Hemos tomado una decisión conjunta mi esposa y yo de vivir en habitaciones separadas. Esto es lo que ocurrió

Hace más o menos un año, mi mujer y yo llegamos a la conclusión, tras un par de intensos debates y alguna que otra mirada fulminante, de que lo mejor era separarnos pero solo de habitaciones, no de vidas. Así que ahora cada uno duerme y vive en su propio cuarto para no aburrirnos ni sacar de quicio al otro. Al final, cada uno tiene su universo y sus manías.

Por ejemplo, a mi mujer, Cayetana, le encanta escuchar música a todo volumen y, por supuesto, jamás usa auriculares. Yo, en cambio, soy devoto de la lectura silenciosa. O me engancho a los culebronespero de los que emiten a la hora de la siesta, que tienen más drama por minuto. Además, alguna vez me toca traerme trabajo a casa y ponerme a hablar por teléfono con clientes. En esos casos, es un fastidio interrumpirla, claro. Así llegamos a la brillante y civilizada decisión de vivir por separado… aunque sólo hay dos habitaciones en el piso y parecemos la versión doméstica de la ONU.

Pero creedme, la mejor regla que hemos instaurado ha sido la de no se entra en una habitación sin llamar antes. Es glorioso: tú, en tu habitación, a tus cosas, y nadie viene a pedirte nada ni a preguntarte si tienes hambre o si sabes dónde están las llaves del coche. ¿Y por qué tanto misterio con llamar a la puerta? Pues porque así parece que la vida tiene un poco más de emoción, hombre.

De pequeño yo tenía mi cuarto, claro, pero la puerta siempre estaba abierta y mis padres entraban sin llamarque si qué haces, que si estudias, que si parece que duermes mucho, que si la luz encendida… Siempre tenía que improvisar una excusa. No es que me regañaran, era lo normal, pero uno nunca acababa del todo cómodo.

Ahora, cuando quiero estar solo, le digo a Cayetana tras la barrera de la puerta cerrada que estoy ocupado, y si no quiero hablar pues no pasa nada, puerta cerrada y aquí paz y después gloria. Y ella tampoco irrumpe al grito de ¿Has visto mi móvil?. Cada uno va a lo suyo. ¡Esto sí que es vida!

El placer de tener espacio propio es la cumbre del bienestar. En mi cuarto hago lo que me da la gana. Ni pido permiso ni consulto con nadie. Mis cosas están donde yo quiero, y si me apetece que haya un poco (o bastante) desorden, tampoco pasa nada, no viene nadie a darme la charla.

Además está ese punto de intriga… ahora hay fronteras clarísimas entre lo mío y lo suyo. Y eso tiene su aquel. Respeto su espacio y, si quiero pasar a su habitación, le pregunto. Cuando dice que sí, hasta hace ilusión, oye. No es como antes, que entrar y salir era como ir a por agua a la cocina.

Se parece un poco a cuando hablas con una chica que aún no sabes si te va a decir que sí a un café después del trabajo: esa incertidumbre lo hace más emocionante.

Muchos hombres reconocen que, en cuanto empiezan a convivir muy pegados, se pierde un poco el chisporroteo, todo se vuelve tan rutinario como el parte meteorológico. En cambio, tener cada uno su guarida soluciona muchísimos problemas de pareja.

Y las conclusiones a las que he llegado

Vamos a ver, si eres de los pudientes y tienes un chalet en las afueras de Salamanca con diez habitaciones y seis baños, esto que te cuento ni te sorprende; ya lo haces desde siempre. Pero para los mortales como nosotros, esto es, sinceramente, un regalo caído del cielo.

Conozco a quienes, teniendo dos habitaciones, siguen metidos en la misma, codo con codo día y noche, como si fueran dos sardinas. Efectivamente: en la otra suelen estar los niños. Y si hay una tercera, es “la de invitados”, por si acaso viene la abuela o alguien importante. Pero, sinceramente, ¿qué sentido tiene? Ni el marido ni la mujer tienen un sitio propio. Hasta en los pisos más normales, creo que es fundamental que cada uno tenga su pequeña república independiente para sobrevivir a la convivencia y, además, reírse de vez en cuando de lo poco que cuesta poner una simple puerta… y llamar antes de entrar.

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