La Venganza

Revancha

¡Buenas tardes! irrumpió en el piso el hermano mayor de Lucía, Álvaro. Os presento a mi querida Carmen.

Lucía giró la cabeza hacia ella y forzó una sonrisa, aunque una vez más le daban ganas de gritar:

¿Pero de dónde las sacas? ¿¡De verdad que no hay otra Carmenes, Martas, Lolas o Beatrices en toda Madrid!?

Su hermano era de esos chicos que llaman la atención: alto, guapo, simpático, siempre rodeado de amigos y de un montón de chicas. A veces salía con mujeres que resultaban despampanantes, pero curiosamente, Álvaro acababa eligiendo a las menos agraciadas y más anodinas. ¿Por qué? Lucía no lograba entenderlo.

Un día se atrevió a preguntárselo directamente, pero él sólo le dio un golpecito en la nariz y le soltó que no tenía ni idea de la vida. Más tarde le preguntó a su madre, quien, tras cierto titubeo, respondió que era cuestión de gustos. Lucía, sin creerlo del todo, sonrió para sí. A ver, si ella bien sabía el tipo de mujeres que le gustaban de verdad: auténticas bellezas. Y, sin embargo, Álvaro siempre elegía otras ¿Será que le gustaba sentirse superior gracias a ellas?

No tiene misterio dijo Esther, la mejor amiga de Lucía, cuando le contó sus sospechas Con chicas menos atractivas todo le resulta más fácil. Le harán lo que quiera y aguantarán sus idas y venidas. Él puede salir de juerga y volver a casa sabiendo que siempre están ahí. Encima, con la camisa planchada.

Lucía se quedó pensando.

Vale, ¿y por qué entonces las cambia cada dos por tres? ¿Por qué no se queda con una sola?

Eso ya Esther se encogió de hombros.

Lucía llegó a la conclusión de que jamás podría entender a su hermano.

Para sorpresa de Lucía, Carmen le cayó bien. Tenía chispa y un sentido del humor estupendo, muy distinta a las chicas anteriores.

¡Por fin una normal!, pensó Lucía. Seguro que con ésta sí que se casa.

Después su madre les llamó a comer, y al rato, Álvaro y Carmen se marcharon. A Lucía le dieron ganas de contarle a su madre lo mucho que le había gustado Carmen y lo bueno que sería que la cosa funcionara. Pero justo cuando se acercaba a la cocina, escuchó las voces de sus padres:

A ver si de una vez se casa, y se larga de nuestra casa rezongó su padre. No puede ser, el chaval tiene ya una edad y no mueve un dedo. Vive de las mujeres, siempre dependiendo de ellas. ¿Dónde nos hemos equivocado?

No sé suspiró su madre. Él me ha dicho que los padres de Carmen tienen mucha pasta, que ella tiene piso propio, buen trabajo A ver si lo mete en el negocio familiar y nos lo quitamos de encima de una vez.

Guardó silencio, y después añadió:

Yo también quiero que se asiente, se case, y deje de pedirnos euros…

En ese instante Lucía lo entendió todo. Su hermano no sólo elegía a chicas agradecidas de que se fijara en ellas, sino a aquellas con familia adinerada y futuros asegurados. Y siempre, cada nueva novia era mejor que la anterior. Carmen debía de superar a todas, porque además de dinero, tenía un buen cargo.

¡Qué injusto! ¡Qué feo resultaba todo aquello!

Lucía sintió verdadera lástima por Carmen y se marchó entristecida.

La relación entre Álvaro y Carmen prosperaba. Álvaro la colmaba de regalos lujosos, usando dinero que seguía sacando de sus padres. Ellos protestaban, intentaban cortar el grifo, pero Álvaro siempre lograba convencerlos, y el ciclo continuaba. Las discusiones eran constantes y Lucía prefería irse a casa de Esther para no escuchar tanto grito.

Oye, Lucía, ¿por qué tu hermano no le pide matrimonio a Carmen de una vez? preguntaba su amiga.

Lucía se encogía de hombros.

