Porque es más cómodo

Porque es más cómodo

Hace ya muchos años, recuerdo ver a Leonor junto a la cocina, perdida en sus pensamientos, mientras el agua hervía en la cacerola.

Era una tarde común de un martes cualquiera en Madrid. Como casi siempre, él estaba sentado en el salón, absorto en su móvil, con esa cara de cansancio perpetuo y ceño fruncido. Y con la promesa, tan repetida, de hacía justo un mes:

Me voy a poner las pilas. Buscaré un trabajo decente. Se acabó perder los papeles. Solo aguanta un poco más. Ya verás cómo cambia todo. De verdad que estoy pasando una mala racha.

Leonor aguantaba.

Cuando el agua borboteaba, echó la pasta en la olla, la removió, y apagó el gas. No había ganas de cenar, pero había que cocinar. Para él, que seguro tendría hambre.

La cena está lista dijo, sabiendo que nadie contestaría.

Silencio en el pasillo.

Al cabo de un rato, se secó las manos con el paño y entró al salón. Él seguía allí, deslizando el dedo por la pantalla, como si el mundo a su alrededor no existiera.

¿Vas a comer? preguntó.

Sí, ahora sin despegar la vista del móvil.

Asintió, se sentó en el sofá y esperó.

Pasaron diez minutos. Quince.

Volvió a la cocina, puso la mesa con calma, y de nuevo se sentó. Él seguía, ensimismado, con las historias que veían sus ojos.

Se va a enfriar murmuró ella.

¡Joder! lanzó el móvil al sofá como si ella fuera la culpable de todos sus males. Siempre escoges el peor momento. Ya voy, ¿vale?

Caminó hasta la cocina, se sentó frente al plato, y comió deprisa, mirando a la pared, sin pronunciar palabra.

Leonor se sentó enfrente. Quiso preguntarle por su día, contarle lo que había ocurrido en la oficina. Pero la voz se le quedó en la garganta.

Sabía de sobra cómo iba a terminar la escena.

Quizá él no contestaría. O lo haría en monosílabos. O con esa mirada de hastío que a ella le hacía avergonzarse solo por intentar hablar.

Gracias masculló él, dejando el plato en el fregadero. Me voy a tumbar, que me duele la cabeza.

De nuevo, Leonor se quedó sola.

***

¿Y desde cuándo va así la cosa? frunció el gesto Carmen, una amiga de siempre, cuando se encontraron aquel sábado en una cafetería de La Latina.

Ya hace tres años.

¿Tres años de dolores de cabeza y promesas?

Leonor asintió.

Carmen se reclinó en la silla, la miró largo rato, con esos ojos serios de la gente que no se anda con rodeos.

Escucha, Leonor. Te lo voy a decir sin delicadezas. Espero que no te enfades.

Dímelo.

¿Pero tú te escuchas?

Leonor casi se atragantó con el café.

¿A qué te refieres?

A que ahí sigues, esperando que acabe su supuesta mala época. Y te digo ya que no va a acabar nunca. Porque así le resulta más cómodo.

No entiendes. Las cosas le van mal. El trabajo, los nervios

A todo el mundo se le tuercen las cosas la interrumpió Carmen. ¿Y qué? ¿Le grito yo a mi marido cuando en el curro me explota todo? Yo llego a casa y le digo dame un abrazo, estoy hecha polvo. Él grita, se encierra en sí mismo, promete, vuelve a gritar. Y tú lo asumes, tragas. ¿Para qué?

Sigo creyendo que puede cambiar. Espero que lo haga.

¿Esperas? sonrió Carmen, triste. Leonor, los adultos cambian cuando quieren. Y él no quiere. Tiene lo que necesita: tú cocinas, tú esperas, tú justificas. ¿Para qué cambiar? Sabe que puede no esforzarse, que la mesa estará puesta y el hogar será cálido.

Leonor buscó palabras para decirle que Carmen no lo conocía de verdad, que estaba segura de que, si él se esforzaba, sería como antes, como aquel chico que le robó el corazón.

Pero no pudo.

Sin querer, le vino a la mente la escena de la noche anterior. Aquella cara suya ante la cena, aquel fastidio porque la comida se enfriaba, la espalda dándole la espalda mientras se tumbaba en la cama, con el móvil, sin mirar atrás.

Y entonces fue consciente: ya ni recordaba cuándo fue la última vez que él la miró a los ojos.

Simplemente la miró. No con cansancio, ni a través de ella. Sino como viendo, de verdad, a quien tenía delante.

***

Pagó el café, se despidió de Carmen y volvió a casa caminando despacio, arrastrando los pies por las aceras de Madrid, como si pesaran una tonelada.

La casa estaba oscura. Él dormía.

Se quitó los zapatos, caminó a la cocina, se sentó en esa misma silla de la noche anterior y se quedó mirando por la ventana hasta que el alba asomó por los tejados.

***

El lunes amaneció como siempre.

Él salió rumbo al trabajo, dando un portazo, sin un beso ni un adiós.

Leonor se arregló y cogió el autobús para ir al dentista. Llevaba una semana con dolor de muelas, pero nunca encontraba el momento: que si hacer la cena, escucharle, recoger lo que él dejaba.

En la sala de espera había una chica joven, guapa, el móvil en la mano. Hablaba por videollamada, sin preocuparse por quien pudiera escucharla.

