¡Otra vez has comprado café en la cafetería! Nada más cruzar la puerta, Andrés se lanzó hacia ella con evidente enfado.
Sí… lo he comprado admitió con voz conciliadora Lucía. Pero solo ha costado 80 céntimos empezó a explicar ella.
¡Ochenta céntimos! la interrumpió Andrés, cortante.
Pero he ahorrado dos euros, así que tus reproches están de más respondió ella, serena.
¿Y de qué milagroso modo has ahorrado? soltó él con sorna.
Pues fácil. He entrado dos veces en el metro junto a otros pasajeros.
¿Pero no habías comprado abono?
Todavía no. Pensé que si venía el revisor, lo compraba en ese momento. Pero tuve suerte y no me pillaron…
Vale, vale refunfuñó Andrés. Pero compra un abono y ve como todos los mortales, Lucía.
Lucía asintió y se dirigió a la cocina.
Mira, he traído lo que he podido dijo Andrés, encogiéndose de hombros.
No pasa nada suspiró Lucía, comenzando a preparar la cena.
No te olvides de la abuela musitó Andrés. Lucía casi tuvo que morderse la lengua para no levantarse a protestar. Esa abuela de Andrés, pensaba, bien sabía lo difícil que era su situación, pero nunca ayudaba y, por si fuera poco, debían alimentarla.
No lo olvidaré dijo, intentando sonar calmada.
Durante la cena, la abuela Pilar, como siempre, no dejó de quejarse: que si el pescado, que si la sopa. Lucía reprimía su mal humor. Sabía que a Andrés tampoco le gustaba nada de eso, pero él callaba resignado.
¿Cuándo vais a ir al pueblo? preguntó la abuela, de pronto.
¿A qué? contestó Andrés.
¿Cómo que a qué? ¡Hay que vender la casa! A ver cuánto tiempo va a pasar vacía…
Pero abuela, que seguro que está medio en ruinas ya…
Andrés no tenía ninguna intención de acercarse al pueblo.
Pilar soltó el tenedor y prácticamente se echó a llorar:
¡Era una casa de piedra, fuerte! ¡Sigue en pie! Ni siquiera la has visto. Tenéis que ir a organizarlo y vender.
No he ido ni tengo intención zanjó Andrés.
Esperad, ¿hace cuánto estuvisteis allí la última vez? se entrometió Lucía.
Hace como un par de años que los últimos inquilinos se marcharon suspiró Pilar. La hija de mi amiga me llamó hace uno, para decirme que se mudaban de vuelta a Madrid. Ella era quien cuidaba de la casa. Se lo dije a tus padres Pero siempre tan ocupados. Ahora ahora hacen falta los euros. Tened, Andrés le señaló te haré una autorización para la venta.
Vale, pongamos que está en buen estado pero es una aldea perdida. No nos van a dar mucho Andrés era pesimista.
Yo creo que tenemos que ir, ver cómo está todo y tomar una decisión insistió Lucía, aferrándose a la idea.
¡Lucía!
Además, pronto tendremos vacaciones. Y no tenemos para viajar. Pues mira, podemos ir y ver el tema dijo ella, pragmática.
Andrés suspiró:
No tenemos dinero ni para la autorización ni para el viaje.
Yo os lo doy soltó, de pronto, la abuela Pilar. Andrés y Lucía la miraron asombrados. Disimulando, Pilar siguió poniéndole pegas a la cena de Lucía como si nada.
………………………
Después de cenar, Andrés intentaba convencer a Lucía de que no fueran al dichoso pueblo.
Lucía de verdad, va a ser una pérdida de tiempo. Como mucho, quedan unas paredes.
Pero si nunca has estado, ¿por qué tanta negativa? Puede que podamos venderla por más de lo que creemos. Andrés, vayamos
Andrés se negaba, terco como una mula. Entonces Lucía rompió a llorar.
Estoy harta de todo esto. ¿Tanto te cuesta intentarlo? ¡Nadie preveía que nos veríamos así! Vamos, vayamos a ver la casa, no tenemos nada que perder. Puede salvarnos
Está bien, pequeña, está bien Andrés se sentó junto a Lucía y le acarició la mano. Intentaré reunir para el viaje.
Si tu abuela va a pagarlo, aprovechemos el gesto dijo Lucía, ya entre sollozos.
Andrés sonrió irónicamente:
No la conoces Lo dice y después se olvida, y me toca a mí solucionarlo todo.
No te preocupes, le recordaré lo prometido. Se me da bien Lucía intentó sacar una sonrisa.
Andrés la miró, sorprendido.
Mi abuela era igual dijo Lucía, sonriendo entre lágrimas.
………………..
Un mes después, el tren sacudía los vagones camino de la provincia de León. El paisaje pasaba, verde tras verde. El corazón de Lucía iba más rápido que el traqueteo.