No sé, igual piensa que es pronto…

No sé yo… Si fuera él, me daría prisa antes de que Carmen descubra el pastel y decida que no quiere casarse. Y tus padres han soltado un dineral en regalos…

Lucía estaba de acuerdo.

En serio, ¿por qué tarda tanto? pensaba.

Finalmente, llegó el momento. Álvaro le pidió matrimonio a Carmen y ella aceptó. Todos parecían felices, sobre todo los padres. Pero nada cambiaba: la boda se programó para primavera… y luego la aplazaron a verano, después a otoño. Mientras tanto, Álvaro seguía sacando dinero de la familia, estirando una situación que ya desesperaba a todos.

¿Tú crees que tu hermano se casará de verdad con Carmen? preguntó una Esther cada vez más escéptica Algo raro hay…

Lucía prefería no opinar, agotada por ese limbo en el que vivían. Ni siquiera era problema suyo, pero ansiaba que la situación acabara: que Álvaro se casara o la dejara de una vez.

Un día, al volver a casa, escuchó de nuevo los gritos de siempre. Pero esta vez decidió quedarse; se plantó en el umbral del salón donde tronaba la discusión.

En cuanto entró, todo se calmó.

¿Lucía, ya has vuelto? intentó su madre con voz controlada.

Lucía asintió. Evitó a sus padres y dirigió la mirada a Álvaro.

¡Eres un pesao! le gritó. En vez de trabajar y pagar tú los regalos, metes a los padres en deudas.

¡Pero lo devolveré!

¿Cómo? ¿Crees que, cuando te cases, Carmen va a aguantar tus vagancias? ¡En cuanto vea cómo eres, te manda de vuelta a casa!

¡Está loca por mí! No entiendes nada de mujeres

En todo caso, entiendo más que tú: ¡soy mujer! ¿Y vosotros se dirigió a sus padres cómo lo soportáis? ¡Echadlo ya!

Hija, pero… intentó la madre.

¡Nada de peros! ¡Sólo os aprovecha!

Lucía se lanzó a desahogarse. Por el rabillo del ojo, vio a su padre salir del salón y volver a los pocos minutos con un sobre en la mano.

¡Lucía! logró hacerse oír por encima de su bronca Toma, ha llegado esto para ti. Lo ha traído un mensajero.

Lucía recogió el sobre y, sin mirar a nadie, se fue a su cuarto.

Lucía examinaba el sobre, sin remitente ni inscripción.

¿Es de verdad para mí? dudó.

Pero su padre lo había dicho, seguro que era para ella o ¿y si no?

Finalmente, lo abrió.

Dentro, encontró una entrada de teatro para esa noche. Sólo una. Perpleja, volvió a mirarla.

Qué raro ¿quién me invita?

Dio vueltas de un lado a otro de la habitación, pensando en posibles autores, pero no se le ocurría ninguno.

Sin más, decidió arreglarse y acudir al evento.

Lucía llegó al Teatro Real antes de que comenzara la función. Se hizo la distraída, como si esperase a alguien. Observaba los rostros de la gente a su alrededor, pero no reconocía a nadie.

¡Es el nuevo estreno de la temporada! se escuchaba entre el bullicio.

Todos tenían un aire animado y despreocupado, pero no veía a ninguna cara conocida.

Cuando sonó el primer timbre, y luego el segundo, Lucía entró, dejó el abrigo en el guardarropa y ocupó su butaca. Miró a derecha e izquierda, pero seguía sin reconocer a nadie.

¿Quién me ha mandado esta invitación y por qué? no salía de dudas Lucía.

Comenzó la obra.

Mientras miraba de reojo el escenario, seguía esperando una pista, una señal.

De repente, en uno de los actos, se quedó boquiabierta: sobre las tablas apareció una actriz idéntica a Carmen. Cuando abrió la boca y habló, Lucía no tuvo dudas: ¡era Carmen!

Pasaron el primer acto, y luego el segundo.

Al terminar, la ovación fue larga, hasta que el teatro se fue vaciando poco a poco.

¿Y ahora qué hago? pensó Lucía.

Ya casi no quedaba nadie. Cuando se disponía a salir, una mujer se le acercó:

Señorita, doña María Jesús Fernández, la actriz, quisiera hablar con usted. ¿Me acompaña?

