumbre y mi esposa, Mariana, me puso a mi hijo de nueve meses en brazos y exclamó:
Alonso, toma al pequeño, que ya no siento los brazos, ¡pesa como un saco de patatas!
¡No tienes conciencia! le solté. ¿Has estado todo el día en casa y ahora me pides que bregue yo con los niños? ¡He pasado el día entero en la mina!
Mariana, sin responder palabra, se marchó a la cocina.
Medio año después falleció una tía lejana. Era la abuela de Mariana, a quien había criado como si fuera su propia hija, y, claro, tenía que ir al entierro y arreglar todos los papeles. Decidimos que ella viajaría y yo me pediría unos días libre para quedarme a cargo de los niños.
Confieso que en el fondo me ilusionaba pasar tres jornadas enteras con ellos, aunque nunca lo habría admitido antes. Pasamos la mañana en la cama, remoloneando hasta casi la hora de la comida, comimos un plato de gazpacho que Mariana nos había dejado preparado de víspera, y tras la comida me tumbé a echarme otro rato.
Pero no fue posible dormir nada. El mediano se quedó frito, pero los otros no querían saber nada de siesta. Por la noche, eso sí, cayeron rendidos. Ni siquiera pudimos salir a dar el paseo que Mariana tanto insistía en que no faltara cada día. Creí que todo iba bien.
Al día siguiente, el caos se adueñó de la casa. Di un poco de pan con aceite a los mayores y a la pequeña quise prepararle una papilla con leche. La medí al ojo y, evidentemente, se me pegó al cazo. Carmela rehusó probar bocado. Calenté algo de leche y le di trocitos de pan; hasta ahí llegué.
Cuando llegó la hora de salir, el mayor se vistió solo. Tuve que ayudar al mediano y la pequeña no se aclaraba, con los brazos y piernas enredados en la ropa. En cuanto estoy subiéndole las medias a Carmela, Diego me grita:
¡Papá, quiero ir al baño!
¿Y por qué no has ido antes? le pregunté.
No quería, papá.
Mientras ayudaba a uno, el otro pedía algo distinto. Al final, Alonso se quejaba a gritos:
¡Estoy sudando como un pollo, papá!
Salimos a la calle. Me preguntaba por qué había que cumplir con el paseo a diario; para mí, aquella era una experiencia que deseaba no repetir.
Regresamos a casa con bolsas y abrigos; el caos era absoluto. Tocaba darles de comer. Los dos mayores aún se portaban, pero yo ya no tenía ánimo para intentar otra papilla. Hice un puré de patatas. Mientras pelaba los tubérculos, los niños a mi alrededor no paraban de llorar y gritar. Logré alimentarles, pero ya estaba pensando en qué más podía preparar después.
Puse al fuego un puchero para hacer sopa, me recosté unos minutos y de pronto me despertó un hedor insoportable a quemado. La futura sopa había llenado la cocina de humo negro.
Tras la comida, miré el destrozo que reinaba en la casa y ni siquiera acertaba a recordar quién había provocado qué desastre. Al final, bañé a los tres, los cambié de ropa y, por fin, el mayor y el mediano se durmieron.
Al buscar el chupete de la pequeña, desaparecido quién sabe dónde, sentí que habría cambiado todos mis ahorros por encontrarlo. Carmela lloraba desconsolada porque, sin su chupete, no quería ni acercarse a la cama.
Desesperado, corrí en pijama a casa de la vecina. Eran ya las doce de la noche pasadas.
¿Qué pasa, Alonso? preguntó abriendo la puerta.
¡Por favor, Inés, sálvame! Necesito un chupete, la niña no para de llorar y sin él no se duerme.
Sólo tengo uno, y está viejo.
Dame el que sea, no hay elección ahora mismo.
Volví a casa, la tribu entera lloriqueando. Yo mismo ya no sabía dónde refugiarme. Lavé el chupete y se lo di a la pequeña. Por fin, todos se durmieron. Me llevé las manos a la cabeza mirando el estado de la casa. Miré al cielo y musité:
Señor, perdóname. Te prometo que ayudaré a mi esposa. Por favor, haz que vuelva pronto.
Debería haberme puesto a recoger, pero me venció el sueño en medio del desorden. Al amanecer, empecé a limpiar, sin saber ni por dónde comenzar.
Entonces, se abrió la puerta y apareció Mariana de regreso.
¿Qué tal fue todo? me preguntó sonriendo.
Me abracé a ella sin querer soltarla. Me ayudó a poner la casa en orden y me contó que, además de todo, había encontrado un comprador para la casa. El viaje le había salido bien. Le supliqué que comprara treinta chupetes, ¡por si acaso!
Si hubieras tardado un día más, me habrían encerrado en el manicomio le dije entre risas.
Nunca más volví a pensar que la mina era lo más duro de la vida. Ser madre, supe entonces, era el oficio más difícil del mundo. Lo otro… era pan comido.







