Simplemente no tenemos suficiente para una vivienda – mi cuñada piensa que mi piso debería venderse en beneficio de la familia.

Querido diario:

Hoy me he estado acordando de todo el camino que hemos recorrido Álvaro y yo desde que nos conocimos. Llevamos casi siete años casados y, antes de eso, ya éramos amigos de toda la vida. Los dos hemos trabajado muchísimo y conseguimos ahorrar lo suficiente para poder construir nuestra propia casa cerca de Madrid; todo lo hemos hecho juntos, con nuestras manos y muchísima ilusión.

Antes de mudarnos a la casa, vivíamos en el piso de Álvaro, que él mismo reformó justo antes de la boda. A pesar de los años que han pasado, el piso sigue estando en un estado impecable; la verdad es que supimos cuidar muy bien de él.

Cuando finalmente nos mudamos a la nueva casa, ni siquiera se nos cruzó por la cabeza la idea de alquilar el piso antiguo; no queríamos arriesgarnos a que se estropease o que alguien lo dejara peor de lo que estaba. Al final, decidimos dejarlo tal cual, vacío, esperando el momento indicado para hacer algo con él.

Hace seis meses, mis padres nos regalaron otro piso, este en el centro de Madrid. No tenía sentido venderlo, porque ya habíamos cubierto la mayoría de los gastos de la casa y realmente no lo necesitábamos para nada urgente.

Álvaro y yo hablamos sobre hacerle algunas reparaciones estéticas al nuevo piso y cambiar algunos muebles para que, si algún día decidimos alquilarlo, esté en condiciones decentes y no acabe en mal estado.

Hasta ahora, el piso ha estado totalmente vacío y tranquilo, pero eso ha llamado la atención de mi cuñada Teresa durante una de las sobremesas familiares.

Teresa empezó a comentar que teníamos dos pisos parados, sin utilizar. Según ella, está bien tener uno por si acaso, pero tener dos es un desperdicio, sobre todo cuando hay familias con necesidades.

El tema es que ella y su marido llevan tiempo planeando comprarse una casa, pero andan justos de dinero y no se atreven a meterse en una hipoteca todavía, dado que sus trabajos no les permiten ahorrar lo suficiente.

La conversación se volvió bastante incómoda. Teresa empezó a exponer su punto de vista: según ella, deberíamos vender uno de nuestros pisos y darles a ellos el dinero para que pudieran comprarse su casa. Lo que sobrara, lo podíamos meter en el banco y así generar intereses. Claro que, según ella, no era un regalo: prometían devolver la cantidad con el tiempo, aunque eso podría tardar algunos años.

Noté que Álvaro se revolvía en la silla, incómodo. Nosotros siempre intentamos ayudar a la familia cuando podemos, tanto con nuestro tiempo como con ayudas económicas puntuales, pero lo que pedía Teresa era demasiado.

Al final preferí ser yo quien le respondiera. Se lo dije con toda la calma posible: lo que pedía era un asunto muy serio. Si ella y su marido se quedaban con un piso, nosotros solo tendríamos un pequeño capital guardado en el banco, pero nos quedaríamos sin la seguridad de tener una vivienda extra. Además, nadie nos garantizaba el plazo en que podríamos recuperar todo ese dinero, y ante cuestiones tan delicadas y de gran envergadura económica, hay que ser muy prudentes, incluso dentro de una familia.

No fue ninguna sorpresa que la conversación se volviera más fría. Teresa me miró con cierto rencor y Álvaro rápidamente cambió de tema. La verdad es que estas situaciones me hacen reflexionar sobre lo complicado que es a veces mezclar familia y dinero en España, donde las tradiciones familiares y la propiedad de la vivienda son tan importantes. Pero me reafirmo: prefiero ser cauta y asegurar el futuro de nuestra familia, aunque a veces eso suponga pasar por momentos incómodos.

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