Hace ya varios años, nos mudamos a un barrio nuevo en Madrid. Antes de eso, mi hija solía ir a la escuela de la urbanización, andando cada día, hasta que se volvió realmente incómodo y decidí que sería más sensato buscar una escuela más cercana.
Encontramos un colegio a poco más de un kilómetro de nuestra casa. Como trabajaba desde casa, podía permitirme llevar a mi hija en coche y recogerla cada tarde. El nuevo colegio era muy moderno, siempre había alguna actividad interactiva, y los profesores eran muy agradables. Los conocí en varias reuniones escolares. De todos ellos, me cayó especialmente bien Martina, la profesora de lengua castellana, quien además era la tutora de la clase de mi hija.
Curiosamente, Martina vivía al lado de nuestra vivienda. Desde que mi hija cambió de escuela, coincidíamos a veces en el parque, en la plaza o en la panadería del barrio. Una mañana, mientras salía de casa, la vi caminando directamente hacia mí. Era temprano, sabía que se dirigía al colegio. No tuve más remedio que ofrecerle llevarla en coche al trabajo.
Martina, siéntate Lucía está a punto de salir y nos vamos juntas al colegio.
Ella aceptó sin problema. No supuso ninguna molestia para mí. Montamos en el coche, me agradeció y se fue. Lucía estaba algo incómoda por eso de llevar a una profesora en coche. ¿Tan malo es tener amigos entre los maestros?
Aquellas casualidades ocurrieron varias veces, depositándola en el colegio. Fue sólo después, al pensarlo, que me di cuenta de que se repetía ese patrón improbable.
Un par de veces más, la llevé por pura coincidencia. Y en abril, recibí un mensaje.
Buenos días. ¿Vas hoy al colegio?
Era Martina, la maestra. Le respondí que sí. Miré por la ventana ya estaba esperando junto al coche, casi pisándose los pies de impaciencia. Mi hija no estaba preparada para aquella situación, ni yo misma, por ser sincera. Salí y caminamos hacia el garaje.
Me dio las gracias por llevarla. Estoy encantada de ir contigo hoy. He traído tres paquetes de cuadernos, pesan muchísimo y me costaba llevarlos.
No podía negarme, pero supe que así no podíamos seguir. Había que tomar una decisión. Era evidente que la profesora tenía mucha confianza. Decidí lanzar la siguiente propuesta:
Martina, ¿qué te parece si mañana quedamos a la misma hora y nadie espera a nadie? Así te llevaremos en coche sin compromiso.
Esperaba que declinase por educación.
¡Ay, qué maravilla! ¡Eso significa que podré dormir veinte minutos más cada día! Así está la cosa. Te esperaré a las ocho cada mañana.
¡Vaya negocio! Mi hija me miraba de reojo, claramente molesta. Ahora, al recordarlo, pienso cómo podría haber resuelto aquella situación. Tal vez vuelva al puesto en la papelería. Porque, sinceramente, no encuentro otro motivo razonable para negarme a llevar a una profesora…







