Diana tuvo un hijo cuando era joven y tomó la difícil decisión de dejarlo. Sin embargo, años después, al enfermarse, recordó que tenía un hijo.

Criada en un pequeño pueblo de Castilla, Carmen era una chica de lo más normal, sin ningún don especial más allá de saber aguantar los sermones de su madre, Doña Mercedes, que siempre decía entre suspiros: Cuando termines el colegio, hija, ya te veo repartiendo leches de vaquilla o vendiendo barras de pan en la tiendecita del pueblo. Aquí futuro el justo.

Pero Carmen, que no era de las que se conforman con el menú del día, rompió los esquemas familiares y, terminando tercero de la ESO, se quedó embarazada de un mozo un año mayor, el clásico Juan Antonio, estrella del equipo de fútbol local. Las familias, al enterarse, montaron una reunión digna de las cumbres europeas, y decretaron que el nieto lo cuidaría la abuela paterna. Carmen, entre pucheros, alegó que la maternidad le venía grande, y su madre ya tenía bastante con llegar a fin de mes con la pensión de viudedad.

Cuando el niño nació, la vida de Carmen dio un giro de esos que ni en las películas de Almodóvar: hizo la maleta, dijo adiós a las gallinas y a la huerta, y se matriculó en la escuela de Bellas Artes de Valladolid. Ahí descubrió que lo suyo era más el óleo que el ordeño. Por fin pudo disfrutar de la vida en la ciudad: los sábados bailando en la discoteca Pachá, tardes de cine, sesiones de rebajas y, sobre todo, el placer de no tener que encender la estufa con leña ni acarrear cubos de agua desde la fuente. Y lo mejor: con sus cuadros y retratos, empezó a ganar algunos eurillos, que no le irían a quitar el sueño a ningún banquero, pero daban para permitirse unos pinchos de tortilla sin remordimientos.

Ya en el último curso, la historia volvió a repetirse: otro embarazo, esta vez de un compañero de clase más aficionado al jazz que a las responsabilidades. Carmen pensó en tomar una decisión más moderna, pero al final trajo al mundo a su segundo hijo. El prometido le consiguió una habitación en su piso compartido con la familia, pero el sueño bohemio se vino abajo con los pañales y los biberones. Así que, apurada, mandó al niño con la abuela al pueblo, temporalmente, decía ella. Pero la abuela, como la vida, se cansó pronto y partió para siempre, obligando a Carmen a traer al crío de vuelta a la jungla urbana.

Los años pasaron, y la salud de Carmen se marchitaba tan rápido como las flores del mercado un lunes por la tarde. Recordó entonces a su hijo mayor, ahora un hombretón bien plantado y con buen trabajo en Salamanca. No tardó mucho en pedirle ayuda para medicinas y algo para el gazpacho, tirando de chantaje emocional de esos que solo las madres saben poner en práctica. El hijo mayor, con corazón blando, acabó por invitarla a vivir con él en la ciudad, para tenerla más cerca y poder controlarla.

Justo cuando Carmen estaba embalando sus cosas, el padre del pequeño hizo acto de aparición: Déjamelo a mí, Carmen, que prometo criarle como si fuera Ronaldo. Al principio, Carmen no daba un duro por él, convencida de que la responsabilidad le duraría menos que una caña en la barra, pero, cansada y viendo que la vida iba de eso, consintió dejarle al crío bajo su tutela, cruzando los dedos y esperando que al menos le enseñara a freír un huevo.

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