Andrés le decía algo, pero Lucía estaba muy lejos Pensaba:
¿Por qué ha pasado esto? Antes nos iba bien: buenos sueldos, proyectos ¿Y ahora? Entre el cuidador para el padre de Andrés y la operación de mi madre, no llegamos. ¿Por qué todo junto?
Podríamos pedir un crédito, claro, pero ¿y luego? ¿Y si su padre no mejora? Las deudas, cada vez más ¿Así tampoco quiero vivir yo?
Ojalá la casa sirva para arreglarlo. ¡Por favor!
Sintió un codazo: Andrés la miraba, molesto.
¡No me escuchas nada! protestó.
Es verdad pensaba en la casa.
Andrés suspiró.
Todo irá bien. Siendo sinceros, espero que esto nos saque del apuro. Ojalá hubiera ahorrado un poco más de dinero…
………………..
Por fin, al llegar al pueblo, el corazón les iba a mil. Esperaban ver unas ruinas y se encontraron ante una casa de piedra, dos alturas, con un sólido portón.
Oye pues no está nada mal admitió Andrés. Cuesta creer que lleve décadas aquí.
Da pena venderla Lucía asentía.
Andrés abrió la verja. Una jungla de maleza los recibió.
Habrá que meterle mano al jardín.
De repente, una tos ligera a su lado. Un hombre mayor, boina calada.
¿Vosotros quiénes sois? interrogó.
El nieto de doña Pilar respondió Andrés.
Ah, el nieto. Soy vuestro vecino. ¿Os quedáis mucho tiempo?
Lo que sea necesario contestó Andrés, evasivo.
¿Y la señora Pilar, vive?
Sí, queda mucha guerra aún sonrió Andrés.
¿Y no pensará en vender la casa? el hombre se frotaba el mentón.
Andrés a punto estuvo de explicarse, pero Lucía se adelantó:
No, ha insistido en que vengamos a ponerla en condiciones.
Lástima La hubiera comprado yo y recorrió con los ojos el terreno.
Por este sitio no os darán mucho, tierra regular. Lleva años sin trabajarse. La casa seguro que tiene goteras y humedades
¿Y nada que el terreno esté dentro de una reserva natural? saltó Lucía. Aquí las fincas se cotizan de oro.
El vecino quiso replicar, pero calló y se fue calle abajo. Por fin, Andrés y Lucía entraron cerrando tras de sí.
¿Tú cómo sabes tanto del valor de la tierra? preguntó Andrés.
He mirado anuncios en Internet confesó ella. Esto vale mucho más de lo que tú crees.
Vamos a ver cómo está por dentro dijo Andrés con una mezcla de esperanza y escepticismo.
…………………
En los días siguientes, varias personas acudieron interesándose por la casa y el terreno, ofreciendo incluso buenas sumas. Pero ellos insistían: tenía que venir doña Pilar a firmar en persona.
Yo pasaría por la inmobiliaria, a ver qué dicen ellos del precio razonó Andrés.
Lucía solo quería que todo acabara pronto y su familia pudiera respirar, sin tener que contar cada euro del monedero.
¿Nos atrevemos con el desván? preguntó Lucía.
Bah está lleno de trastos, lo dejamos para el próximo dueño.
Yo lo revisaría. Entre viejos cacharros a veces aparece algo valioso Lucía le miró con intención.
¿Insinúas algo?
No sé Llevo soñando lo mismo cada noche. Escucho una frase: Busca arriba, busca en el desván. Y aún no lo hemos revisado a fondo
Curioso, yo soy el nieto y los sueños los tienes tú Venga, mañana desmontamos todo.
………………..
A los pocos días, habían revisado todas las habitaciones. Algunos objetos tenían cierto valor, pero nada significativo.
Lo ves bufó Andrés , no hay nada.
Paciencia. Solo falta comprobar paredes y suelos. O quién sabe… Puede que detrás de algún cuadro.
Lucía se inclinó sobre un tapiz y tropezó con la alfombra, resbalando y cayendo de rodillas.
¡Vaya susto! exclamó ella.
Espera, no te levantes dijo Andrés.
Levantó aún más la alfombra; había algo raro en el suelo.
¿Lo ves? Esta madera no es igual a las otras
Yo no noto nada.
Pero Andrés golpeó la madera, fue por herramientas y la desclavó. Debajo, un hueco donde varias cajas guardaban secretos bajo llave. Abriéndolas, descubrieron joyas ancestrales.
Lucía contuvo la respiración.
¡Madre mía!
¿Está la puerta cerrada? preguntó Andrés espinado. No vaya a entrar nadie ahora
Sí, está cerrada. Tranquilo.
Fueron abriendo cofres, encontrando más tesoros.
A lo mejor no hace falta vender la casa sonrió Andrés. Menos mal que insististe en venir.
Sí valió la pena Lucía contempló las joyas, aliviada al pensar que tal vez podrían volver a una vida mejor.
