Cuando me jubilé, me mudé de un piso de tres habitaciones a un estudio. No me he arrepentido ni un solo instante de esta decisión.

En el momento en que me jubilé, vivía solo en un piso grande con dos habitaciones en el centro de Valladolid. Como tantos otros jubilados en nuestro edificio, habitaba un espacio mucho mayor del que realmente necesitaba. Cuando los hijos son pequeños y la familia comparte techo, un piso amplio es imprescindible, pero cuando todos han seguido su propio camino, el vacío del espacio libre llama a la nostalgia y a la soledad. No es la mejor opción, y menos aún para el día a día: era la hora de pensar en reformas, pero ni las fuerzas ni la pensión bastaban ya para los cambios y mejoras que harían falta.

Solo en pagar la luz, el agua y la calefacción se me iba casi la mitad de la pensión, mientras apenas pisaba la mitad de los metros cuadrados. La limpieza ya me sobrepasaba: limpiar cristales, fregar suelos, mantener en orden tres habitaciones me agotaba.

Sabía que debía mudarme, pero lo pospuse durante mucho tiempo. Había tomado cariño a mi piso y mi barrio; las dudas me asaltaban a cada momento. Todos mis amigos y la vida que conocía estaban allí, y la idea de marcharme me resultaba dolorosa. Pero la gota que colmó el vaso fue comprender que ya no podía mantener ese piso grande, ni económica ni físicamente: ni la edad ni la salud ayudaban.

Mis familiares me ayudaron a organizar la mudanza, porque sola no podría haberlo hecho. Mi hija, Sofía, y mi yerno, Alejandro, me ayudaron a encontrar un nuevo hogar y se encargaron de las pequeñas reformas necesarias. Aunque el nuevo piso tenía solo una habitación, jamás me he arrepentido de la decisión.

Para un jubilado solo, un apartamento pequeño es perfecto. Ahora ahorro mucho en las facturas y hacer la limpieza me lleva apenas una hora; el resto de la semana, mantenerlo ordenado me ocupa solo diez minutos al día.

No siento que me falte espacio: todo lo necesario, muebles y electrodomésticos, encaja cómodamente y aún queda sitio libre.

Los antiguos propietarios dejaron un gran armario de esquina, que ahora me sirve como despensa; en el balcón puse unas plantas y algo de almacenaje. En la sala, solo el mobiliario imprescindible: un sofá, un mueble bajo, una mesa de centro sencilla.

La vajilla vieja, muebles y otros trastos que nunca usaba pero guardaba por costumbre, los saqué; aquí no caben, y tampoco me hacían falta, solo se acumulaban con los años.

Muchos piensan que un piso de una habitación es demasiado pequeño para vivir cómodo. Es cierto, si a alguien se le ocurre quedarse a dormir no hay mucho donde alojarle. Pero yo no acostumbro a recibir visitas que pernocten, y ni se me pasa por la cabeza habilitar otra cama si tengo el espacio. Prefiero no dejar que nadie pase la noche; con los años, he adquirido mis rutinas y manías, y alguien extraño en casa solo me alteraría. Como no hay cama extra, nunca me lo pide nadie.

Mi hija y su familia viven cerca; cuando me visitan, tras varias horas juntos, se van de vuelta. Mis amigas también vienen de vez en cuando, pero cada una regresa a su hogar al final del día. Pueden querer quedarse, pero no me parece cómodo compartir una sola habitación.

Cada uno tiene su propia idea de dónde pasar la vejez. Hay quienes prefieren permanecer en el piso familiar, aunque sobre el espacio, y otros que no dudan en cambiar a algo más modesto. En mi caso, no necesito un piso grande; si la salud y el dinero lo permiten, con uno de una habitación me vale.

Creo que, al decidir quedarse o mudarse, los jubilados debemos mirar más allá de los metros cuadrados:

Una buena ubicación tener una farmacia, un supermercado y un centro de salud cerca es fundamental;
No estar lejos de donde viven los hijos, para que las visitas no supongan un esfuerzo;
Tener un parque o una plaza cerca para poder pasear tranquilamente.

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