La crisis de la mediana edad

Crisis de la mediana edad

Álvaro miraba a su mujer, Belén, que se movía con prisa entre cazuelas y sartenes. Su expresión era de desaprobación apenas disimulada.

¿Y ahora qué? Caminadora: comprada. Abono para el gimnasio y la piscina: pagado. ¿Y el resultado dónde está? ¿Dónde quedó aquella diosa que era mi Belén hace veinte años?

Belén, ¿qué planes tienes para hoy? preguntó Álvaro.

Por la mañana tengo unas reuniones con clientes, después voy al gimnasio y a la piscina, luego recojo a Marcos del colegio y después tengo que preparar la cena. ¿Por qué lo preguntas?

Por nada, por preguntar respondió Álvaro, mientras pensaba: Bueno, al menos va al gimnasio y hace ejercicio… Igual no todo está perdido, quizá con tiempo logre perder esos kilos de más.

Después del desayuno, Álvaro se vistió como de costumbre, salió del piso y se acercó a su viejo Seat aparcado en la calle. Todos sus movimientos eran mecánicos, hasta que esa mañana miró su coche con una sensación nueva: era hora de cambiarlo, venderlo y usar el transporte público. Bajó la mirada a sus zapatos, a sus pantalones ya gastados; suspiró hondo. Su ropa estaba tan anticuada como el coche.

El día ya empezaba torcido.

¿Y qué otra cosa podía hacer? Se subió al coche, arrancó y fue camino de la oficina.

…………………

En el trabajo, el mal humor de Álvaro se agravó. El jefe había pedido que fueran el sábado por supuesto, sin pagarlo. Entre los compañeros corría el rumor de que pronto habría despidos, sobre todo entre la gente que tenía más años.

A mí aún me queda para la jubilación intentó bromear Álvaro.

Te quedan, pero ya tienes cuarenta. Y cuarenta, amigo, ya pesa le respondió un compañero, medio en broma, medio en serio.

El ánimo de Álvaro se hundió un poco más.

Era verdad. Ya tenía incluso algo más de cuarenta. Y aunque era trabajador y cumplía siempre con su deber, llevaba más de diez años allí y nunca le habían subido el sueldo ni una palmadita en la espalda. Y ni siquiera un mísero gracias. El dinero, los reconocimientos… eso al final no importaba tanto. Lo que de verdad dolía era esa indiferencia, esa rutina que asfixiaba.

Intentó concentrarse en la pantalla, obligarse a trabajar, pero todo en él se resistía. Todo ese trabajo le parecía pequeño, inútil.

¿De verdad soñaba yo con esto de niño?, pensó. Y se respondió a sí mismo con amargura: No. Él quería trabajar la madera, crear muebles con sus manos. Dar alegría a la gente. Pero su madre le dijo que eso eran tonterías y le obligó a estudiar contabilidad.

Y aquí estaba, sentado en este despacho después de una década, dándose cuenta de que había desperdiciado su vida: un trabajo que detestaba, una esposa que siempre estaba de mal humor, un hijo mayor que lo despreciaba abiertamente. Y, aunque le dolía admitirlo, el chico tenía razón. ¿Había conseguido acaso algo de lo que sentirse orgulloso? Nada. Estaba en la mediocridad, ni carne ni pescado. Pero sobre todo, no era feliz. ¿De verdad, todo había sido para esto? ¿Era tarde para cambiar?

……………..

Pasó un día, luego otro, y Álvaro seguía igual, atrapado en la desgana.

¿Llamo a Samuel y me tomo unas cañas en el bar? ¿O me acerco al río a pescar? ¿Unos pinchos quizás?

Cogía el móvil y al instante le entraba la tristeza: lo dejaba, regresaba distraído a la pantalla y los números.

Álvaro, me han dicho que eres el mejor analista del departamento dijo de repente Ana, la secretaria del director, pasando por su mesa. Batía las pestañas, le sonreía, con ese gesto pícaro y encantador que movía su corazón sin avisar. Álvaro sintió el impulso de abrazarla, protegerla, hacer cualquier cosa por complacerla.

¿En qué puedo ayudarte, Ana? contestó.

Ella le explicó durante media hora su problema, él se lo solucionó en cinco minutos, y después escuchó durante otros diez más sus elogios y agradecimientos.

Ana, ¿te apetece tomar un café conmigo? se sorprendió Álvaro proponiéndolo, sin saber de dónde sacaba de pronto esa osadía.

Venga, vale aceptó Ana con una sonrisa cómplice. Cuando termines, ven a buscarme.

Salió del despacho y antes de cerrar la puerta le lanzó un beso volado.

Decir que Álvaro se sorprendió era quedarse corto: estaba desconcertado. ¿De verdad podía gustarle a una chica joven? Él, que conducía un coche viejo y siempre llevaba el mismo traje desde hacía cinco años, que era experto en buscarle pegas a todo… Asombroso.

Por supuesto, a las seis en punto fue a buscar a Ana.

¡Ya estoy aquí! anunció, emocionado por dentro.

Perfecto. Yo también estoy lista.

Se levantó, cogió su bolso y fueron juntos a la cafetería. Ana fingió ser más experimentada de lo que era; pero Álvaro, en el fondo, se aburría. A la media hora comprendió que no tenían nada de qué hablar, y buscó la forma de despedirse cuanto antes.