…………………
Pasaron las semanas. Andrés y Lucía volvieron a Madrid, vendieron parte del hallazgo y, sin embargo, poco cambió: seguían ahorrando cada céntimo. Andrés controlaba hasta el último consumo: luz, agua, gas y las broncas eran constantes.
Increíble, ahora tengo que enjabonar toda la vajilla y luego, y solo luego, puedo aclarar los platos Lucía se desahogaba con su amiga en una terraza de Lavapiés . ¿Y qué hago con los restos? ¡Hay que aclarar!
Lucía, ¿por qué no le das tú una lección, para variar?
Seguro que piensas que exagero.
No, de verdad. ¿No decías que con el dinero ya ibais mejor?
Pero él sigue recortando en todo y cuando pedí dinero para la medicina de mi madre, ni un euro. Me dijo que eso era mi problema. ¡Con todo lo que cedo de mi sueldo para su padre y la cuidadora!
Pues guarda algo para ti. Ya que tanto recortáis
Fácil decirlo. Pero somos familia.
¿Y compresas te compra él?
Qué va. Me las apaño como puedo
Tienes que tener tu propio dinero, Lucía.
Y, en efecto, Lucía lo pensaba, lo hablaba pero siempre recibía el mismo discurso.
¿Para qué quieres dinero propio? Tú pide lo que necesites decía Andrés . Yo lo compro.
Ella pedía, pero él nunca se acordaba…
…………………
Esa tarde, la rutina seguía su curso. Lucía volvió de la oficina y preparó la cena. Fuera, caía la noche sobre la ciudad. Encendió la luz de la cocina.
¡Te he dicho que solo la luz sobre los fogones! recriminó Andrés.
Andrés, así no veo nada
Anda ya, ¡si ves de sobra! resopló él apagando la luz de todas las estancias, ganándose el malhumor de la abuela Pilar.
Nadie me valora aquí. ¡Siempre yo, y vosotros! protestó Andrés.
Lucía suspiró, resignada. Nadie le comprendía; para ella, ver lo que hace era fundamental.
¡Basta ya, qué escándalo! chilló Pilar desde la mesa . Apaga la luz si quieres. Me quedo aquí con Lucía.
Se sentó al lado, murmurando, hasta que por fin dijo:
¿Todo bien, Lucía?
Sí, sí solo que quería pedirte ay, se me ha ido el santo al cielo
Lucía empezaba a servir la cena.
¡Ah, ya me acuerdo! ¿Podrías regar las plantas de mi cuarto, hija? preguntó Pilar.
Por supuesto respondió Lucía. Avisó a Andrés:
Andrés, ven a cenar.
Dame cinco minutos gritó él desde el despacho.
Lucía decidió aprovechar y fue a por la regadera. Empujó la puerta de la habitación de Pilar y un fuerte olor a humedad la envolvió. Quiso dar la luz, pero recordó el enfado reciente de Andrés. En fin, a oscuras, pensó. Fue regando, pero al inclinarse para ver mejor una maceta una varilla la hirió en el ojo.
¡Ah! gritó enseguida, de dolor.
Andrés irrumpió en la puerta.
¿Qué ha pasado?
¡El ojo! Me he hecho daño en el ojo, llama un taxi, ¡rápido!
¿Un taxi? Anda, vamos en autobús. Espera, miro horarios.
¡Llama a un taxi o me voy a quedar ciega! ¡Por tu culpa y tu manía de ahorrar con la luz! Lucía temblaba, furiosa.
Pilar entró al oír el alboroto. Y, sin dudar, fue ella quien ayudó a Lucía a vestirse. Se giró hacia Andrés, agarró su bastón y le dio un golpecito:
¿A qué esperas? ¡Llama un taxi!
¿Y la ambulancia?
Para cuando llegue la ambulancia
Solo entonces Andrés obedeció la orden.
…………………
Lucía se tomó un café con su mejor amiga en la Plaza de Santa Ana, y esta no salía de su asombro.
No entiendo, ¿te has separado?
Sí. No había nada que repartir: ni hijos, ni propiedades conjuntas.
Pero, ¿él estuvo de acuerdo?
¿Importa? Teníamos diferencias irreconciliables. Y, la verdad Desde el accidente, tampoco quiso gastar en nada para mí. Esas joyas, la casa todo terminó por cambiarle la cabeza. Jamás las vendió, y siguió gastando nuestro dinero en su padre y su abuela. Y nosotras dos, relegadas.
Lucía se detuvo, suspiró:
Y empecé a temerle, a no querer volver a casa. Ya no me quedaba amor. Se desvaneció…
Vaya murmuró la amiga.
Pero ¿sabes qué? Ahora mando en mi vida. Incluso en mi dinero. Y lo más increíble
La amiga negó, expectante.
Pilar me ha dejado su casa a mí, ¿lo imaginas? Me dice que no confía en su propio nieto
El café resonó en la mesa, mientras Lucía dejaba escapar, por fin, una sonrisa serena.