Álvaro, te lo pedí por favor, dijiste que vendrías a buscarme cuando saliera del dentista. Me da miedo salir sola. Por favor Entiendo que tienes trabajo, pero lo prometiste.

Pausa.

No, no puedo cambiar la cita. Llevo un mes esperando. Por favor, solo te pido que estés aquí. Eres mi chico.

Otra pausa.

Vale. Lo entiendo.

La chica colgó y guardó el móvil. Se echó a llorar, en silencio, mirando la pared.

Leonor estaba sentada junto a ella y, en ese momento, se reconoció en aquella joven.

Se vio a sí misma, tres años antes: rogando, esperando, llamando, convencida de que si explicaba, pedía, aguantaba él lo entendería y todo cambiaría. Volvería a ser el mismo al que amó.

Chica susurró Leonor, ¿cómo te llamas?

Marina sollozó la muchacha.

No suelo meterme en la vida de nadie, pero permíteme decirte una cosa.

La joven levantó la mirada.

Si alguien te trata así, no es porque no entienda nada o porque su vida esté patas arriba. Lo sabe perfectamente. Lo hace porque le es cómodo. Sabe que no tiene que esforzarse, que ahí seguirás, esperando. Las promesas no valen de nada. Mira los hechos, no las palabras.

La muchacha la escuchaba sin pestañear.

¿Y si de verdad me quiere? preguntó en un hilo de voz.

Si te quiere, no te hará daño. Le dolerá verte así, buscará tu risa, tus ganas, no tu silencio para hacer su vida como le da la gana.

Llamaron a Marina para entrar a consulta. Se limpió las lágrimas, susurró:

Gracias.

Y desapareció tras la puerta.

Leonor se quedó allí, sorprendida por una sensación extraña: como si acabara de hablar consigo misma.

***

Aquella noche, al llegar a casa, le vio otra vez pegado al móvil.

Tengo hambre gruñó, sin mirarla a la cara. ¿Dónde te metías?

Fue a la cocina, abrió la nevera, sacó los ingredientes.

Encendió la sartén. Echó aceite. Cortó cebolla.

De pronto, se quedó quieta, el cuchillo en mano.

No pienso cocinar dijo en voz alta.

Silencio.

Apagó el fuego, guardó la sartén y se limpió las manos. Fue al salón.

No voy a preparar la cena repitió. ¿Lo entiendes?

Él levantó la mirada, sorprendido.

¿Qué estás diciendo?

Lo que oyes. Eres un adulto. Si tienes hambre, cocínate. O pide algo. O vete al súper. Yo no soy tu criada.

Apartó el móvil y se incorporó.

¿Estás loca? ¿No ves que estoy agotado?

¿Y yo no? le sostuvo la mirada. Por primera vez en mucho tiempo. Yo también trabajo. También tengo hambre. También quiero que me cuiden.

Ya estamos otra vez puso los ojos en blanco. Siempre con lo mismo. Perdona si no soy perfecto. Tengo una época complicada

¿Complicada? repitió Leonor¿Tres años? ¿Sabes qué he entendido?

¿Qué?

Que todo esto lo haces porque te es más cómodo. Sabes que tolero, que cocino. Que no me voy a ir. Y te aprovechas. No porque seas malo, sino porque puedes.

Él calló.

Leonor se dirigió al dormitorio.

Cerró la puerta.

Se sentó en la cama y lloró.

Pero fue un llanto diferente.

No el de tantas noches de ahogo. Ni el de cuando él prometía y no cumplía.

Eran lágrimas de alivio.

***

El martes Leonor se despertó antes de que sonara el reloj.

Él seguía dormido.

Recogió sus cosas.

Escribió en un papel: Adiós. No me llames.

Dejó la nota en la cocina.

Antes de salir, miró alrededor.

La luz de la mañana llenaba el piso de una tranquilidad serena.

Cerró la puerta.

Por primera vez en tres años, se sintió libre.

***

Medio año después, Leonor se cruzó con Carmen en el mismo café del barrio.

¿Y el tuyo? le preguntó Carmen.

Ni idea encogió los hombros Leonor. No ha llamado.

¿Y tú?

Yo de maravilla. Voy al psicólogo, he aprendido a escucharme. ¿Y sabes qué es lo gracioso?

Dímelo.

Siempre temí que, sin mí, él no se apañaría. Y resulta que no se ha perdido. Ya tiene otra. Como el que cambia de camisa. Como si yo nunca hubiera existido

Leonor sonrió. Tranquila, de verdad.

***

El sábado por la noche llamaron al timbre.

Vio por la mirilla y, durante un instante, el corazón le dio un vuelco. Pero no, se mantuvo serena.

Ahí estaba él. Más delgado, barba de días, con un ramo cualquiera de flores, comprado a toda prisa.

Ábreme murmuró desde el otro lado. Necesito hablar.

Leonor se quedó callada.

He cambiado, lo juro. Aquella chica fue un error. No sé vivir sin ti. Por favor, ábreme.

Ella apoyó la frente en la puerta fría.

Javier, solo estás aquí porque ahora la otra ya no te quiere contigo. Y verte solo te incomoda.

¿Pero qué dices? ¿Te has vuelto loca? ¡Estoy aquí humillándome Ábreme!

Insistió, gritó, manoteó la puerta, hasta que se cansó y se fue.

Leonor se sentó en un taburete del recibidor.

Dentro, un silencio nuevo.

No abrió la puerta.

Por primera vez, elegía pensar en sí misma.

Y ese, al fin, era el final. Para ella.

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