Guillermo abandonó a Ana y a sus hijos por otra mujer. Pero Ana superó una larga depresión, y entonces ocurrió algo inesperado

Ana no regresó a casa del trabajo con las manos vacías, desde luego. Le encantaba pasar por el súper y comprarse una botellita de vino tinto para la cena, el típico capricho para acompañar el pan y el jamón. Al llegar a su piso de Lavapiés, lo primero que vio fue a su marido, Guillermo, haciendo la maleta con cara de circunstancias.

¿Te vas a echar otro trabajito? le preguntó Ana al ver aquel panorama. ¿O vas a salir a dar una vuelta?

No, me voy. contestó él, sin dignarse a mirarla.

¿Pero a dónde te crees que vas, alma de cántaro? ¡Si son las diez de la noche!

¿Acaso tienes cera en los oídos? He dicho que me voy, te dejo, Linda. Y lo de linda sonó a chufla, como no podía ser de otra manera.

A Ana se le aflojaron las piernas y tuvo que sentarse en la silla de la cocina, la de madera antigua que crujía como churros viejos de churrería.

¿Estás bien de la cabeza, Guillermo? ¡Tengo dos niños contigo! Te recogí de la calle, allá en la plaza Elíptica, cuando eras más tirado que la tapa de un cubo. Te lavé la ropa, te metí caldo y croquetas hasta reanimarte, y te convertí en algo más parecido a un ser humano. Has estado en casa rascándote la barriga mientras yo era la que traía los euros y pagaba el alquiler

A mis hijos no los abandono, pero a ti sí. Estoy harto de que llegues a casa cada noche con una botellita diciendo que es para picar algo. Pero es que Rebeca, la nueva, no huele a alcohol huele a polvorones y a vainilla.

¿O sea que te largas a ver a Rebeca? ¿Tú sabes de dónde ha salido esa muchacha? Llegó de Toledo con un aire, huyendo de no se sabe qué Y tú, que eres más tonto que un mueble bar, vas detrás de ella.

Guillermo ni contestó. Dio un portazo digno de una telenovela barata y se largó. Eso ya sí que terminó de desfondar a Ana, que se refugió en el tinto noche tras noche. Iba al taller hecha un trapo, siempre con resaca, imposible coger una aguja sin pincharse. Así pasaron las semanas. El vinillo de la noche empezó a ser dos botellas y luego tres, a veces ni recordaba cocinar para los críos, que al final comían solo en la guardería del barrio.

Ana abandonó su casa: todo olía a fritanga y humo, las cacerolas criaban moho y los niños iban siempre llenos de churretes, corriendo por el pasillo como diablos de Tasmania. Hasta que aparecieron los de servicios sociales y se llevaron a los pequeños. Le dijeron a Ana que tenía una última oportunidad, porque tenía trabajo fijo y un piso, que solo tenía que ponerse las pilas y dejarse de lamentos.

Pidió una semanita de vacaciones en el taller de costura, y se pasó los primeros días en la cama, arrugada como un churro y sin ganas de moverse ni para poner la radio. Pero aguantó, no volvió a acercarse a una botella. El quinto día, cuando le salió hambre de verdad, se levantó y empezó a limpiar el piso como si no hubiera mañana. Volvió al curro, fue recuperando el ritmo, y, para no pensar en el vino, se entretenía fregando sus azulejos hasta que brillaran como una catedral.

Al cabo de unos meses, le devolvieron a los niñoseso sí, con visitas sorpresa para comprobar que la nevera no estaba llena de tintorro y la casa olía más a bizcocho que a tabaco. Pero Ana aguantó el tipo: ni gota de alcohol, los críos siempre lo primero. Incluso cuando se enteró de que Guillermo le pidió matrimonio a Ishii, ni pestañeó. Y eso que le dolió, con lo que habían compartido, sus años juntos y los churumbeles de por medio, sin papeles ni leches, como Dios manda.

Meses después, el gran Guillermo regresó con un ojo morado como una berenjena:

Ana, lo siento Resulta que Rebeca huyó de su marido en Toledo, el tipo la encontró, vino a buscarme, me dio una somanta de palos y se la llevó tirándola del moño al cochebalbuceó Guillermo.