¿Sabes por qué me gustas? preguntó de pronto Ana.

No, dime respondió intrigado: ¿qué podía atraer a una joven a un hombre que sacaba casi veinte años?

Contigo se puede hablar dijo ella, y sonrió.

Álvaro estuvo a punto de reírse: con él se podría hablar, sí, pero Ana ni siquiera sabía mantener una conversación.

Ana, gracias por el café. ¿Te acompaño a casa? dijo, y fue así: la acompañó, la dejó en la puerta, y ni siquiera se le pasó por la cabeza besarla. Aburrimiento. Todo era insulso, previsible. Podía imaginar el final y no sentía ni mínima emoción.

Mientras volvía a casa, Álvaro pensaba: No es esto lo que quiero. No lo es… Se compadeció un poco, llegó a casa de peor humor.

¿Dónde estabas? le recibió Belén en la cocina. Pensé que hoy volverías temprano y me echarías una mano.

¿Ayudarte en qué? se encogió de hombros Álvaro. Todavía vengo de trabajar.

Entonces vio cómo los labios de Belén temblaban, cómo se mordía una lágrima y salía corriendo hacia el dormitorio.

¡Belén!

¿Su Belén llorando? Eso nunca había pasado. Ella, siempre animada, siempre optimista, nunca perdía los papeles. ¿Qué había pasado?

¡Belén! ¿Qué te pasa?

Por supuesto, Álvaro fue tras ella.

¡Pasa de todo! A ti te da igual lo que me pasa, lo que les pasa a los niños, lo que ocurre en esta casa. Te digo lo que necesito y tú me lo prometes, pero nunca lo haces. Hoy tenía que ir con Marcos a que le sacaran sangre y me dijiste que venías conmigo, que porque a mí me cuesta convencerlo. Él te necesita, Álvaro. Tiene miedo. Y, claro, no has venido. Otra vez me has fallado…

Belén, es una tontería… intentó justificar.

No es ninguna tontería. Son los miedos y necesidades de tu hijo. ¿Qué te pasa, Álvaro?

Perdóname. Tienes razón. He fallado.

Álvaro se sintió aún peor.

Y respecto al trabajo… Que sepas que yo también trabajo. Y encima me encargo de toda la casa. Has puesto sobre mí todas las responsabilidades. Hay que revisar nuestra vida de arriba a abajo.

¿Mamá, os estáis peleando? asomó su hijo mayor, Javier.

No pasa nada dijo Álvaro.

Javier los miró, desconfiado, y cerró la puerta.

Belén… Estoy cansado, ¿vale? Cansado de todo esto…

¿Cansado de nosotros?

No exactamente. Cansado de todo. Yo…

Mira, Álvaro, si de verdad no estás a gusto con tu vida, busca la fuerza y cámbiala. No te agarro. Haz lo que tengas que hacer.

Belén no esperó sus explicaciones. Salió y se fue con los niños. Álvaro la oyó jugar con Marcos y Javier, y sonrió amargamente: Belén siempre supo llegar a ellos, él jamás.

………………………

Álvaro se despertó a las tres de la mañana. Dio vueltas en la cama, luego se levantó y cruzó la cocina, midiendo el suelo.

Belén tiene razón. Si no me gusta esto, debo cambiarlo.

¿Pero cómo? ¿Divorciarse? Fue su primer pensamiento. Seguro que era culpa de Belén. Imaginó su vida de soltero, pero pronto se dio cuenta de que una vida sin Belén ni sus hijos no la quería. La culpa no era de ella, sino suya.

¿Qué más da que Belén haya ganado peso? Sigue siendo mi Belén, de la que me enamoré locamente a primera vista.

¿Y los niños? Son mi vida. Y si Javier no me hace caso, es lo normal. A veces es bueno que los hijos lleven la contraria.

¿Entonces, qué cambiar? ¿Qué?

Entonces, lo entendió: lo que tenía que cambiar era de trabajo.

………………..

¿Cómo que has dejado el trabajo? preguntó Belén, perpleja.

Así es. Fui y entregué la carta de dimisión Álvaro se encogió de hombros.

¿Y tu jefe, qué dijo? ¿Simplemente firmó y ya?

No te lo vas a creer… Me pidió que me quedara, incluso me ofreció subir el sueldo. Hasta me molestó. Tantas veces pidiendo un aumento y siempre se reía, pero en cuanto ve que me voy, entonces viene corriendo

Álvaro miró cómo la sonrisa volvía a los labios de Belén.

¿No te da miedo? Toda la familia depende de ti.

Me gustaría decir que soy valiente, pero sí. Tengo miedo, Belén. Mucho miedo.

¡Eh! Pero estamos contigo. Creemos en ti, siempre te apoyaremos.

Belén le miraba con esa mirada que le infundía fuerzas y por la que era capaz de escalar montañas.

¿Cómo había pensado en divorciarse? ¿Por unos kilos de más? ¡Qué tontería!

¿A qué quieres dedicarte? preguntó Belén, curiosa.

A la carpintería, claro. Tengo algunos diseños en mente, justo para pisos pequeños. ¿Quieres verlos?

Belén asintió. Álvaro sacó sus bocetos y pensó: hay una sola vida y hay que dedicarse a lo que de verdad te hace feliz.

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