Lucía asintió y siguió a la mujer.

¡Lucía, hola! saludó una voz alegre.

De verdad era ella, o eso parecía: la novia de su hermano. Pero Lucía ya no la veía para nada tan anodina o fea. La veía guapa.

Hola dijo Lucía. Carmen ¿o María Jesús?

En realidad, María Jesús sonrió la joven actriz.

Pero qué fuerte. ¡Álvaro siempre ha hablado de tu súper puesto en un banco y de tus padres forrados! ¿Eso no es cierto?

Ya ves que no sonrió de nuevo María Jesús.

¿Y entonces, a qué ha venido todo este circo?

Verás, tu hermano hizo mucho daño a una amiga mía. Ella me pidió que lo pusiera a prueba, fingiendo ser la chica callada, feúcha pero con mucho dinero. Él picó, dejó a su novia y se lanzó sobre mí. Yo sólo me he divertido un rato. Nada más.

Vaya Lucía esbozó una sonrisa amarga. Así que no habrá boda, ¿no? ¿Tu amiga sólo buscaba vengarse?

María Jesús negó con la cabeza:

Por supuesto que no habrá boda. En un par de días, cortaré con él. Esto debe ser una lección. Tu hermano no sólo la dejó, también le arruinó la autoestima, diciéndole que sólo le interesaba por su dinero.

A Lucía le revolvió el estómago.

A mamá se le va a parar el corazón, pensó.

Espero que vuestros padres actúen y le pongan las pilas

Lucía guardó silencio, y María Jesús también.

Estooo ¿por qué me invitaste? ¿A cuento de qué tanto misterio, la entrada y todo esto? preguntó Lucía.

Sólo quería devolverte el dinero de los regalos, para que lo devuelvas a tus padres cuando yo deje a Álvaro. Si se lo doy yo a ellos directamente, no harán nada serio, como mucho un reproche.

¿Qué dinero? Lucía no entendía nada.

Por los regalos. Desde el principio le indiqué exactamente lo que quería y en qué tienda. El director es amigo mío, y teníamos un acuerdo.

María Jesús puso un paquete gordo con billetes y un listado ante Lucía.

Aquí lo tienes: el listado y el valor. ¿Quieres revisar?

Lucía negó con la cabeza:

Te creo. ¿Cómo has conseguido transformar tanto tu aspecto?

María Jesús soltó una carcajada:

¡Fácil! Soy actriz, al fin y al cabo.

María Jesús cumplió su palabra y dejó a Álvaro. Eso, quizás, le dolió mucho. Pero Lucía no lo sabía de cierto.

Obviamente, Álvaro volvió con sus padres para pedir más dinero. Su madre hizo amago de desmayarse, su padre ardía de rabia.

¡Mira lo que has conseguido! gritaba. ¡Fuera de casa! Busca piso y apáñatelas.

Álvaro se excusó, prometió que cambiaría, pero su padre se mantuvo firme: fuera, y punto. Ni siquiera su madre le defendió.

Así fue: Álvaro se enfadó, se fue, echó ropa en una maleta y se marchó. Quizá esperaba que le suplicaran que se quedara, pero nadie le detuvo.

Cuando se fue, el padre murmuró:

Esta noche cambiamos la cerradura.

Luego miró a Lucía y le dijo seriamente:

Ni se te ocurra apiadarte ni abrirle la puerta.

Poco después, Lucía entregó el dinero a sus padres. No sabía si eso les alegró, pero al menos aligeró la tensión.

Álvaro intentó varias veces reconciliarse, pero sus padres no cedieron. Lucía apenas hablaba con él, pues siempre se quejaba de su vida; a veces se preguntaba: ¿logró María Jesús que reflexionara? ¿Habrá entendido que ese modo de vivir es despreciable? ¿Puede una persona cambiar, o por más golpes que reciba, sigue siendo igual siempre?

Y en esta pregunta aprendió Lucía que a veces la vida pone trampas, pero al final sólo uno puede aprender las verdaderas lecciones. Nadie cambia si no quiere cambiar.

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La Venganza
Sin lucha no hay alegría