Ana lo miró con la serenidad de quien ha sobrevivido a tres Navidades seguidas con la familia política:

Guillermo, gracias por los niños y por la lección. Pero aquí ya no tienes cama ni sofá donde caerte. Vete antes de que vuelva a hervir el puchero.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

1 × 1 =

Guillermo abandonó a Ana y a sus hijos por otra mujer. Pero Ana superó una larga depresión, y entonces ocurrió algo inesperado
UNA FELIZ EQUIVOCACIÓN… Crecí en una familia monoparental, sin la figura de un padre. Mi madre y mi abuela se hicieron cargo de mi educación. Desde que estaba en parvulario, sentí la ausencia de un padre. ¡Y mucho más en los primeros cursos de primaria! Cómo envidiaba a mis compañeros que paseaban de la mano de sus altos y fuertes padres, jugaban juntos, montaban en bicicletas, en coches. Me dolía especialmente ver a un padre besar a su hija o a su hijo, cogerles en brazos y reírse juntos… Dios, viéndolo desde fuera, pensaba: “¡Eso sí que es felicidad!” Yo también veía a mi padre… Pero sólo en una fotografía, en la que sonreía como todos los demás padres… Pero no era a mí a quien sonreía. Mamá decía que era polarista, que vivía en el lejano norte, tan lejos que ni siquiera podía venir a verme. Trabajaba allí, pero aun así enviaba regalos en mi cumpleaños. En tercero de primaria, para mi amarga desilusión, me di cuenta de que no existía ningún padre polarista y que nunca lo había tenido. Oí por casualidad a mi madre decirle a mi abuela que no tenía fuerzas para seguir engañando al niño, ni para regalarle cosas en nombre de un padre que en realidad los había abandonado. Aunque vivía bien, nunca llamó a su hijo, ni lo felicitó por su cumpleaños ni por Navidad. “A Artiom le encantan estas fiestas… Son los únicos días en los que siente algún tipo de apoyo, aunque sea lejano y misterioso, pero de alguien de la familia”. Así que, antes de mi cumpleaños, les dije que no quería ningún regalo de “ese padre” inexistente. “Solo hacedme mi tarta preferida, ‘Leche de Pájaro’, y nada más”. Vivíamos modestamente, con los pequeños sueldos de mi madre y mi abuela. Por eso, al entrar en la universidad, trabajaba como mozo de almacén en la estación y en tiendas. Mi vecino, Slavka, me ofreció sustituirle como Papá Noel en visitas a casas y guarderías durante las fiestas. Rechacé las guarderías: pensaba que sería demasiado complicado, y había que actuar en pareja con una ayudante. Pero acepté hacer visitas a casas particulares en Nochevieja. Slavka me dio su cuaderno con versos y acertijos y la dirección de los hogares que pedían la visita. El repertorio era fácil de memorizar, y aunque estaba nervioso por meter la pata, todo salió bien en mi primer día. Al regresar a casa, exhausto pero orgulloso de mí mismo, conté el dinero y casi bailé de alegría: en medio año cargando cajas nunca gané tanto. Así que cada invierno trabajaba como Papá Noel, y en verano me unía a brigadas universitarias de construcción. Mientras estudiaba, no pensaba mucho en mi vida sentimental; no tenía tiempo. Las chicas pasaron por mi vida, pero nunca llegué a casarme. “Cuando termine la carrera y tenga un trabajo respetable y sueldo decente, ya pensaré en formar familia”, pensaba. Al acabar el instituto, ya trabajando de ingeniero aunque en puesto modesto, quise comprarme un coche de segunda mano. En casa apenas alcanzábamos un nivel de vida medio, así que decidí volver a hacer de Papá Noel para reunir dinero. Mamá sacó el traje del armario y lo decoró con lentejuelas, relucía más que nunca. La barba blanca me gustaba; tapaba mi rostro. Me puse las cejas postizas, me miré en el espejo y sonreí satisfecho. Mamá suspiró y dijo: — Artiom, ya va siendo hora de que tengas tus propios hijos, y tú sigues animando a los ajenos. — Todo llegará —respondí—. Bueno, mamá, deséame suerte. ¡Hasta luego! Puse un anuncio en el periódico y recibí quince encargos. Tras visitar seis hogares y tachar sus direcciones, leí la siguiente: “Calle del Prado, 6, piso 19”. Bajé del trolebús y me dirigí a la casa, en las afueras de la ciudad y mal iluminada. No me costó encontrar el portal número 6, subí al segundo piso y llamé al timbre. Me abrió un niño de cinco o seis años. — Vivo en una casita en el bosque… —comencé mi verso habitual. El niño me interrumpió: — ¡Nosotros no hemos pedido Papá Noel! — Yo no necesito invitación, vengo solo a ver a los niños buenos —improvisé, aunque algo desconcertado—. ¿Están tu mamá o tu papá? — No. Mamá está en el edificio de al lado, con la abuela Toñi, haciéndole una inyección. Pronto estará aquí. — ¿Cómo te llamas? — Artiom. “Qué casualidad, mi tocayo”, pensé sorprendido. Pero enseguida me callé. Yo era Papá Noel, no debía revelarle que también me llamaba así. — ¿Dónde está vuestro árbol? — En mi cuarto. Y me llevó de la mano a su dormitorio, donde todo estaba humildemente decorado. Sobre la mesilla, en vez de un árbol, había una ramita de abeto en una garrafa de cristal, adornada con pequeñas figuras y luces de colores. Había dos fotos en marcos idénticos: un hombre y una mujer. Me acerqué para mirar mejor y… Me quedé paralizado: ¡de la foto me miraba yo mismo! “¡Imposible!” Miré más de cerca: sí, era mi foto de estudiante con chaqueta deportiva en el marco de la izquierda. En el derecho, la chica —Elena Gornova. Nos conocimos en un trabajo de verano universitario. La suya no era una foto de estudiante, sino mucho más actual; sus ojos expresaban ternura y tristeza. — ¿Quién es? —pregunté con la voz temblorosa. — Es mi madre. — ¿La tuya?… — Sí, mi madre. — ¿Se llama… Elena? —me escapó. — ¡Anda, acertaste! ¿De verdad eres Papá Noel? Yo pensé que no existían. — ¿Y él quién es? —le señalé mi propia cara, sospechando ya que Artiom era mi hijo. — ¡Es mi papá! Es un auténtico polarista. Vive y trabaja en un gran témpano, ¿te imaginas? Mamá dice que se marchó hace mucho y por eso nunca lo he visto, ni siquiera lo recuerdo. Pero siempre me manda regalos por mi cumpleaños y en Navidad. Este año Papá Noel también pondrá el de mi padre bajo la almohada. Me quedé en shock, recordando a mi “padre polarista” de niño. ¿Será que todas las madres llaman polaristas a los padres ausentes y los mandan al Polo Norte? Resulta que yo mismo era uno de esos padres. Me dolió el corazón al darme cuenta. Recordé el breve pero intenso romance con Elena… Nos intercambiamos teléfonos antes de despedirnos, pero nunca la llamé; a los pocos días me robaron el móvil. La recordaba de vez en cuando, pero los estudios y otros encuentros relegaron su memoria a un rincón de mi vida… Y ella, resulta, vivía en mi misma ciudad y criaba a nuestro hijo, colocando mi foto junto a la suya. Cuando iba a confesarle a Artiom que era su padre, la puerta se abrió y entró Elena: — Hijo, perdona la tardanza. A la abuela Toñi tuvieron que llevarla en ambulancia al hospital. Al verme, exclamó sorprendida: — ¡Anda, si no habíamos pedido Papá Noel! Las lágrimas de alegría me inundaron. Me quité la gorra y la barba, arranqué las cejas… — ¡¿Artiom?! —Elena se quedó paralizada y se sentó en el taburete del recibidor, llorando tan alto que hasta nuestro hijo se asustó. Pero Elena, al ver a Artiom, se recuperó enseguida. Le conté que venía del norte disfrazado de Papá Noel para sorprenderles. No cabía en sí de felicidad: reía, cantaba, recitaba poemas, nos apretaba las manos como temiendo que me marchara de nuevo. Ni se acordó del regalo; sabía que Papá Noel pondría el de su padre bajo la almohada. Artiom se durmió, y Elena y yo hablamos hasta el amanecer, como si el tiempo no hubiera pasado. Por la mañana fui a comprar otro regalo y entonces me di cuenta: había ido por error al portal 6A, en vez del 6. De noche no vi la letra y entré en el portal equivocado… Pero en realidad, ¡era el portal más adecuado para mí! “¡Qué error tan feliz y decisivo!”, pensé sonriendo. Ahora estamos juntos los tres. ¡Y somos inmensamente felices! Y mi madre y mi abuela no pueden dejar de alegrarse de tener a Artiom Artiomovich como nieto y bisnieto.